lunes, 28 de mayo de 2012

Nadia Nucico. El desplazamiento del medio.

De izquierda a derecha: En este mundo ¿aún existe la esperanza? (2011) Acuarela sobre papel; Ajedrez (2010) serie de objetos y caja contenedora; y Espacio intrínseco para el desdoblamiento ideológico (2011) Óleo sobre tela. De Nadia Nucico. 

Conservo en la memoria la expresión que Nadia Nucico empleaba durante su participación en una exposición colectiva del grupo Isham Arte Consciente, celebrada en la ciudad de Morelia en el año 2011. Intervino con particulares acciones una escultura doble de hombre y mujer con motivos significantes de espiritualidad y misticismo, meditación e iniciación. La muestra planteaba esta tarea introspectiva a los artistas participantes; y en aquél momento Nucico compartía en el documental de la exposición la resultante de su meditación al trabajar. 
“Que yo soy un medio, y que tenía que dejar, en otras propuestas, fluir las cosas.” Estas palabras configuran un desplazamiento en la posición que la artista establece para su propio quehacer; un posicionamiento dentro de su trabajo y sus vínculos con el mundo habitado por cosas y seres. En la disputa vital por las definiciones identitarias, la personalidad estética es determinada por aquello que hace a un artista diferente en su contexto y auténtico en su ejercicio. 
En las nociones comunes referentes a la práctica artística, se considera a los materiales elegidos y manipulados por el artista como medios. “El medio artístico”, “el artista y sus medios”. La instancia intercesora entre artista y público condensa así su carácter de mensaje, transporte que conecta ambos extremos del proceso creativo, ya no desde la planeación ideática hasta su consumación material, sino desde los primeros ensayos en la producción hasta la recepción en los sentidos del público asistente al acontecimiento que representa una obra. El medio, en esta noción, separa y une los dos extremos del esquema comunicacional que busca ilustrar la transferencia de informaciones a veces en uno, a veces en dos sentidos; del emisor al receptor. 
Otra dimensión de la noción de medio, más apegada a la materialidad de la producción artística, se relaciona con el comportamiento de las diferentes sustancias que componen el material pictórico, por ejemplo. El pigmento es la carga, la sustancia que da cuerpo y existencia aun color, a una textura; en el óleo, el aceite es el medio, elemento en que el pigmento se suspende y gracias al cual es posible la adherencia cromática a la superficie del lienzo imprimado. En acuarela el pigmento se transporta a través del agua y la goma arábiga, que son sus medios, hasta el interior de las fibras de papel que le absorben, evaporándose después el acuoso intermediario quedando así sólo el color a la vista. Sin ánimo de redundar: el medio media la relación entre las cosas, llena el intersticio que les separa y así permite la con-sustanciación de los materiales. Interrumpe los vacíos, tiende comunicaciones. 
Pero el posicionamiento de Nadia Nucico desplaza el sitio del artista de un extremo hacia el intermedio. Si ella es el medio y no sus materiales, la dimensión de las relaciones entre las cosas muda de sentido: como artista liga extremos separados, sus herramientas son tan variadas como los materiales que pueda encontrar para emplearse en sus proyectos. Ello explica que no se afirme exclusivamente como pintora o artista gráfica. Su formación en las disciplinas estéticas visuales se nutre de la inquietud por explorar las actividades de la edición de libros y el objeto diseñado y manipulable. 
Ejemplo de ello son sus botellas intervenidas con colores y tiras volumétricas que dan textura tanto al tapón como al cuello del objeto. También sus incursiones en el diseño de prendas de vestir más allá de la simple estampación; los cortes, mangas y cuellos se modifican según los colores e imágenes con las que se confeccionan. 
Los objetos lúdicos también son un soporte para sus proyectos. Los juguetes, intrínsecamente vinculados con la infancia, son llevados por mediación suya a otro estatuto. Como las sonajas para adultos que produce con cartón, cuarzos y plastilina epóxica, las cuales comercializa en galerías de San Miguel de Allende. O la construcción objetual que ejerce sobre el ajedrez, determinando el diseño de la caja contenedora, el tablero y la estructura de las piezas del juego. Se yergue así un “objeto enriquecido” tanto para el uso como para la experiencia estética, al mismo tiempo lúdica y profunda. 
En su producción pictórica y gráfica pervive la apariencia barroca de las superficies totalmente trabajadas. Lo que a primera vista se ofrece como saturación de elementos visuales, en un segundo momento puede apreciarse como el flujo intermitente de tensiones y solturas basadas en composiciones dinámicas, libres de todo estatismo. Esto mismo se manifiesta en sus diseños murales, trabajados tanto en lajas de piedra como en cristal para habitaciones interiores de inmuebles particulares. 
No es el horror vacui el que dirige la pletórica instalación de símbolos y profusa combinación de formas en la pintura de Nucico, sino el ánimo de que haya tomado una concreta decisión plástica en cada centímetro de superficie. Ello involucra las referencias culturales razonadas (como interiores arquitectónicos, cúpulas, esculturas renacentistas) y el asentamiento figurado de elementos más sensibles y líricos (formaciones orgánicas, juegos de color, texturas, rostros expresivos). 
No es ajena a su temperamento la constante presencia de una inquietud energética y espiritual, no establecida en dogma religioso alguno. Esto se filtra en casi todos sus retratos hechos por encargo o propia iniciativa. Lo que habrá de reconocerse es la constancia de sus “formas de hacer” en los diferentes materiales de su trabajo, la sostenida observación que hace de los flujos del ambiente, mediando así entre sus propias apreciaciones y la traducción que, como medio, ofrece a la experiencia particular del destinatario de sus obras. 

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán 
27 de mayo 2012

domingo, 13 de mayo de 2012

Litografías. Homenaje a Senefelder.

 De izquierda a derecha, Lito No. 6 de Joaquín E. Ruíz Rosiles; Huellas y sombras; geografía de recuerdos de Angélica Escárcega; y El rastro pétreo del pensamiento III de Carolina Ortega.

Sofisticación cultural moderna de la relación entre grafismo y los soportes pétreos, la litografía se define como el procedimiento de impresión basado en la mutua incompatibilidad de la grasa y el agua, la propiedad de piedras calcáreas para absorber y retener agua y la disposición de las sustancias grasas para adherirse a dichas piedras. 
Antes que la pintura y el dibujo, el punto y la línea vieron la luz en el horizonte humano en la forma de petroglifos que durante la prehistoria se produjeron en numerosas latitudes del globo. México (y Michoacán) no son la excepción. Pero el cambio en la marea, por el desarrollo cultural mediante la técnica, multiplica la variedad en las relaciones de la persona con las cosas y los materiales. Entre el petroglifo y la litografía hay semejanzas y diferencias. El primero requiere trasladarse donde la piedra y trabajar in situ, pieza única que marca el territorio sagrado y sus características, sus mitos; la segunda ejerce extracción de su material y lo lleva al taller, experimenta, trabaja, pule, refina. El resultado es una serie sobre papel. 
Una broma entre artistas contemporáneos, hiper-tecnologizados y más idealistas por sobre-intelectualizar sus obras, afirma que finalmente la litografía pertenece irremediablemente a la “edad de piedra” de las artes. Pero trascendamos el chiste. Bien visto, el descubrimiento del proceso litográfico intervino durante la consolidación de la modernidad en la producción seriada de la imagen y en la construcción de su industria. Habría que considerar a la litografía entre aquellos medios de producción artística que, por su impacto en la cultura internacional (junto con las demás técnicas de estampa o grabado), llevaron a Walter Benjamin a tratar sobre La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica (1936), un texto fundador en la teoría estética y filosofía del arte de amplia influencia en lo que conocemos actualmente como arte contemporáneo. 
Contemporánea y contundentemente actual es la producción litográfica, y muestra de ello es el Homenaje a Aloys Senefelder, exposición colectiva proveniente del Taller de Producción Gráfica ubicado en el Centro de las Artes de Guanajuato, ciudad de Salamanca. Ubicada en la sala “Jesús Escalera” de la Casa de la Cultura en Morelia, participan doce artistas gráficos de la región Centro Occidente de México que integraron la tutoría de título El color en la litografía, impartida por el maestro Rafael Zepeda en 2009. Él exhibe un único ejemplar de generoso tamaño y nombre no poco sugerente: El hombre y su universo. Oposición de geometría e informidad, contraste de tinta negra y ocre, el mundo humano existe superviviente a fuerzas que no alcanza a controlar y le superan. Somos barco de papel sobre aguas turbulentas. No obstante, continuamos, erigiendo monumentos a nuestro paso por el cosmos. 
La muestra se atiene a la técnica litográfica pero explorando y exhibiendo sus alcances mediante procedimientos mixtos, desarrollados hasta la actualidad desde que Aloysius Senefelder (1771-1834) desarrollara este procedimiento en 1796 durante su estancia en Mónaco, experimentando con piedras calizas provenientes de Baviera. Senefelder, además de inventor, era dramaturgo y músico; multidisciplinario su carácter, empleó inicialmente la litografía para trazar sobre la piedra partituras que podría reproducir sobre papel (hasta entonces se transcribían a mano) y así generar un método semejante a la imprenta. Pronto el proceso se aplicó para la impresión de libros y sus ilustraciones, carteles, folletos de propaganda y más. El uso de varias piedras entintadas permitió elaborar imágenes a color (cromolitografías), pero esto fue hasta 1825. 
Pero más allá del color en la litografía, la exposición de estos artistas combina esgrafiados y variados métodos de impresión, incluso gofrados (impresiones volumétricas sobre el papel sin color) que dan riqueza a la imagen y aportan texturas a la vista. No hay en toda la muestra, grabado alguno que no indique en su ficha técnica “litografía y técnica mixta”. El homenaje a Senefelder en buena parte consiste en utilizar su invento de maneras que él nunca pudo conocer ni imaginó. 
El eje de la muestra, por tanto, es técnico y no temático. Cada artista trabaja según sus criterios y sus particulares intereses. La abstracción se nota en las obras de Margarita Vega y la obra Lito No. 6 de Joaquín Ruíz, quien parece trabajar sobre la noción de agrietamiento de la piedra y formas irregulares de estructura circular semejantes al corte “de cabeza” de un tronco, exhibiendo sus vetas (referencia al soporte del grabado tallado en madera). De figuraciones casi fotográficas se notan Sofía y su inocencia de Edna García y El Pro…tector de los cuatro pueblos de Juan Carlos Ponce, ambos centrando su imagen en el papel rodeándole de una impresión decorativa de color. Las referencias localizadas, reflexiones del ambiente y su historia, se presentan en trabajos de Erandini Adonay Figueroa con un retrato de J.M. Morelos, el paisaje doblemente industrial y natural de Salamanca, o también colonial de Morelia. 
La serie El rastro pétreo del pensamiento de Carolina Ortega incide en la relación entre sustancia mineral y permanencia de las ideas en la memoria, la cual no es inmutable de la misma manera en que las placas de piedra se granean, borrando la imagen trazada en la superficie para dar paso a otras intervenciones litográficas. Huellas y sombras; geografía de recuerdos y La imperceptible serialidad de mi memoria de Angélica Escárcega incluyen esta noción íntima de marcas vitales que se conservan y multiplican en el recuerdo por la acumulación de experiencias en las que hace convivir insectos, corazones de fruta, flores y cuerpo humano. La huella permanece, pero es perecedera por su anclaje con la existencia orgánica. 
La muestra ofrece riqueza y variedades para quien se tome el tiempo para observar y meditar. Habrá quienes en este detenimiento se percaten de las faltas de ortografía o imprecisiones de título en las cédulas de identificación, o incluso en el hecho de que por la tarde la luz del sol pasa por los vanos de la arcada, dando directamente en las litografías; hecho inaceptable por razones de conservación de las obras. Hay que exhibir, pero también hay que proteger. 

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
13 de mayo 2012

lunes, 23 de abril de 2012

Otto Cazares y la experiencia del (des)amor.

La muerte exhausta. Febrero 2010. Foto: Juan Carlos Jiménez A.

Pocas ocasiones recurro, en este espacio editorial, a la referencia personal, a la alusión de circunstancias individuales, a la confesión íntima. La última fue al cumplir un año de escritura en esta columna y como tema, en aquél entonces, traté sobre la crítica de arte como opción personal y como enseñanza adquirida gracias a la proximidad de queridas e ilustres personas. 
Hoy, dispensen ustedes lectoras y lectores, haré un nuevo paréntesis no sin compartir algunas referencias artísticas, sin duda, para ilustrar una circunstancia personal dificultosa de tiempos añejos y recientes: la dolencia de los amores pasados y la necesidad de apartarles por la necesidad de futuro.
Recientemente, en un foro en Internet, titulado El diario terrorífico, escribí lo siguiente: “Las cartas de (des)amor de otro tiempo hacen un buen fuego. Anoche quemé algunas. En realidad casi todas las que pude encontrar en el sitio donde diligentemente las guardaba según las recibía. 
¿Por qué duraron tanto en combustión? Hubo que atizar la llama, picar la luz con una vara, darle la vuelta al coso ardiente, añadir alcohol y admirar estallidos, mirar la negrura aparecer con pequeños puntos luminosos migrando sobre los cantos. 
La razón común dicta que un papel se quema en poco tiempo. ¿Por qué duraron tanto? ¿Habrá sido la cantidad de tinta un eficiente y crepitante combustible? ¿Lo fogoso de aquellas palabras? ¿La intensidad condensada en tantos trazos comunicantes de querencias y dolores? ¿La pasión, la pulsión de muerte, los relojes detenidos que dieron a las hojillas su carácter de pasado? ¿Los besos y reproches? 
Anoche encontré algo dentro del cazo combustible: donde hubo fuego, cenizas quedan; las cenizas de las cartas consumidas. Hoy la casa huele a hollín. Pero mi cuerpo siento fértil como los campos por sembrar después de la quema de la yerba seca.” 
Envuelto por esta sensación vital de apartamiento del pasado no cumplido, concluido, mediante la acción purificadora del fuego, me encontré con una reciente emisión auditiva de la serie Cuaderno de los espíritus y de las pinturas del artista Otto Cazares, la cual se emite en Radio UNAM todos los días (soy un aficionado radioescucha de esta estación hace años). El título de esa emisión fue Amor, vete, quiero extrañar al amor, y se encuentra dedicada “a quienes les hayan roto el corazón o estén llorando algún amor.” Escuché afanosamente y la experiencia me desbordó. 
Cazares comienza. “Primero, una triste noticia […] solo amamos una vez, pues sólo una vez se está perfectamente equipado para amar. Después amamos, naturalmente, pero este amor tiende a protegernos. Ya no nos entregamos con la apertura que solíamos. En cierto modo, las penas de amor inmunizan contra amores subsiguientes. Después, extrañamos al amor, pero no aceptamos un nuevo amor, y nos encontramos diciendo: Amor, vete, quiero extrañar al amor.” 
La vivencias incontables de buena parte de la gente que conozco podrá confirmar esta circunstancia, que describe Cazares citando a uno de sus autores habituales. Sin embargo no puedo evitar confrontar esto con mi historial amoroso: se puede, en verdad, amar varias veces en la vida con toda el perfecto “equipamiento” para ello: apertura, inocencia, entrega, ilusión, fantasía, fervor. Aunque reconozco que el resultado ha sido el mismo que el arriba descrito: la experiencia del amor y sus finales modifican la experiencia para las ocasiones futuras. 
 Aludiendo a su gran riqueza referencial, Cazares abunda. “Un gran emoradizo, como fue Goethe, que lloró y sobrevivió al fuego que prendía sus pasiones, decía que en la juventud se superan rápidamente las heridas y las enfermedades, la culpa y las penas. Los medios útiles para remediarse en la juventud son los ejercicios físicos. La equitación, la esgrima y el patinaje […] Y sobre todo, para Goethe, lo más importante, era la confesión poética de sus amores: la espiritualización del recuerdo amoroso.” Recuerda Cazares el caso del libro del autor Las desventuras del joven Werther (sencillamente conocido como “el Werther”), el cual es precisamente eso: “un coral sin salud de la confesión amorosa que Goethe sintió por Carlota Buff; mientras que Goethe sobrevive a su pasión, su personaje literario no.” Se suicida sin remedio ante las penas del desamor. 
La vida sigue, si no la terminamos antes nosotros, y así experimentamos una conclusión contraria al final del descorazonado Werther: “Lloraremos amores, y quizás lo más trágico de todo es que sobreviviremos a ellos.” En nuestra capacidad para la pasión llevamos la penitencia. 
Finamente, Cazares cita el libro La paradoja del amor del filósofo y ensayista Pascal Bruckner, a partir de una breve reflexión acerca de la figura del ‘ex’. ¿Qué es un ‘ex’? “Los ‘ex’ conforman una especie de currículum vitae de fracasos. Un ex posee un estatuto ambiguo de fantasma, un muerto que no está enterrado. Pero también, dice, es consolador saber que no somos los primeros en la historia emocional de alguien. Que el ser amado goza de cierta experiencia, para que la adoración de la que somos objeto no venga de la ignorancia sino de una comparación razonable.” 
Las personas, sin embargo, nos desprendemos de la ignorancia a un ritmo diferente; y no somos pocos los casos en que la experiencia del amor del ‘otro’ o la ‘otra’ se aleja, tristemente, de aquella comparación razonable, del paradójico deseo de amar y querer entendiendo. Nos sentimos así, “incomprendidos” por quien nos ama, y el idilio termina estrepitosamente o enferma. 
Termina Bruckner con una reflexión conmovedora. “Al final, experimentamos por el grupo de hombres o mujeres que hemos querido, herido o mal amado, un reconocimiento: nos han convertido en lo que somos, y un poco de su sustancia permanece en nuestra carne hasta el final.” 

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio.
Diario Cambio de Michoacán. 
22 de abril 2012

lunes, 16 de abril de 2012

Feminidad y extranjería en el primer muralismo de Michoacán.


La Inquisición (1935) - Detalle

La memoria es una guarida infiel. Guarda secretos que brotan cuando menos sospechamos su presencia. No se trata, sin embargo, de entender esto como un juego de traiciones, donde una parte nuestra que no controlamos totalmente nos pone tretas a volundad. En cambio, el olvido y el recuerdo pueden entenderse como el terreno de lo que siempre es posible; en la memoria pueden recuperase saberes y circunstancias añejamente abandonadas, y pueden depositarse otras cosas para el porvenir, sea porque su lugar no es el presente o porque alguien decide abandonarles. 
El patrimonio edificado guarda una semejanza con la fotografía en la medida en que ambas se yerguen como soportes para la memoria. Las señales de un pasado del cual hemos heredado una estructura pueden leerse ahí dentro, de la hojilla o el inmueble. Reconocer otro tiempo, o reconocernos en este momento por oposición a lo que vemos es, en todo caso, el terreno de nuestras posibilidades dependiendo de qué es lo que queremos conservar, y qué queremos dejar al olvido. 
La Historia es, de cierta forma, la Memoria hecha ciencia. Y así, atendiendo a la primera frase de este texto, la historia también es una guarida infiel. Pretende recuperar lo más importante para todos, pero también olvida cosas que es adecuado recordarle, y recordarnos cada cierto tiempo, para evitar tener siempre recuerdos basados en fantasmagorías. 
Una de estas ideaciones consiste en considerar que, al menos en cuanto arte y cultura, el nacionalismo mexicano de primera mitad del siglo XX consistió en algo totalmente nacional hecho por nacionales. Y no, hubo participaciones extranjeras importantes ya desde 1922, como en el caso de Jean Charlot, apodado “el francesito” por los primeros muralistas; Charlot fue ayudante de Diego Rivera en su primer mural en el Anfiteatro Bolívar tras su llegada a México. Ayudó a los experimentales pintores mexicanos a reconstruir las proporciones materiales necesarias para pintar al fresco, según la manera renacentista. Pintó, además, uno de los primeros murales que en México trataron sobre la Conquista española como un evento trágico y sangriento. 
Otro muralista relevante en la segunda fase de la historia de la pintura mural mexicana, que en buena medida construyó el referente visual de la memoria histórica que con las décadas hemos heredado, fue Pablo O’Higgins, norteamericano de nacimiento, pero que tuvo que ver con la presencia de particulares protagonistas del primer muralismo en Michoacán durante la década de 1930. 
Para decirlo sin rodeos, el primer muralismo en Michoacán no se hizo por artistas nacionales sino extranjeros, por un lado; por otro, los primeros murales (verdaderamente pintados sobre muros) no fueron hechos por varones sino por artistas mujeres. 

Paisaje y Economía de Michoacán (1932), de Marion Greenwood - Detalle

Las primeras pinturas monumentales con un interés histórico, social y político, respondiendo al ánimo de la época, fueron dos lienzos pintados al óleo de Fermín Revueltas (1932). Sin embargo, en los dos años siguientes se pintaron muros en dos edificios diferentes, obra de dos hermanas neoyorkinas: Marion (1909-1970) y Grace Greenwood 1902-1979). La primera llegó a México en 1932 con la inquietud compartida por muchos artistas jóvenes de Estados Unidos. “México me atraía porque parecía ofrecer una inspiración y una oportunidad que era vital y era americana, es decir, el sentido del Nuevo Mundo, en contra de la influencia europea que saturaba a la pintura de entonces.” 
En la ciudad de México conoció a su paisano Pablo O’Higgins, quien se había entusiasmado bajo el mismo sentido de interés y responsabilidad histórica. En ese tiempo, y en esos círculos sociales, conoció al rector de la Universidad Michoacana, Gustavo Corona, quien la invitó a pintar un mural para el Colegio de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia. Hay que resaltar las condiciones en que se dio esta invitación: no se pagaría a Marion sueldo alguno, pero todos sus gastos de residencia y materiales para el mural correrían por parte de la Universidad. 

Paisaje y Economía de Michoacán (1932), de Marion Greenwood.

Aceptando el trato, Marion pintó Paisaje y economía de Michoacán (1932) en un muro de 72 metros cuadrados, ubicado en el patio del Colegio de San Nicolás, hoy Preparatoria 1. En una carta contaba que tenía miedo de “no tener nada que decir que tenga importancia social o contenido político, que no haya sido dicho antes; todo ha sido dicho muy bien por Orozco y Rivera y muchos otros. Voy a pintar sencillamente a esta gente como los siento en toda su tristeza, su apatía y su belleza.” En sus palabras se encuentra el peso de las expectativas que otros muralistas habían levantado en el ambiente y ante sus ojos; también se manifiesta su sensibilidad humana, femenina, distinta a los varones de su tiempo. Pero también se delata la mirada extranjera, distante, de quien viniendo de otra latitud aún no se integra en ese “algo” que está tratando de pintar. Producción agrícola, artesanía, campesinos con sus mujeres y niños habitando sus casas y pueblos. Todo transcurre en medio de una concentración constante, los rostros severos, las miradas perdidas. En el mural se nota la actividad, pero la fuerza se esfumó de la imagen. 
A Morelia llegaría más tarde la hermana mayor de Marion. Grace Greenwood llegó a México en 1933 y encontró a Marion trabajando en su mural. Presentada con el rector Gustavo Corona, y conociendo éste su trabajo en pintura, le invita también a pintar un muro, pero ahora en el Museo Michoacano, perteneciente en aquél entonces a la Universidad. 

Hombres y Máquinas (1934), de Grace Greenwood.

Grace terminó su mural Hombres y máquinas (1934) al término de un mes de trabajo. Fue un muro pequeño, el remate de un pasillo de la planta superior entre patios. De formato vertical, del techo al término del guardapolvos, pintó cinco hombres en diferentes planos manipulando palancas y engranes de gran tamaño, por la que se encuentran rodeados. Su manera de pintar, tanto por las gradaciones de colores, el tema y formato, hacen suponer que Greenwood se apropia de los procedimientos de Diego Rivera, quien era el referente principal de la época. James Oles, citado por Sofía Irene Velarde en su investigación sobre los murales en Morelia, interpreta que “esta máquina sin clara función, juega un papel ambiguo: es una fuerza con la cual el proletariado debe rivalizar, y con la que tiene que lidiar simultáneamente.” 

Marion Greenwood  frente a uno de sus murales (1940)

Las hermanas Greenwood vuelven a su natal Nueva York y regresan a México en 1935, bajo invitación de Pablo O’Higgins para decorar los muros de un nuevo mercado que se estaba construyendo en la capital del país: el mercado ‘Abelardo L. Rodríguez’. Sus temas fueron La industrialización del campo y La minería. La pintura mural de las hermanas Greenwood se encuentra más cercana al costumbrismo, tan arraigado en Michoacán, que a cualquier retórica revolucionaria. Su participación artística en México se basó primordialmente en el trabajo plástico más que a nivel ideológico. A su regreso a Estados Unidos, las pinturas de ambas se basaron básicamente en aspectos positivos de la historia y economía de su país. 
Con un tono más agresivo y dramático, dos pintores estadounidenses llegaron a Morelia en 1934 y realizaron un mural en el segundo patio del Museo Michoacano. Sus nombres: Philip Goldstein (que más tarde cambiaría su nombre a Guston, con el cual ganaría celebridad en EU) y Reuben Kadish. Llama la atención su juventud, pues para entonces contaban con 23 y 21 años de edad. Más allá de los motivos desconocidos acerca de las condiciones en que arribaron específicamente a Morelia para realizar un mural bajo los auspicios de la Universidad Michoacana, el mural se conoce actualmente bajo el título de La Inquisición, aunque se le han reconocido otros nombres, aportando variedades para su interpretación aunque la superficie pictórica sea la misma: La lucha contra el terror, La lucha contra la guerra y el fascismo. La imagen exhibe numerosas figuras humanas cubiertas con mantos blancos y sombreros cónicos que ocultan sus rostros. La perspectiva es compleja y el escenario parece corresponder a la máxima de Giorgio De Chirico para la Pintura Metafísica: “espacios vacíos para dramas invisibles.” Aunque para este caso la escena se encuentra bastante habitada. 
Ellen G. Landau refiere sobre este mural que Kadish y Goldstein “trabajaron arduamente para resumir un legado histórico y global de la maldad. Lo que no es suficientemente obvio, tal vez, es cómo se significa la confluencia específica de inseguridad, persecución y violencia, un tema de México igualmente intenso que su belleza natural. Codificado a profundidad en la iconografía del mal y el dolor del mural se encuentran las claves, detonadas por el entendimiento de la alteridad mexicana, para el sentido propio de los artistas sobre ‘la otredad’ y el profundo deseo por develar las inequidades raciales.” Esta es una referencia hecha en el año 2007 para comprender una obra mural de la década de 1930. Sin embargo es sorprendente que las palabras con que se expresa la búsqueda de claves en las obras del pasado, pareciera que nos están hablando del presente, y no de un mensaje cifrado en pintura hace 80 años. 

A la izquierda: La Inquisición (1935), de Goldstein, Kadish y Ludins.
A la derecha: los autores frente al mural.
El mural fue cubierto por razones aún no esclarecidas alrededor de 1945. Finalmente, tras 30 años de no encontrarse a la vista dentro del museo, una restauración a los muros del edificio en 1975 reveló su presencia. Fue revalorado a la luz de la trayectoria artística de Philip Guston en Estados Unidos, considerado un artista de relieve del expresionismo abstracto de ese país durante el siglo XX. Y mediante diversas investigaciones, como la de Alicia Azuela de la Cueva sobre David A. Siqueiros en EU y Argentina, se puede constatar que al menos Reuben Kadish trabajó en el último mural que Siqueiros produjo en su estancia de Los Ángeles en 1932, tiempo en que el mexicano produjo varias pinturas hoy perdidas por los efectos de la intemperie y la experimentación. Un mitin obrero de Siqueiros muestra las preocupaciones del muralista por producir obras que involucraran temas contestatarios, en este caso, un tema que pretendía denunciar al racismo como un problema social sustantivo en EU. 

Un mitin obrero (1932), de David A Siqueiros

El mural en que Kadish participó llevaba por título Retrato actual de México, en que se criticaba a Plutarco Elías Calles y el Maximato: símbolo del México sometido al imperialismo. Este fue el espíritu que permeó a los muros del Museo Michoacano de la mano de dos jóvenes norteamericanos. 
Esta es la herencia de la extranjería en el muralismo en Michoacán, aunque no toda. Hubo otras obras, en aquellos años porvenir que hoy son pasado. 

Murales de Hollis Holbrok (izquierda) y S.C. Schonebergen (derecha),
ambos de 1952, en la Biblioteca Pública Universitaria. Morelia, Mich.

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán. 
15 de abril 2012

domingo, 4 de marzo de 2012

Fantasmagorías. Herejías y nombres secretos.

 
Equipo de rayos X levantando la placa a los piés de la escultura de Guillén de 
Lampart, al interior de la columna de la Independencia, ciudad de México.

¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de dolor, quizá algo muerto que parece por momentos vivo aún, un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar. 
El Espinazo del Diablo 

Un fantasma es una presencia insospechada, un algo que no se espera encontrar ahí donde aparece. Es distinto a un tesoro, a una sorpresa. Es un pasmo, algo inaprehensible pero presente, que viene y va de acuerdo a su propia voluntad, siempre independiente de la nuestra. El fragmento de una memoria resistiéndose a desaparecer. Insurrección de la normalidad, alteración de lo real, disolución de las certezas, la duda en la razón. Las fantasmagorías están ahí, siempre, del otro lado de las palabras. 
Hallar, delatar, intervenir una fantasmagoría es una tarea fascinante, sobre todo cuando tiene que ver con la Historia y los monumentos. La confianza depositada en el sólido vínculo que hemos imaginado entre historia, pasado y verdad se dobla y lastima. Después de la duda inyectada, la certeza no es la misma: debe refrendarse o mudar. ¿Quién se iba a imaginar que dentro de la columna de la Independencia, ese monumento porfiriano conmemorativo del centenario de la Independencia en 1910, colmado de símbolos y alegorías mexicanas, iba a contener la efigie de un irlandés quemado en la hoguera en 1659? 
Herejías y nombres secretos (2011) de Mariana Botey en colaboración con Eloísa Mora Ojeda, fue una intervención de archivo realizada para la exposición Los Sueños de una Nación, que tuvo lugar en el Museo Nacional de Arte en meses pasados y que ya hemos comentado en este espacio editorial. La exhibición pretendió someter a revisión y crítica al sistema político mexicano desde las artes, erigido como un régimen no sólo visual, sino político y social, estético, hegemónico; fincando sus bases en el XX, y sufriendo de irremediable crisis en nuestros días y desde hace más que un par de décadas. Herejías y nombres secretos fue una de las cuatro intervenciones contemporáneas preparadas ex profeso para la exposición, y el caso particular de esta obra de Botey/Mora pretendió mostrar un fantasma entre los héroes históricos. 
La obra, bajo el formato contemporáneo de la intervención de archivo, gira en torno a la escultura de Guillén de Lampart que se ubica dentro de la columna de la Independencia (que además de monumento conmemorativo es un mausoleo, pues contiene las urnas con –supuestos- restos de héroes nacionales independentistas), justo a los pies de la escalera que conecta el suelo con la cúspide de la columna. Lampart escultórico aparece tallado en mármol, atado a un poste y quemándose, mirando al cielo, como un mártir. ¿Qué hace ahí, en el centro y base de la columna, un irlandés quemado vivo en el siglo XVII cuando el monumento se consagra a los héroes del siglo XIX? 
Guillén de Lampart, originalmente llamado William Lamport, fue un irlandés nacido en 1615 en el seno de una familia resistente al dominio británico. Estudiante de latín y retórica con las órdenes agustina, franciscana y jesuita de Wexford, alumno de su abuelo en técnicas de combate y escaramuza. Embarcándose a Londres para continuar estudiando, permaneció en el mar en un barco pirata, participando de asaltos y abordajes. Abandonó esta ‘profesión’ para desembarcar en La Coruña, España; en Santiago de Compostela se educó en filosofía con los jesuitas y en teología en El Escorial. Participó en los regimientos irlandeses y fue agregado como capitán en la Armada Española. Supuestamente logró relacionarse con las élites hispánicas hasta desempeñarse como consejero del Conde Duque de Olivares. Aquí las historias son un tanto diferentes: se traslada a Nueva España o como espía para reportar una supuesta conspiración de conversos leales a Olivares, o para realizar un plan elucubrado por Lampart mismo. Mediante falsificación de documentos, hacerse pasar en Nueva España como hijo natural de Felipe III para usurpar el puesto del virrey y, ya con plena potestad, decretar la libertad de indígenas, negros y mestizos. Fue el primero en decretar la necesaria independencia del Anáhuac, pensamientos que dejó plasmados, según el escritor Guillermo Samperio, en cinco mil hojas escritas en latín y que se encuentran en el Archivo General de la Nación. Fue preso por la Inquisición alrededor de 1642; acusado de herejía, juzgado y torturado en la cárcel durante varios años hasta que fue quemado en el cadalso en noviembre de 1659. 
La Independencia mexicana fue posible dados los impulsos liberales de afirmación para la separación de poderes entre Estado e Iglesia. Lampart fue un símbolo liberal para los promotores de esta ideología precisamente por afirmar dicha separación en pleno periodo colonial, en el que el catolicismo dominaba la totalidad de la vida de las personas, desde su nacimiento hasta la muerte. 
El objetivo inicial de Herejías y nombres secretos era lograr lo imposible o francamente dificultoso: trasladar la escultura de Lampart desde la columna de la Independencia hasta el Museo Nacional de Arte e integrarlo a la exposición. Tras un periplo abundante de oficios, persuasión, autorizaciones y permisos, mediante placas de rayos X se encontró que materialmente el traslado no se llevaría a cabo. La escultura de Lampart se encuentra anclada ni más ni menos que a la primera piedra del monumento, la roca ancilar. Símbolo fundamental, además, para la tradición masónica pues si para esta logia y sociedad secreta, Dios es el arquitecto del universo, la piedra ancilar se concibe como el origen de toda la construcción cósmica. La primera piedra es el símbolo de una fundación a partir de la cual todo comienza. Y al menos en el monumento que conmemora el surgimiento de México como país independiente, Lampart se encuentra unido a la nación que heredamos del pasado; nación consolidada por aspiraciones liberales y anhelos de emancipación. 

 
A la izquierda, Rito Nacional Mexicano, documento de Editorial El Espectro Rojo. 
A la derecha, edición de las autoras sobre la Proclama por la Liberación... redactada por Lampart.

La exposición de Botey/Ojeda se integró por el levantamiento tridimensional de la escultura de Lampart mediante una litografía, la placa de rayos X de los pies de la escultura, ancla con la piedra ancilar del monumento; una edición de las autoras de la Proclama por la liberación de la Nueva España de la sujeción de la Corona Española de Castilla y sublevación de sus naturales, escrita por Lampart; un libro de visitas masón donde se ve la imagen de Lampart siendo quemado en el cadalso; dibujos, documentos de Vicente Riva Palacio, quien recuperó los documentos Inquisitorios sobre Lampart para realizar su biografía novelada Memorias de un impostor; entre otros documentos. 
En nuestros días, los anhelos de emancipación se multiplican. Y las señales de tales anhelos, muy añejos por cierto, fueron sembradas hace siglos. 

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio 
Diario Cambio de Michoacán 
4 de marzo 2012

domingo, 26 de febrero de 2012

El valor de la mirada. 31K Retratos por la Paz

A la izquierda, una de las imágenes de la intervención urbana de 31K Retratos por la Paz.
Al centro, Gilberto Morelos (de Futura A.C.), Yunuén Velázquez (periodista) y el fotógrafo Diego Huerta en la intervención urbana en la cerrada de San Agustín, Morelia.
A la derecha, imagen tomada del proyecto 31K Retratos por la Paz.

Una imagen vale más que mil palabras, pero este dicho popular adquiere una dimensión nueva y radical cuando hablamos no de una sino de treinta y un mil imágenes que muestran la misma cantidad de rostros y cuerpos sosteniendo, entre sus manos, una paloma azul de papel. Así, miles de imágenes reproducen un concepto que no se traduce en millares de palabras sino en una sola, fundamental, lapidaria, ineludible, urgente: Paz. ¿Cuál es, entonces, la importancia de la mirada que habla de cosas que no se pueden sólo con palabras, y que a través de ésta se producen las imágenes? 
Sin textos curatoriales, ni avisos por la prensa ni boletines, sin actos inaugurales y sonidos instalados en la plaza pública con la anuencia de funcionarios… solamente con las ganas de trabajar en paz y por la paz, colaborando, se instaló la intervención urbana en Morelia del proyecto 31mil retratos por la paz. Es la quinta intervención urbana que Diego Huerta, fotógrafo y artivista, realiza como segunda etapa del proceso que inició hace un año junto con su compañera Daniela: retratar 31 mil personas (número de muertos contabilizados al momento de iniciar el proyecto, en el contexto de la guerra federal contra el crimen organizado), una por cada muerto, cada persona con una paloma azul en las manos. Dotar de rostro, cuerpo y lugar a los vivos que aspiran a un ambiente de más propicio para la vida y el respeto. 
Las imágenes puestas en la calle, resultado de todos los retratos que están disponibles en la red (proyecto31mil.com), hablan por sí solas. “No necesitas entender ni siquiera de dónde viene el proyecto ni para qué es el proyecto. Lo que importa es que no necesites ningún discurso, ningún eslogan, ningún nada para que el retrato a la persona le cambie la vida.” El retrato ya te dice algo; Diego responde “ya te dice mucho.” Hablábamos sobre la experiencia de los transeúntes a través de la cerrada de San Agustín, donde mamparas sugieren detenerse un instante para mirar a otras personas: las que en fotografías sostienen a “La Huasteca”, la paloma papirofléxica que es la constante de cada imagen. 
El proyecto fue posible gracias a la participación de 31 mil personas retratadas. Pero también fue fundamental el apoyo de personas que en cada uno de los 32 estados de la República recibían a Diego y facilitaban su estancia, el caminar acompañado por la calle, conseguir recursos, lograr colaboraciones. En una sociedad ideológicamente polarizada como la nuestra ¿cómo fue tocar tantas mentalidades diferentes para construir un objetivo común? Aquí participa un elemento central: la voluntad y sus cualidades para la libertad. 
Diego responde: “A lo largo del proyecto nos ayudaron las personas más radicales que te puedas imaginar. Me refiero a radicales perredistas, radicales priístas, radicales panistas. Pero cuando entendían que nosotros no íbamos a buscar eso que tú dices [el uso politiquero de la crítica de la guerra contra el narco] se adaptaban. Existe adaptabilidad todavía en las personas. Cuando tú estás frente a una persona que te pide ayuda y no tienes a cientos de manifestantes alentándote a gritar consignas contra alguien (contra una persona o contra un gobierno o contra un partido), eres tú quien va a tomar la decisión. Entonces al momento de empezar a fraccionar esas filas de personas en fracciones individuales, de uno, ahí todo cambia. Ya no somos tan valientes como para salir y mentarle la madre al que está enfrente, porque ya no tienes el soporte que está atrás de ti. Es ahí donde te empieza a caer el veinte de que al final de día eres tú quien toma las decisiones; no un partido, no un líder, no un sindicato, no un grupo, eres tú como persona; como individuo, eres tú. 
"Y cuando entiendes eso te das cuenta del poder que tienes tú como ciudadano, como persona; y te das cuenta que efectivamente está en ti el cambio. Y es chido, porque al final del día podríamos terminar hablando de política, pero desde una perspectiva ciudadana, y humana y de respeto. Ellos [las personas que apoyaron el proyecto] siguen con sus mismos ideales, siguen con sus mismas convicciones, ellos no cambiaron de partido, ellos no cambiaron de mentalidad, pero saben que al final del día la decisión es de ellos […] un partido, un gobierno está conformado por personas. Y como personas tenemos que entendernos. Y todo ese beneficio o perjuicio que nos estamos causando nos está afectando a todos.” 
El activismo desde esta perspectiva, nombrado por ello artivismo, no revitaliza el discurso de las artes (la fotografía en este caso) atendiendo a los aspectos de la política, sino que busca aportar al abordaje y transformación social recurriendo a las artes y su práctica. Esta es una invitación a la acción con una actitud más agresiva. “Ni Daniela es la Madre Teresa ni yo soy Gandhi. Y si vienes y me das un chingadazo yo te lo voy a devolver. Yo no soy pacifista; trabajo para la paz, que es distinto. Y creo que ahora la paz necesita un poco más de acción.” Interpelar a las personas que integramos a la sociedad, confrontándonos con las formas de nuestra realidad cotidiana para lograr entender, en conjunto, que las cosas “como son” no son normales. Son así porque aún no hemos decidido que sean de otra manera. Al final del día, la decisión individual (que sumada por miles, muta en voluntad social) es nuestra. 
La primera fotografía del proyecto se tomó el 14 de febrero de 2011. A un año de distancia, Diego se encontraba en Morelia montando la intervención urbana que durará aquí algunas semanas. Después de conversar por la mañana sentados en la banqueta con el equipo que le apoyó en su estancia en la ciudad, esa tarde se dirigió a la isla de Janitzio, lugar elegido por él para el último retrato. La persona 31 mil tuvo por nombre María Guadalupe. 

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio.
Diario Cambio de Michoacán.
26 de febrero 2012

miércoles, 22 de febrero de 2012

Polémica y variedades. 8a Bienal Nacional de Pintura y Grabado "Alfredo Zalce".

Sección Pintura.

Falta poco tiempo para que llegue el fin del montaje de la 8ª Bienal Nacional de Pintura y Grabado “Alfredo Zalce” en las instalaciones del Museo de Arte Contemporáneo que en Michoacán lleva el nombre de aquél emblemático grabador y pintor. A 16 años de haberse inaugurado esta tradición bianual de certamen nacional y nutrida exposición, se continúa en la persecución de rendirle homenaje a Zalce mediante los soportes que le fueron predilectos y mayor reconocidos en su ejercicio artístico: la pintura y el grabado. Para esta octava edición, se exhiben 70 obras que pretenden mostrar una faceta de la realidad nacional de la producción pictórica y gráfica de México, visible principalmente mediante el conjunto de las diversas, aunque contadas, bienales nacionales como la de Querétaro “Julio Carrasco” o la “Pedro Coronel” en Zacatecas. 
Cada certamen muestra una faceta distinta de las prácticas plásticas del arte en México, aportando a la idea difundida de que “cada quien tiene su verdad”, cada artista y cada bienal. Sin embargo vale una aclaratoria en torno a este dicho popular, pues si cada quien tiene su verdad no habría entendimiento posible (y de hecho frecuentemente no lo hay, en diferentes aspectos de la vida social) y se caería en la fatídica afirmación y confirmación de que es mentira la verdad pues hay tantas verdades como existencias individuales. Una alternativa a todo esto es cambiar la perspectiva y entender que cada quien tiene ante sus ojos una parte de la verdad, todas y todos vemos cosas diferentes de una misma cosa, o de muchas cosas, y es así posible la diversidad en torno a la unidad de los fenómenos que vivimos y presenciamos, de la misma manera en que es posible el reencuentro a pesar de las diferencias de criterio y de visión. 
Menciono todo esto porque, a pesar de faltaron polemistas –tanto del lado del jurado como del público de la bienal Zalce, rica en contenidos y diversidad estética para la discusión-, las diferencias de criterio se hicieron notar, incluso desde la misma apertura de la muestra en el mes de diciembre pasado. Se escucharon comentarios sueltos acerca de que la sección de grabado estaba repleta de obras que se mantenían en el nivel de “ejercicios” y no propuestas concienzudas y consolidadas, de calidad. Que la ganadora del premio de adquisición de la categoría de pintura no era pintora en realidad, sino que se trataba de una estudiante de mecatrónica con suerte para las bienales. Que los jurados habían estado precisamente “jurados” o comprometidos para dar sus veredictos, lo que equivale a decir que sus criterios no fueron avalados por el público, el cual en diferentes puntos de la inauguración y de fechas porvenir de la exposición se dio libertad de declarar que otras obras debían ser las ganadoras por tener mayores méritos que las oficialmente galardonadas. 

Sección Pintura.
La riqueza que aportan tales diferencias entre público y jurados del certamen consiste en que el público se da la oportunidad de disentir con las autoridades que califican un concurso artístico, y ello devela una sociedad inquieta y en movimiento. La posibilidad y existencia real de dicho disentimiento es justamente lo que en otras geografías y certámenes ha originado que se conciban los “premios del público”, los cuales consisten en galardonar obras elegidas por ‘el respetable’ aparte de aquellas elegidas por los jurados oficiales. Esta es una tarea pendiente para las políticas culturales en Michoacán, pues el valor de la voz del público dentro de los certámenes estatales (tengan un alcance local, regional o nacional) aún está por reconocerse. 
Los criterios del jurado para la octava bienal tienen consistencia y la probidad de cada integrante del mismo están fuera de duda; opinar que sus dictámenes estuvieron “vendidos” es una ingenuidad y delata la ignorancia acerca de cuáles son las circunstancias que intervienen al momento de trabajar como calificadores de un certamen artístico, asunto que en realidad es muy complejo y lleva bastantes horas de trabajo, diálogo y discusión. Ciertamente esta edición de la Bienal, a diferencia de las emisiones anteriores, faltó en el jurado una declaración/interpretación acerca de cuáles son los aspectos que se destacan en la línea discursiva general de las y los artistas participantes de la exposición. Otros jurados habían compartido, en su momento, ciertas líneas de lectura acerca de la obra seleccionada –esto quedó muy claro mediante la exposición antológica de las siete bienales “Alfredo Zalce” que se expuso en el MACAZ en el 2011-; cosa que no sucedió ahora, pues se reconoció que hay diversidad de técnicas y trayectorias, se calificaron los códigos visuales novedosos, la calidad técnica, coherencia de la composición, equilibrio, creatividad pictórica y gráfica, y otros aspectos que en cualquier certamen son obligación y regla base. 

Sección Grabado.

Un aspecto que principalmente llamó la atención pública fue el destino del premio de adquisición de la categoría de pintura a Jacqueline Lozano por su obra Ruinas, obra mixta de óleo y acrílico con aerosol y cinta adhesiva. Una obra semejante de la misma autora fue premiada, en esa misma fecha, en otra bienal mexicana: la de Pintura “Rufino Tamayo” que se expuso en Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO) en diciembre pasado. El título de esa obra también galardonada fue Pirámide devastada, de mayor tamaño que la exhibida en la bienal Zalce, pero de factura similar, mixta, estructural, oscilando entre lo abstracto y figurativo. Una nota del diario El Universal que da cuenta de la bienal Tamayo expone las palabras de la joven Lozano sobre su trabajo, el cual se sustenta “en el dibujo técnico, sobretodo en la mecatrónica, ya que los diagramas, esquemas e infraestructuras son una parte esencial de la obra, aunado a la fascinación por la arquitectura y sus construcciones, y en esta pieza me inspiré específicamente en las pirámides”. 

Jaqueline Lozano. A la izquierda Ruina, premio de adquisición en la Bienal Alfredo Zalce en la categoría de pintura. A la derecha, Pirámide devastada, premio de adquisición de la Bienal Rufino Tamayo. Ambas de técnica mixta: Óleo, acrílico, aerosol y masking tape desprendida sobre panel entelado. 

Juan Carlos Pereda, curador del MACO, comentó que en esta pintura de Lozano “hay oficio, virtuosismo. Es una pieza que no es figurativa, que no es abstracta, que tiene una visión propia, un discurso propio, no inédito, pero sí propio”. Opinión muy acorde a la me compartió Andrea Silva, directora del MACAZ, en una conversación: es una pintura muy completa, entre dos formas de pintar, hay precisión técnica pero también gesto pictórico, equilibrio y composición, juventud pero calidad de oficio sin titubeos, experimentación madura. ¿Dos obras de la misma serie, premiadas en dos bienales mexicanas  por dos jurados diferentes en la misma fecha? Eso también debe dar de qué hablar al público michoacano. 

Verónica Gabriel Consuelo Macedo. serie/ Contemporary art: http//:www.google.com.mx…
Temple sobre lino.

Otra controversia en la bienal Zalce sucedió en torno a la obra de Verónica Gabriel Conzuelo Macedo con título serie/ Contemporary art: http//:www.google.com.mx… Pintura al temple sobre tela de lino que muestra una composición que opone la límpida figura de un desnudo femenino esculpido de manera clásica con un montículo de ropa desarreglada. Color contra blancura, antigüedad desnuda frente a las vestiduras de la posmodernidad. El origen de la imagen procede de una instalación del artista italiano Michelangelo Pistoletto (Biella, 1933) mejor conocida en castellano como La venus de los harapos. Elaborar una pintura que reproduce parte de dicha instalación y presentar dicha imagen como propia, para exhibirla en un certamen plástico nacional fue interpretada por muchos como un plagio. El periodista Erick Alba dio cuenta de esto el 26 de enero 2012 en la sección Cultura del diario La Jornada Michoacán, noticia que la directora del MACAZ de manera pronta se dio a la tarea de comentar, también en la prensa. La obra en cuestión no consiste en un plagio sino en una apropiación de imagen. 
En el arte contemporáneo, y desde el desarrollo del Pop y el conceptualismo como corrientes estéticas, se ha desarrollado la estrategia del apropiacionismo para integrar a propuestas propias las imágenes o referencias de obra de otros artistas (e incluso referentes del mercado de consumo) para modificar la construcción de su sentido. Con esta aclaración no se está intentando legitimar dicha práctica. Lo que interesa aquí, y le interesaba a Andrea Silva en su momento, es aclarar que es algo que sucede de facto. Si la galerista Virginia Portilla denunciaba este supuesto plagio en el programa radiofónico Artas Plastas con su conductor Armando Carreño, o diferentes personas difundían la noticia/escándalo a través de las redes sociales, ello no iba a modificar las condiciones en que dicha estrategia de la apropiación sigue sucediendo a nivel local y global. 

David Kumetz Toiber. El arca. 
Aguafuerte al azucar.

Pero más allá de las polémicas, que son muy sabrosas para comentar, la 8ª Bienal Alfredo Zalce se muestra rica en matices por definir y detalles por descubrir. Mucha de la obra gráfica se mantiene en la impresión de imágenes basadas en manchas, aguadas y composiciones espontáneas, caóticas; incluso con títulos excéntricos y no poco herméticos, opacos. También hay grabados con gran claridad tanto en su tema como en la factura; como Nadie olvida nada de Cristóbal Tavera o El arca de David Kumetz. Tal vez por la existencia de estas dos facetas opuestas (espontaneidad vs. precisión) en la sección de grabado, el premio de adquisición tocó a Armando Eguiza con La esclava XIV, obra en la cual ambas perspectivas encuentran un equilibrio, aparte de las posibilidades de interpretación del tema: interpretación de género, de derechos humanos, justicia, etc. 

Armando Eguiza. La Esclava XIV. Punta seca sobre aluminio.
Premio de adquisición en la categoría de grabado.
  
 La sección de pintura es aún más diversa todavía: aparece la memoria como tema recurrente de algunos artistas. La abstracción coquetea con los temas sociales (cuando generalmente lo hace con las realidades afectivas internas), como Troncos y árboles caídos de Ángel Pahuamba o Juego de manos de Oscar Bravo Hernández. El paisaje urbano reaparece como una constante pictórica, ya galardonada en bienales anteriores. 

José Ángel Pahuamba. Troncos y árboles caídos.
Óleo, acrílico, esmalte y grafito sobre madera.
Mención honorífica, categoria pintura.

Vicente López Jurado. Nuevamente pisados.
Aguafuerte, aguatinta, vinil sobre zinc.

 La 8ª Bienal Alfredo Zalce está repleta de sorpresas para el ojo atento y exigente, pero también ofrece mucho por ver y comentar para el público curioso e interesado. Su visita es ampliamente recomendada. 

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio. 
Diario Cambio de Michoacán. 
19 de febrero 2012