sábado, 21 de diciembre de 2013

Historia del Arte, salud y la subvención de los vicios.


¿Es muy descabellada la pregunta acerca de la relación entre las artes y la salud? ¿O la que interroga sobre los hábitos en la investigación de las artes y la seguridad/salud personal? En una entrevista con Pedro Meyer, tratamos el tema del cuerpo del fotógrafo. Yo comenté que “es un asunto que se reflexiona muy poco: fotografía y corporalidad en su ejercicio”, pero él fue lapidario: “¿Qué se habla muy poco? ¿Qué tal nada?”. 
Originalmente, este artículo se iba a llamar “Historia de Arte y zanahorias”, aprovechando la mención del tubérculo para procurar un acercamiento al ejercicio de la investigación crítica de las artes y el cuidado de los ojos. Pero una idea desembocó en otras tantas hasta terminar en el título que ahora tiene la columna de hoy. Lo que comenzó como una reflexión personal en la práctica profesional de la Historia del Arte, terminó en la indicación de momentos en el sistema de las artes (y sus manifestaciones locales) relacionados con ciertos “vicios” y su mantenimiento a través de vínculos sociales e institucionales en el mismo campo. 
La importancia de la vista en el ejercicio profesional de la Historia del Arte es nodal, puesto que no sólo se involucra este sentido en la apreciación de las artes que se denominan “visuales” sino también a través de la lectura de documentos, bibliografía entre otros. El tema puede hacerse más complejo al momento de atender al concepto de “arte retiniano” que desarrolló Marcel Duchamp y que ha sido detonado por las prácticas artísticas contemporáneas, procurando retirarse de un arte eminentemente dirigido a la retina, a la sensibilidad formal, etc. 
Si se le puso énfasis en la producción de “concepto” en las prácticas contemporáneas fue para producir un arte más inteligente que sensitivo. Sin embargo, la Historia del Arte no puede ser exclusivamente la Historia de las Ideas Artísticas, sino la crónica, la crítica y la investigación sobre las obras, sus autores, los públicos y el propio sistema de las artes. Porque hay excelentes ideas que en la práctica no han sobrevivido, y también sucede lo contrario. Así que más vale ponderar ambas cosas (las ideas y su reflejo en las prácticas artísticas) pero en este contexto la vista sigue teniendo un papel fundamental. 
Se dice de las zanahorias que son “buenas para la vista”, por lo que pudiéramos suponer que un hábito saludable para un historiador de arte sería fortalecer sus ojos consumiendo regularmente zanahorias. Y, como había mencionado antes, no sólo para abordar visualmente las obras en sus diferentes aspectos, sino también para la lectura y trabajo de archivo o de gabinete. La lectura continua requiere de un par de ojos sanos y, en su caso, el apoyo de un par de anteojos para corregir los inconvenientes de la miopía, la hipermetropía y el astigmatismo. 
También son necesarios, acaso, los anteojos oscuros para controlar los cambios drásticos de iluminación al salir -del archivo, el gabinete, la biblioteca, el museo o la galería- al exterior donde el sol brilla con intensidades insospechadas. En fin: el cuidado de los ojos, herramientas orgánicas de trabajo. Cuando se dañan, el ejercicio profesional entra en problemas. 
Aunque también las zanahorias no solo fortalecen los ojos, sino que también con su consumo se fortalece la salud de los pulmones. Yo no lo sabía, pero consultas recientes por la red parecen indicarlo así. ¿Cuántos historiadores e historiadoras fuman? ¿No es muy frecuente la imagen del trabajo académico acompañado de anteojos, café y cigarrillos? Este aire intimista y sofisticado que el imaginario proyecta respecto al trabajo intelectual de obras, libros, tabaco y café, de trabajo interior… también está frecuentemente ligado a escenarios de ansiedad, vulnerabilidad e introspección. 
Y en el otro extremo se encuentra el consumo de alcohol. La relación entre Arte y Alcohol se ha abordado en muy escasas ocasiones, en contextos fuera de lo que pueda decirse sobre los artistas bohemios. Aquí el otro tema es el de la “sociedad etílica”. Otros profesionales del arte se vinculan en esta dupla que a veces parece inseparable. ¿No habría que abordar de manera crítica el hábito en el sistema de las artes (y de las relaciones sociales en su entorno) a promover reuniones sociales y la asistencia a eventos con la oferta de licores? 
Tanto en el ámbito privado como en el público, los brindis son costumbres que iniciaron como casos excepcionales: los vinos de honor se reservaban para ocasiones honoríficas, altamente ritualizadas y más bien especiales. Hoy día la oferta de copas de vino, cocteles, licores -y más recientemente mezcales- en reuniones sociales, eventos y exposiciones en galerías y museos se aborda por los públicos como una regla básica, como un convite forzoso que se reclama de no cumplirse. 
Iniciativas privadas e instituciones de cultura desarrollan inversiones importantes en la atención mediante bebidas y bocadillos que no pocos aprovechan como ocasión para comer y beber gratis. Esas personas no son el problema, sino el hábito del alcohol como algo reglamentario, sin lo cual la misma exposición o evento que da motivo a la convocatoria pierde interés. Y si la demanda del convite es más fuerte que la convocatoria del evento o la obra expuesta, estamos ante la instauración de relaciones sociales basadas en la subvención de un brindis que no es opcional, y la embriaguez se yergue con más atractivo que la experiencia estética. 
Y es así que un mal hábito, también llamado “vicio”, es subvencionado por instituciones para garantizar la efectividad de la convocatoria, la asistencia y la permanencia gracias a la sensación pasajera de bienestar. 
No es un tema fácil y mucho menos poco importante. Un objetivo aún por desarrollar consiste en proyectar modelos emergentes de salud y práctica profesional en las artes, tanto en la producción como en la investigación y la gestión. 

Publicado en el suplemento Letras de Cambio 
Diario Cambio de Michoacán 
14 de diciembre 2013

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