domingo, 14 de agosto de 2011

Por las manos de Carmen


Para Irma Virgilia Jiménez Álvarez. Celebramos tu vida.

La vida de Carmen Carrillo de Antúnez comenzó al mismo tiempo que el siglo XX. Escultora, empresaria, directora de museos, su talento es evidente en fotografías y obras que actualmente se exhiben en la sala 1 del Centro Cultural Clavijero. De mirada cándida, dedicada y sensible, fue amiga de personalidades notables y anónimas, todas con nombre, fueron tratadas con el mismo cuidado e inteligencia que dedicó a sus diversos intereses.
Nacida en León, Guanajuato, en 1900, desde temprana edad se mostró interesada en el dibujo y los grupos indígenas, con quienes convivió cercanamente. A la muerte de su padre, se trasladó a la ciudad de México con su familia donde, ya adolescente, ganó por oposición una asignatura de dibujo para alumnos de escuelas oficiales. Contrajo matrimonio, pero no desvió su atención del modelado de esculturas en cera, las cuales se vendían en varios almacenes de prestigio en la capital. Fundó una alfarería, una fábrica de muñecos, otra de esculturas religiosas y otra de maniquíes para aparador. Activa pero insatisfecha con todos sus quehaceres, liquidó sus negocios para dedicarse a la creación de figuras elaboradas por sus propias manos. El toque delicado y preciso de sus dedos y los instrumentos dieron como resultado obras sin par para la imaginería de los diversos grupos indígenas mexicanos. El trato con sus modelos nunca fue superficial, y ella misma cuenta de forma elocuente su proceder en el catálogo editado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia en torno a su obra.
“Tenemos la intención, al dedicarnos de lleno a este trabajo, de perpetuar en lo posible, objetivamente, hermosas tradiciones, costumbres ancestrales, cosas que van modificándose al paso de la civilización hasta desaparecer inexorablemente. Queremos plasmar la mayor parte de estas vívidas escenas y de esos maravillosos tipos indígenas, altivos o humildes, de fantásticas indumentarias, escogiendo el aspecto más profundo de ellos mismos: la danza.” El trabajo de Carmen Carrillo (la llamamos así, por su nombre, no por el apellido que recibió de su matrimonio: “de Antúnez”) tuvo lugar en el tiempo en que la etnografía y la antropología ya se establecían como disciplinas humanas de intensa actividad en México. Manuel Gamio ya había elaborado sus tesis acerca de las cualidades estéticas de los pueblos mexicanos a lo largo de los siglos, Alfonso Caso llevaba a cabo sus exploraciones arqueológicas para esclarecer el pasado prehispánico que heredamos, y que siguió y sigue vivo a través de los pueblos indígenas que permanecen con nosotras y nosotros. Formamos, todas y todos, la fragmentada pero completa sociedad que encarnamos.
Más allá de sus manos, los ojos de Carmen miraban a ese “otro” desde una posición que se reconoce como “otra”… el otro del “otro” que somos todos, pero que llama al acercamiento. “El indígena en sí, aunque noble e inteligente, es profundamente desconfiado. Es difícil conseguir su amistad y más aún su comprensión. Así que la mayor dificultad en el trabajo es precisamente ésta; es donde ponemos aprueba nuestra paciencia, nuestra elocuencia y hasta nuestra resistencia moral y física.”
Narra el inicio de su trabajo con el traslado a la zona donde se origina la danza que buscaba reproducir. Había que llegar días antes de la festividad religiosa, pues en estas fechas se celebra todo con mayor esplendor, pero Carmen hacía amistades con antelación, llevaba regalitos, iba al tianguis para familiarizarse con las personas del pueblo, penetraba en sus costumbres más notorias. Visitaba al alcalde, presidente municipal o cacique, le esperaba a que regresara de sus labores agrícolas o estuviera disponible para ver a alguien. Hacía el contacto, establecía un poco de confianza, aceptaba la invitación a comer con su familia, compartía los frijoles y tortillas con la esposa y los hijos.
Llegaba el día de la fiesta. Ya conocía a los danzantes y les hablaba familiarmente, así ya permitían fotografías. “Empiezan a darnos facilidades para nuestro trabajo; nos entusiasmamos con ello. Danzan llenos de fe, de solemnidad, litúrgicamente. Es allí donde el indígena se da por entero. Danza por pasión, por espíritu combativo, por religión, por sentido estético, por tradición.” La convivencia se combinaba con el trabajo. Las manos a lo suyo, pero los ojos no descartaban nada en el ambiente. “Copiamos fielmente su indumentaria, el colorido, los motivos ornamentales, los instrumentos musicales, etc., tomamos fotos y más notas; también, apuntes de color del paisaje autóctono. ¡Quisiéramos materializar el ambiente para recogerlo intacto!”
Ya con datos “precisos y preciosos”, había que convencer a una o dos personas para que acompañaran a Carmen a la capital “donde posarán en las distintas actitudes de la danza; pueden solucionar con sus informes y relatos nuestras dudas, pero se niegan sistemáticamente a salir de su pueblo; les rogamos, los convencemos; acceden al fin, pero vienen con la familia; la mujer, dos o tres chicos y el compadre.” Les hospedaba en su propia casa. Así, la vida hogareña en la ciudad de México se poblaba de pronto con dos familias entrelazadas durante meses. El trabajo antropológico se funde con la convivencia humana. Conversaban, trabajaban en el taller de día y de noche. Salían a mostrarles la ciudad, les llevaban a la Basílica de Guadalupe, también al cine. “Están asombrados y contentos, pero algunas veces cuando no tienen aún confianza, tratan de escaparse […] hay algunos incidentes, casi siempre se sienten enfermos –es nostalgia de su pueblo-, pero rechazan médicos y medicinas, están llenos de supersticiones que no podemos combatir. Pasamos días de angustia […] Cuando vuelven a su tierra, durante meses y hasta por años, se sienten ligados a nosotros.”
El resultado de todo esto se manifiesta en las figuras de la exposición Carmen Carrillo de Antúnez, artista de lo insólito y numerosas maquetas en museos de antropología que, obras monumentales por la calidad y cantidad de figuras que involucran (algunas con más de 300 esculturas de 50 cm), durante décadas no se han considerado más que como “apoyos museográficos”, hasta ahora. Preciosistas y naturalistas las esculturas de Carmen Carrillo, también las indumentarias de tela bordada a mano con punto de cruz, tejidos pequeños de fibra natural y plumas de colores que elaboraba su hermana para vestir cada figura. En palabras de la autora, la obra de toda una vida, la vida puesta en las manos y en el trato humano, queda “como un documento que recoge sus actitudes, sus ritmos, la esencia misma de su intención, plenos de colorido y de verdad, porque en su ejecución no tuvimos que inventar nada ni falsear nada, recogimos solamente con gran cariño su propia belleza.”

Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
14 de agosto 2011

1 comentario:

  1. Admirable la vocación, entrega y la forma de acercamiento al "otro" que siguió Carmen, una mirada profunda y conectada a la realidad pluricultural de México. Me atrae saber más de su trabajo, llama la atención cómo a través de la danza trata de capturar otros elementos dinámicos de los grupos originarios del país; en sus piezas congela por un momento una actividad en movimiento, la cual se vincula con la tierra, es un ritual, una acción de cohesión, un diálogo y un palimpsesto de la cultura, que a veces no alcanzamos a descifrar con una sola mirada. Me gusta que haya abordado la danza para mostrar la diversidad cultural de nuestro país, aunque no nos olvidemos que la danza y las culturas originarias están vivas, en constante cambio, se reconfiguran día a día, establecen relaciones interétnicas, están llenas de símbolos, no reduzcamos la diversidad cultural al folclore nacional, a el entendimiento de los pueblos originarios como entes aislados, estáticos y sobre los cuales no pasa el tiempo. ¿Dónde se puede conseguir el catálogo de su obra? o más información sobre su vida?
    Gracias por tus reflexiones.

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