domingo, 29 de julio de 2012

Memoria histórica. La falta y el conflicto.


En medio del pasmo, la indignación y el encono de buena parte de la sociedad, circulan actualmente las posibles explicaciones acerca del por qué un pueblo vapuleado por su pasado actualiza un régimen político que a todas luces muestra su hambre de poder. 
El más reciente intento de (forzada) restauración del Partido Revolucionario Institucional a la cabeza del gobierno federal se aduce a diversas realidades, muy distantes entre sí aunque sórdidas todas. Fraude es un término posicionado cada vez más en la percepción pública. Voto de castigo para la derecha fue un aspecto de la elección. Voto prejuicioso para la izquierda fue otro. Se pueden ensayar y demostrar dimensiones complementarias de toda la situación, para así proponer una conclusión “holística”. Pero con todo, un componente fundamental flota por el aire, aduciéndose a la cultura mexicana como elemento explicativo: la falta de memoria histórica. ¿Será? 
 La memoria es esa entelequia humana, parte intelectual y parte afectiva, que permite la continuidad de la identidad, la introspección, la recuperación de hitos individuales ya vividos, impresiones de los sentidos. El recuerdo es un puente entre tiempos pues forma parte del presente, conteniendo a su vez parte del pasado. Reflexionar el “ahora” a propósito del “antes” permite valorar lo sucedido para encontrar nuevas decisiones, posicionamientos respecto a qué debe seguir a la actualidad. 
¿Que “el mexicano”, esa construcción cultural, histórico-identitaria, no tiene memoria? Difícil de creer, complicadísimo para demostrar. Se dirá: “¿qué muestra más se necesita ante la imposición mediática del candidato tricolor y la compra masiva de votos, cosa que por demás implica que millones de personas doblegaron su voluntad política a favor de ganarse unos pesos?” Ello no es suficiente para sostener la supuesta “falta de memoria histórica”; más bien refuerza la noción de “necesidad económica” y de “ambición monetaria”. Otro planteamiento ha de ser propuesto como alternativa: el conflicto que representa la memoria histórica en la mexicanidad
Pongamos por ejemplo dos hitos de la segunda mitad del siglo XX en México para comprobar esta afirmación y para notar el disímil comportamiento de la memoria ante diferentes pero semejantes circunstancias. La primera: la masacre del movimiento estudiantil de 1968 en Tlatelolco por parte de las fuerzas armadas bajo el mando del gobierno. Tragedia, genocidio, autoritarismo, violencia; son palabras con que se recuerda aquella fatídica ocasión que no se olvida cada 2 de octubre. 
Por supuesto, se sabe que hubo culpables materiales e intelectuales; la sociedad aún consciente de las circunstancias de aquella matanza no suelta aquél recuerdo, para que no vuelva a pasar, para recriminar civilmente al gobierno sus excesos en el abuso del poder, para dimensionar (no si dureza) el valor de la libertad, la vida, la libre expresión y la justicia. Tlatelolco 1968 es un hito doloroso en la historia mexicana, pero sólo es uno de los muchos episodios de represión estudiantil que sucedieron en los estados de la República durante el siglo XX, menos famosos, terribles también. 
Mucha gente murió en octubre del 68 y ello provoca dolor y amargura mezclada con rabia e indignación. Cosa que sucede también, pero con un cariz totalmente diferente, respecto a las consecuencias del sismo de 1985 en la ciudad de México. Se perdieron cuantiosos bienes; cayeron casas y edificios. Se desmoronaron escuelas y universidades. Gente vio su suerte a punto de suceder o sencillamente no vio más, pereciendo bajo los escombros. Muchos perdieron casi todo, o algo o alguien. 
Ante la tragedia natural, se sobrepusieron los ánimos y la sociedad reaccionó: se organizaban brigadas de rescate tanto de cuerpos profesionales como personas de la sociedad civil. Se organizó la reconstrucción de lo perdido. Desde aquél terremoto implacable con la ciudad, los métodos de construcción se modificaron y mejoraron, optando por modelos preventivos y estándares de seguridad de acuerdo a las propiedades sísmicas de los distintos terrenos sobre los que se posa la capital del país. 
¿Y esto a qué viene? Bien. Pues mucha más gente murió a causa del sismo que en la matanza de Tlatelolco. Naturalmente la diferencia es notable a primera vista: la primera fue una tragedia natural que no era posible prever, la segunda fue producto de la violencia ejercida por parte de un gobierno autoritario y el choque de ideologías durante la época de la guerra fría. En la represión estudiantil, aunque menos cuantiosa, se dio muerte por causa de voluntades mortírferas: hubo responsables. En la segunda no los hubo a pesar de que murieron miles en lugar de cientos. 
¿No? ¿En verdad no? Una buena memoria se construye, en buena parte, reflexionando. ¿No hubo responsables por la muerte de miles en el 85? ¿No se sabía desde hace décadas que la ciudad de México debía estar en cualquier otro lugar menos donde está por el peligro que el territorio representa? La caída de las construcciones durante el sismo fue resultado de un terremoto de dureza extrema, pero también reforzado por décadas de corrupción e irresponsabilidad empresarial y gubernamental. El negocio de la construcción durante el siglo XX tuvo dimensiones incalculables, y el contubernio entre constructores y autoridades que violaban toda norma de seguridad y prevención inoculó lo que en 1985 resultaría en una masacre silenciosamente gestada. 
¿Por qué la memoria histórica mexicana reclama el 68 y no el 85? Es complicado, sí; la memoria es complicada, volátil, selectiva, febril, falible, caprichosa, infiel. 
Y así volvemos a la actualidad. Además de las cuestiones relacionadas con la confección de un fraude electoral y la compra del voto ¿cómo se puede explicar que millones de personas sí hayan votado por el candidato tricolor? ¿Falta de memoria histórica a favor de la conveniencia? 
No olvidemos que la clase política mexicana actualmente goza (o padece) de un descrédito inconmensurable en la percepción pública. Los políticos siempre prometen y se comprometen, para después hacer lo que quieren (o lo que pueden o a lo que los obligan) una vez que son electos. Larga es la fila de las y los políticos que con planes razonables y argumentos incumplen sus propósitos iniciales, defraudando continuadamente la confianza que ciudadanos periódicamente les depositan. 
Si antes los políticos aparentemente inteligentes, feos y con argumentos eran convincentes pero “fallaron” ¿no habrán optado millonadas de personas por darle la oportunidad ahora a un guapo, algo lerdo y manipulado, rodeado de dinero y además protagonista de la tele? Ello no es “falta de memoria histórica”. Es justamente el ejercicio de la memoria conflictiva de ánimos políticos largamente defraudados, que cayeron en la fatídica trampa, atractiva y manipuladora, de mensajes televisivos y modelos de belleza. Esta realidad es escalofriante. 

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio. 
Diario Cambio de Michoacán
22 de julio 2012.

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