domingo, 17 de octubre de 2010

La pintura y la sangre

Máscara XI (2008) de Gustavo Monroy; portada de la revista Proceso, número 1771, octubre de 2010; y Tajada (2008) oleo sobre tela, de Omar Rodríguez-Graham.

Numerosas son las revistas que en nuestro país atienden la temática política con artículos de periodismo de profundidad. Menos abundantes son las revistas de este tipo que incluyen artículos de crítica de arte o de opinión sobre ámbitos de cultura en sus contenidos. Pero más escasas son aquellas que dedican la portada y artículo principal de la publicación a la obra de una pintora mexicana, incluso a pesar de que dicho artículo cuente con apenas 5 páginas de extensión y muchas fotografías, por lo que la lectura en realidad se encuentra con pocas palabras por recorrer.
El número 1771 de la revista Proceso, que corresponde a octubre de este año, muestra en su portada una versión pictórica de una de las fotografías tomadas a Diego Fernández de Cevallos por sus plagiarios, divulgada el 26 de septiembre pasado en los diarios de circulación nacional. El título del número es: Arte del México de Hoy.
La autora es Marisa Polin, mexicana que reside desde hace 20 años en Holanda, y la imagen corresponde a la serie (No) culpable que se exhibe en el centro cultural World Art (WAD) en la ciudad de Delft. La muestra se exhibe desde el 12 de septiembre hasta el 17 de octubre. En palabras de Marco Appel, el articulista de Proceso, esta es “una de las exposiciones más provocativas que hayan tenido lugar en Holanda con la violencia mexicana como tema.” Habría que saber cuántas exposiciones se han realizado en ese país con el tema de “la violencia mexicana” para constatar que, efectivamente, es la más provocativa de todas. El comentario del reportero está sobrado.
La pintura El Jefe tiene como germen la impresión que a Polin causó la fotografía de Diego Fernández por su doble carga simbólica: “por un lado, la representación de un hombre envejecido e impotente ante su trágica situación, y por otro, la del político arrogante y enérgico que se refleja en Proceso. Es la imagen de la humillación.” El resto de las obras guardan la misma tónica: cosas que se publican en los medios y que nadie quisiera mirar como un sujeto atado de manos y pies, recién arrojado de un automóvil; hombres desnudos sentados en una silla con los brazos atados al respaldo, su mirada desencajada y la sonrisa leve, misteriosa –principalmente por la letra “Z” grabada en su carne a la altura del pecho: está muerto.
Otras son imágenes que nos son –fatídicamente- familiares: vírgenes y otras advocaciones religiosas en las cachas de las pistolas que usan sicarios, un soldado (o dos policías) presentando a un hombre de frente, custodiando los objetos que se le encontraron: armas, municiones, droga y cosas más.
Hay que decirlo. Se trata de una propuesta plástica que, en su economía de líneas y contraste cromático, muestra una visión estética de algo que políticamente casi nadie quiere mostrar de México al exterior, particularmente el gobierno federal y diplomáticos, como el embajador en Holanda Jorge Lomónaco; él comentó que no hay notas periodísticas sobre la exposición y que ha pasado desapercibida, quedando sin impacto en el país. Pero el hecho de que las pinturas de Polin sean próximamente exhibidas en la galería Ruimtevaart en La Haya hace pensar sobre el consumo cultural de estas imágenes.
En México hay otros pintores que incorporan la temática social y la crudeza entre las elecciones para su trabajo, generando una estetización de la violencia, adquiriendo una desconcertante cualidad afectiva. Dos de ellos expusieron el pasado mes de julio en el Museo de Arte Moderno (Ciudad de México) mediante la exposición Bella y Terca. Nueve argumentos sobre la pintura.
En la muestra se podía leer que la obra de Gustavo Monroy “recurre al uso de facturas y composiciones –asociables a veces al estilo narrativo de la pintura medieval tardía, o a veces la teatralidad mística de la pintura religiosa barroca-, para exaltar el dramatismo y la fuerza icónica de temas extraídos de la actualidad noticiosa de nuestro país.” Una última cena “mexicana” es un tablón con mantel al que se dan cita doce cabezas ensangrentadas sin sus cuerpos; “México Lindo y Querido” muestra un escudo nacional sobre el retrato decapitado del pintor. Él mismo apunta suicidamente a su cabeza mientras porta una máscara plástica del ex presidente Salinas de Gortari en el cuadro Máscara XI (2008).
Monroy construye símbolos por sobre la realidad violenta que experimenta nuestro país. En entrevista en el 2009, comentaba que ante la realidad social que él advierte en el presente –se informa diariamente leyendo 3 periódicos distintos- no podía basar su trabajo artístico en inflar globos y exponerlos en el museo.
El segundo pintor es Omar Rodríguez-Graham. Su caso no es menos político por apartar la temática evidentemente social en sus trabajos: muestra cuerpos femeninos mutilados ubicados en la morgue. Un texto de pared rezaba: “En las piezas de Omar Rodríguez-Graham la expresividad matérica de la mancha con espátula o con masas de pigmento, colabora con la construcción de formas que se autocontienen y logra un brutalismo compositivo de gran monumentalidad e impacto. Esta violencia tectónica y gestual de las formas humanas –acotadas por un muy sofisticado encuadre- desplaza la temática criminal de la obra hacia un territorio no narrativo, de depurada sensorialidad.” Es decir, distancia ante lo que de otra manera nos parecería horrible e intolerable; mediante la estetización de la imagen violenta, la mirada se posa sobre el cuello descarnado de una joven pálida y puede continuar mirando. Lo que vemos no es una foto, que mostraría todo con absoluto realismo, sino una construcción hecha de colores y formas, texturas y trazos gestuales.
“Mucha gente cree que mi obra se trata de presentar o criticar la violencia. Esa gente está equivocada ya que no logra ver la pintura como más que una imagen. Mi obra es pintura y no imagen.” Las palabras de Omar Rodríguez sobre su trabajo se parecen a las de Marisa Polin hablando de sus cuadros: “Tiene una meta estética. Es una abstracción de lo que está pasando en México. Estoy describiendo un acto muy cruel. Por la forma, te acercas con curiosidad, es bello, económico en línea. Sólo en un segundo o tercer intento te das cuenta de lo que es: y ya no puedes negar lo que ves…”

Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
17 de octubre 2010

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