domingo, 26 de septiembre de 2010

¡Viva México! Un documental.

Cartel oficial de la gira nacional para la proyección del documental ¡Viva México!, de Terra Nostra Films.

“La operación que reivindica a los indios muertos después de aniquilar a los indios vivos es todavía muy conocida en México…”
El régimen visual y el fin de la Revolución. Renato González Mello.

“Me enfurece escuchar que el gigante dormido por fin despertó/
500 años de lucha enseñan que el gigante nunca durmió/
no ignores lo que tu gente ha estado pensando y haciendo/
no hemos estado durmiendo... sino trabajando.”
Myth of the sleeping giant. Olmeca.

Puede parecer extraño iniciar un comentario sobre el documental ¡Viva México! con los anteriores epígrafes, pero son varias las razones. Este largometraje documental se encuentra en una gira de presentación a nivel nacional y en Michoacán se proyectó en tres sedes (Fábrica de Imágenes, Universidad Latina y la Escuela Popular de Bellas Artes) esta semana. Su director, Nicolas Défossé, se presentó también en el marco de las conferencias Lenguajes independientes y revolucionarios del arte el día 24 en el Centro Cultural Clavijero.
El contenido de la película trajo a la memoria el texto de Renato González Mello, incluido en el tercer volumen de los libros Hacia otra historia del arte en México. El arte nacional a debate. González se propone señalar algunas líneas de investigación pendientes en torno a preguntas sobre una historia política de las imágenes “No una historia de cómo la política ‘influye’ o ‘determina’ la pintura, sino una historia política apoyada en las imágenes […] que no atienda fundamentalmente a los actos de gobierno, sino a las imágenes del Estado, la diferencia y la legitimidad.” Este interés no se dirige a renovar la historia del arte recurriendo a la política, sino “aportar a la historia social y política recurriendo a las artes.”
Cuando habla de “la operación” que reivindica a los indios muertos después de aniquilar a los vivos, está hablando de Siqueiros y sus murales del Palacio de Bellas Artes, particularmente la serie que trata sobre el último tlatoani mexica: Cuauhtémoc redivivo, Cuauhtémoc torturado y Cuauhtémoc contra el mito. Los muralistas, además de pinturas, crearon las imágenes del imaginario mexicano, introdujeron al indígena como actor de revoluciones, como explotado, como reivindicador, héroe anónimo, triunfador y de mil maneras más, pero siempre en el marco de la lucha de pobres contra ricos, de desposeídos contra poseedores, de víctimas contra verdugos.
Nuestra historia mexicana del siglo XX está repleta de situaciones en las que tanto indígenas como campesinos y obreros son “tomados en cuenta” por el espíritu nacionalista o de inspiración gubernamental para definir una dirección adecuada hacia el desarrollo, la justicia y equidad social. Revoluciones y revueltas fueron llevadas a cabo por este cuerpo multitudinario y (pretendidamente) “anónimo” de las masas mexicanas. “Falsa conciencia”, dice González Mello, es el término que parece a propósito para el indigenismo mexicano posterior a la Revolución.
Aquí entra la pertinencia del segundo epígrafe. Olmeca es un intérprete de hip hop que aparece en la película ¡Viva México! Tomó la pista de otro grupo y sustituyó la letra original con sus propias palabras. La letra es en inglés, pero cuenta con subtítulos en español. A este “gigante dormido” se le asocia con el “México profundo”, en el sentido de que estuvo despierto durante la Revolución, ha permanecido quieto durante el siglo XX y ahora, en nuevos tiempos de inestabilidad social generalizada, la revuelta puede surgir otra vez, apareciendo con la frecuencia de 100 años para cada ocasión. Es esta una construcción del imaginario.
Lo que le enfurece a Olmeca es el advertir la creencia de que los grupos indígenas van adquiriendo conciencia de sí mismos, como si no la hubieran tenido siempre. Las circunstancias de injusticia, pobreza y marginación tienen una larga carrera en su gestación, y la inestabilidad social acompañada de movilizaciones civiles y levantamientos (armados o no) en pro de la autonomía (como la resistencia zapatista que apareció en la escena nacional en el año 1994), representan el nuevo episodio de una historia que inició con las vejaciones de la conquista y sobre la cual se construyó un castillo en el aire llamado Nacionalismo, el cual benefició al Estado que lo encarnó sin hacer eso mismo con el pueblo del cual emana su poder y justificación.
¡Viva México! es un documental que muestra cómo y de qué manera las personas de comunidades pobres, campesinas e indígenas hacen una lectura propia de su contexto, problemática y soluciones. No hay opiniones de especialistas hablando de economía, politología u otras disciplinas. Lo que sí hay, y mucho, es gente real compartiendo su visión sobre la tierra, el saqueo por parte de empresarios, el desdén y hasta la violencia ejercida por el gobierno. Desde los pescadores de San Blas y su lucha contra la destrucción de los manglares, los artesanos mayas que se resisten a ser echados de la zona arqueológica de Chichen Itzá (tan capitalizada hoy día), hasta el dramático y desgarrador hito de la violencia de Estado contra el pueblo de Atenco (Edo. Mex.) en 2006, que tuvo como trasfondo una disputa por la tierra.
Cuando se nos invita a sentirnos “orgullosamente mexicanos”, estas son precisamente las historias que no se cuentan en medio de la celebración. Son las historias que necesariamente han de conocerse si no deseamos vernos envueltos en una realidad que no entendemos por haber tergiversado el sentido de los eventos.
Más información en www.vivamexicofilm.com

Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
26 de septiembre 2010

domingo, 12 de septiembre de 2010

Quiroga y Guayangareo


Una de las ventajas de un tiempo como el nuestro, repleto en las carteleras culturales y agendas políticas de asuntos del Bicentenario y Centenario, consiste en la capacidad que existe para contribuir a la reflexión histórica y cultural de nuestra mexicanidad, en sentido contrario a la reedificación de viejos mitos y consolidación de nuevos baluartes nacionales, festejos fatuos y negación de la realidad. Una desventaja es, sin duda, que un artículo como éste puede perderse entre lo mucho que se ha escrito en torno a la coyuntura que atravesamos. Es tan avasallador el conjunto de obras de diferentes artes que se han creado en torno al presente -que también es nuestro pasado- que este texto se perderá en el descomunal remolino de las opiniones. El fantasma de la inestabilidad social de sendos centenarios no es ningún fantasma hoy día, está presente, nos rodea, estamos dentro.
En la historia oficial hay ciertas contradicciones que no suelen contarse. Entre ellas, la fundación de la ciudad de Valladolid y la oposición que hubo entre los peninsulares que la fincaron y el entonces obispo de Michoacán, Don (Tata) Vasco de Quiroga.
Vasco Vázquez de Quiroga y Alonso de la Cárcel llegó en 1530 a Nueva España junto con la Segunda Audiencia de México, en calidad de oidor. Se había destacado en sus labores de abogado en España, concretamente en la Real Cancillería de la provincia de –curiosamente- Valladolid. Fue enviado tres años después como visitador a los territorios de occidente para atender la inestabilidad provocada por ciertos hechos entre conquistadores y el pueblo p’hurepecha en Tzintzuntzan; por ejemplo, el que Nuño de Guzmán diera muerte al cazonci Tangaxoan II en las inmediaciones de lo que hoy conocemos como Jalisco. Fue hecho preso y torturado bajo acusación de conspirar un levantamiento indígena contra los españoles. Este apresamiento recuerda un poco a la conspiración independentista de Valladolid de 1809. La comparación es arbitraria.
El obispado de Michoacán (el cuarto que se funda en Nueva España) se constituye en 1536, Vasco de Quiroga es elegido como el personaje idóneo para llevar esa batuta. Para ese entonces, ya había fundado pueblos-hospitales para la atención de indígenas tanto en México como en Santa Fe de la Laguna, en Michoacán; pero nunca había tomado órdenes sacerdotales; era un abogado. Este percance se resolvió cuando dos años después (1538), por bula papal de Pio V y el rey Carlos V, Quiroga pasó de laico a obispo. Una de sus primeras disposiciones como tal fue trasladar la sede del obispado desde Tzintzuntzan, una de las capitales p’hurépechas, hacia uno de sus barrios: Patzcuaro.
La decisión importunó los ánimos de varios españoles ya residentes en el pueblo de Guayangareo y del mismísimo virrey Antonio de Mendoza, incluso de los propios indígenas; cuyas objeciones desoyó el obispo Quiroga para llevar a cabo su proyecto, considerado por el filósofo Luis Villoro como uno de los Grandes momentos del indigenismo en México. De este modo comenzaron las dificultades entre Quiroga y los vecinos de Guayangareo.
Este pueblo, cuyo nombre se interpreta usualmente como “loma suave y alargada”, fue visitado por el virrey de Mendoza entre 1539-40. Le pareció propicia la loma, el aire, la abundancia de agua, los elementos del terreno, para que detentara una ciudad. Autoriza en 1541 a los residentes de fundarla con el nombre de Nueva Ciudad de Mechuacan, lo cual sucedió ese 18 de mayo. Valladolid era un nombre que en realidad aún no aparecía en el aire.
El inconveniente que esto representaba para Quiroga consistía en que el reconocimiento de la ciudad implicaba aceptar que la capitalidad del obispado y la residencia del obispo tendrían que pasar a este lugar. El Vasco se defendió desconociendo al poblado como Nueva Ciudad de Mechuacan, primero y negándoles el oficio espiritual a los habitantes, quienes recibieron auxilio de franciscanos y agustinos ya con presencia en Guayangareo. La ciudad siguió siendo apoyada por el virrey de Mendoza y hasta por el siguiente virrey: Ruiz de Velasco que e 1550 ordenó dotarla de poblados aledaños para que fueran la primera mano de obra para la edificación de los conventos de San Francisco y San Agustín.
Quiroga no se guardó en su sede a brazos cruzados. Sabiendo que poco podría conseguir en la Nueva España, realiza un viaje de tres años a España en 1547, trayendo a su vuelta tres cédulas reales. Con dos de 1552, se prohibía usar el nombre de Nueva Ciudad de Mechuacan a los vecinos de Guayangareo, población que regresaba a su carácter de pueblo, ratificando a Pátzcuaro como la única ciudad reconocida del obispado. La tercera cédula (1553) le concedió el escudo de armas a Pátzcuaro, coronando con ello el revés jurídico en perjuicio de los habitantes de Guayangareo. El pueblo subsistió gracias a las labores de franciscanos, agustinos, los virreyes y los mismos fundadores de la población.
La muerte del hábil abogado y obispo Quiroga en 1565 favoreció las aspiraciones de los pobladores de la loma. El papa Pío V autoriza por bula papal el traslado del obispado de Pátzcuaro a Guayangareo en 1571, lo cual sucede siete años más tarde, apareciendo ya concretamente el título de Valladolid, tanto para la capital como para la provincia.

Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
12 de septiembre de 2010