domingo, 13 de noviembre de 2011

Política sin Estética


Hace un siglo, para los gobiernos revolucionarios de nuestro país, la visualidad del poder a través de las artes era una cuestión primordial, central. El muralismo, la Escuela Mexicana de Pintura; la escultura, arquitectura y gráfica nacionalistas, junto con los monumentales programas murales en edificios gubernamentales, eran algo más que aspectos accesorios de decoración para las instituciones: eran, literalmente, la artillería pesada. El gobierno comunicaba a la población los valores a través de símbolos; la estética oficial era el rostro del Estado y la población su receptora.
A lo largo del siglo XX esta relación entre Estado y Estética se fue diluyendo hasta el momento actual, en el que las campañas políticas de cara a la elección del presente domingo en Michoacán se rigieron, como desde hace décadas, por las imágenes que “mejor” penetran en la sociedad a través de los medios (electrónicos e impresos) para generar entusiasmo en la población, no interés. Trataré en este texto de las imágenes de las campañas políticas que inundaron el estado en semanas pasadas (de la cuales permanecen las secuelas, como la basura y adheribles en coches y casas) como si se tratara de una exposición instalada en la calle y transmitida por los medios.
Supongamos que pueda existir algo semejante a una “iconografía de las candidaturas”, un universo visual y simbólico, evocativo, del cual echaron mano los partidos y sus candidatos para presentarse a la sociedad a la cual aspiran representar los próximos 4 años. Más allá de la pregunta sobre la Estética del Poder, cabe preguntarse cuál es el despliegue estético de las y los aspirantes al poder.
Las campañas de las candidaturas cumplen con una cuota básica en cuanto a representación visual: el retrato. Con rostros nítidos e iluminados, los aspirantes nos presentan sus pieles claras (aun cuando su tez sea morena) y límpidas; las sonrisas y miradas frontales manifiestan claridad, amabilidad, ligereza, confianza. Sonríen de la manera más dulce en las que les podamos ver durante su tiempo funcional en caso de ganar la elección de sus puestos por conseguir. Carteles, volantes, lonas e impresos en vehículos particulares y transporte público refuerzan a la vista, una y otra vez, estos rostros gentiles que transpiran transparencia e interés social, desde quienes anhelan la gubernatura del estado hasta las diputaciones y presidencias municipales. Estos rostros, ya sin el maquillaje del estudio fotográfico, se descomponen en los años siguientes y la fotografía periodística se encarga de hacérnoslo notar. Esa felicidad afable y cálida cesa cuando acaban las candidaturas, cuando las y los aspirantes ya no necesitan nuestro voto.
El segundo paso, después del retrato, consiste en figurar a la persona candidata rodeada de gente para dotarles de algún carácter ya compartido. Fotografías de Genovevo y Fausto, en primer plano, les exhiben circundados por personas fuera de foco que celebran su presencia, mientras ellos levantan su brazo; el primero indicando una dirección con el índice, el segundo con el puño cerrado y vertical, líder de masas y victorioso. Silvano y Marko, aunque pugnan por diferentes posiciones en el estado, se retratan rodeados de niñas y niños que sonríen jovialmente. La niñez se utiliza aquí para endulzar y suavizar su carácter, para simbolizar la coyuntura de la presente elección con las generaciones futuras, confeccionar imágenes de cándidos candidatos. Estas escenas contrastan dramáticamente con las de niños de 13 años con la playera de Wilfrido Lázaro -o de cualquier otro partido- que trabajan limpiando parabrisas automotrices en semáforos de la avenida La Huerta de Morelia –o cualquier otra avenida michoacana.
Cocoa, Marko y Wilfrido (de nuevo, ambos) se hacen retratar conversando con ciudadanos tanto urbanos como rurales. Los semblantes arrojan a la vista aspectos como interés, preocupación, atención, escucha, establecimiento de vínculos (nótense los brazos que candidatos extienden sobre los hombros de sus votantes). Todos éstos, valores loables; forman parte de la red semántica que indicaría que todas y todos los aspirantes políticos se inclinan por el establecimiento del bienestar social a través del Estado. Sin embargo, no hay que perder de vista que lo que en esas fotografías se manifiesta como contacto directo entre personas más tarde se convertirá en relaciones institucionalizadas y, por tanto, impersonales.
Otro elemento a considerar dentro del despliegue visual de todas estas escenas son los textos que las acompañan, imagen y palabra respaldándose una a otra. Incurriendo en excesos mercadológicos, donde se “venden” imágenes para “comprar” votos, los slogans condensan mensajes cortos y contundentes que van desde “Una mujer de valor” (todas las candidatas del PAN recurren a dicha frase, resultando todas iguales mediante el mismo carácter), “Vamos todos” y “Michoacán merece respeto” hasta “Ahí te Moy” del candidato Moisés o “Marko Cortés tiene tres”. El candidato Chava incluso se convirtió a sí mismo en caricatura sonriente con un pulgar arriba, lo cual no le dota con demasiada seriedad para la función pública.
Este uso tremendo y desesperado de la mercadotecnia refleja, en última instancia, un esfuerzo cuestionable por superar el inmenso descrédito que las figuras de la política mexicana guardan entre la población y la percepción de sus representantes. Sus imágenes les hacen más próximos a los ejercicios de las marcas comerciales, la cultura televisiva y los espectáculos que a la respetabilidad política y el compromiso comunitario.
Así puede afirmarse que la estética ha abandonado la imagen que partidos y candidatos proyectan de sí mismos, los símbolos evocadores de una colectividad son desplazados por los iconos de personalidades que se promueven individualmente, se confunde la representatividad política con la popularidad y la función pública con una “chamba” de prestigio.
La calidad de los pensamientos se manifiesta en las palabras que se usan para darles forma. La cualidad de las propuestas políticas se delata en los símbolos de los que se sirve para comunicarse con sus votantes. Si las palabras y símbolos fallan o se hacen vanos, pensamientos y propuestas se convierten en productos de “dudosa procedencia”. Se torna todo, entonces, en una Política sin Estética.

Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
13 de noviembre 2011

martes, 1 de noviembre de 2011

"Lo que es el Arte, no puede expresarse...

Obras de Olivia Rojo. Exposición Bitácora Visual.

…con palabras hasta que ya pasó ahí.” Fueron palabras de la pintora Olivia Rojo, en entrevista con su servidor tras su visita a Morelia para la inauguración de su exposición “Bitácora Visual” en el Museo de Arte Contemporáneo “Alfredo Zalce” (MACAZ). El pasado mes de agosto, las salas superiores del museo fueron habitadas por sus cuadros, acompañada de un texto de Ady Carrión que describe la manera de hacer pintura de Olivia, situación que ya hemos comentado en artículos anteriores (Letras de Cambio, 21 de agosto, 2011). En aquel momento, Andrea Silva –directora del MACAZ- escribió un texto alusivo a la obra de Rojo en un tono menos descriptivo; ubicaba la propuesta en el contexto de la pintura contemporánea: las referencias visuales, el carácter pictórico, la importancia de los signos, la pintura ejerciéndose en algo que es ajeno a la representación.
Todo esto, y más en los medios –electrónicos e impresos, como esta misma columna-, fue dicho y difundido con motivo de la exposición de Olivia Rojo. ¿Pero qué percepción tiene la autora de los comentarios hechos a su pintura desde la teoría o historia del arte? ¿Qué le provoca las maneras en que se interpretan sus cuadros tanto en la opinión general como en la formal/especializada? “De hecho, a mí siempre se me hace interesante… Los pintores hacemos, no intelectualizamos, aunque hay pintores más intelectuales que otros. Al hacer mi obra no pienso tanto […] Cuando los críticos, los intelectuales, los historiadores del arte ya la analizan me parece interesante, como que te abren nuevas ideas que tú no habías considerado, o más bien no las habías concientizado. El trabajo es un poco inconsciente y cuando alguien lo intelectualiza te concientizas de algunas cosas que me dan pie para ampliar las ideas. Pero sí las tengo que leer con cuidado, porque también soy espectadora de lo que están diciendo, no siento que estén hablando de mí sino que alguien está hablando en general del Arte, y siento que tomando como pretexto mis pinturas para decir sus ideas, las está viendo con otros ojos. Me vuelvo espectadora de mis propios cuadros.”
¿Qué tanto de esas lecturas de su propia obra se incorporan a su trabajo? ¿En qué medida estas palabras de otras personas que le develan aspectos de su misma pintura son tomadas en cuenta para el trabajo por venir? “Podría decir que es una incorporación muy lenta. Realmente lo tomo como un aprendizaje, una toma de conciencia, una retroalimentación para mi bagaje como artista. Pero no tomo esas palabras para continuar con el trabajo inmediatamente. Siento que este proceso se da más a largo plazo.” Porque, según explica, el suyo es un trabajo de lo no-racional; al momento de pintar su obra no está totalmente planeada, en el momento de crear olvida la racionalización que hizo previamente. “Ahí mismo surgen las cosas. Al menos en el trabajo inmediato, no parto de información adquirida, y menos de aquella adquirida recientemente. No creo que se manifieste alguna crítica en la continuación del trabajo.”
No parte de información adquirida, sino de la experiencia de la calle. Los ambientes urbanos son el motivo de sus trabajos, en los que particularmente la figura del transeúnte guarda un sitio preponderante. Su experiencia de lo urbano, como la de millones de mexicanos, sucede todo el tiempo. Trabaja y vive en la ciudad de México, su casa se encuentra cerca del taller donde pinta. Se desenvuelve casi siempre en la misma zona “entonces camino mucho o uso la bicicleta todo el tiempo.” El uso del automóvil se reduce porque en esa ciudad tan grande ya casi no lo permite. Y eligió trabajar sobre la imagen del transeúnte porque “son como mis pares, son como yo, así que cualquier persona se vuelve motivo.” Trabaja tomando fotografías de muchas personas, prácticamente al azar, pero al modificar las imágenes no todas le sirven; al tomar las fotografías no hay discriminación, pero al iniciar el proceso de trabajo plástico comienza a seleccionar y a preferir unas imágenes a otras.
Hay en este ejercicio un reconocimiento propio. Una especie de autorretrato. “Cuando transitamos somos la misma persona. Todos estamos moviéndonos, vamos hacia un sitio; como un limbo donde todos vamos –y sobre todo en una ciudad tan grande como la de México- en un mismo momento todos estamos yendo hacia un lado, como si fuera un espacio de tiempo fuera donde nos reunimos todos pero como en un espacio, un lapso donde ahí estamos pero continuamos cada quien a hacer nuestras vidas, vamos a llegar a algún punto. Es un limbo urbano. Por eso en las pinturas se retrata un momento, ese momento en el que todos estamos medio abstractos, no hay nada concreto sino un tránsito nada más.” Este límbico espacio urbano se encuentra figurado como algo indeterminado en los fondos, las superficies no lisas de color imponen las atmósferas de los sitios donde suceden los signos de su pintura: las serigrafías y encaustos.
“En mis pinturas tal vez no reflejo tanto el tránsito como algo tranquilo, placentero, aunque siento que sí reflejo un poco el silencio, tampoco es tan caótica la imagen (como la ciudad) sino que es un momento de soledad. La calle está llena de gente pero de alguna manera estás solo, estas introyectado en tu transitar; sí ves a los demás pero estás tú solo. Por eso tal vez en los cuadros hay personajes solos, medio aisladas conviviendo con otras formas abstractas, abiertas. No hay mucha interacción entre los individuos, sólo nos vemos pero no interactuamos.”
“Yo llevo de afuera hacia dentro y a mí el trabajo, el proceso pictórico se me ha hecho un proceso y trabajo muy introspectivo, muy individual, siento que utilizo las imágenes que puedan provenir de afuera, de lo urbano, de su transitar; aunque no sé si todo el tiempo van a provenir de ahí.”
“Lo que me interesa mucho es la degradación, la pátina del tiempo y de la intemperie; lo que me gusta de los grafitis eso: esa pátina digamos plástica, de deterioro, de capa sobre capa.” La intemperie es aquello que ejerce algún efecto de desgaste sobre las cosas que están no solamente al descubierto sino también en el tiempo, que también genera un desgaste. “El tiempo que puede estar desgastando las cosas o en el que se está construyendo también, es decir como que no es algo terminado. Eso me interesa de la pintura.”

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio.
Diario Cambio de Michoacán.
30 de octubre 2011