domingo, 17 de julio de 2011

Ángel Pahuamba en Casa Diana

De izquierdea a derecha: Un pequeño pisotón (2011) grabado Solar plate; aspecto del montaje en la Galería Casa Diana, S.M. de Allende; y Todos despertaron (2011) acrílico, aerosol y grafito sobre tela.

Uno de los aspectos más desconocidos o menos observados de las propuestas artísticas de este estado consiste en la presencia de autores michoacanos allende sus fronteras, fuera de los ejercicios culturales de gobierno en cuanto a la promoción del arte actual. Las y los artistas trascienden la escena local y sus propuestas llegan a otras geografías, donde el entusiasmo o la indiferencia del público son apenas dos de las muchas monedas posibles a pagar por la apuesta de procurar dialogar con personas de diversas latitudes.
La Galería Casa Diana, en el centro histórico de San Miguel de Allende, Guanajuato, realizó una recepción modesta y discreta para promocionar las obras que actualmente exhibe en sus espacios: fotografía de Deborah Turbeville, pinturas y ensamblajes de Pedro Friedeberg, obras de Carmen Gutiérrez (que también es la propietaria y directora de la galería) y trabajos de Ángel Pahuamba, grabados y pinturas que se debaten entre lo figurativo y lo abstracto.
Las primeras impresiones ante las obras de Pahuamba las protagoniza el color. Su manejo es intenso y definido, y las formas van apareciendo a la vista según la combinación de tonalidades muy vibrantes. En conversación reciente me confió que desde que se inició en sus estudios de pintura gustaba de trabajar con pocos colores, los básicos: amarillo, rojo, azul, blanco y negro; para poder experimentar y así obtener sus propios colores en todas sus gamas y posibilidades. Pero el origen de su familiaridad con los colores viene de antes: de su origen en la comunidad indígena de Cherán. “No lo digo yo, lo hemos platicado con algunos maestros de esta tradición de cómo tu entorno te formas en tu entorno, eso a final de cuentas te va a marcar para toda la vida. Inconscientemente vas a utilizar patrones o esto de las cuestiones del color, por ejemplo en mi caso, yo desde que estaba chavo me llamaba mucho la atención los hilos, los colores con los que mi mamá bordaba las blusas, los huanengos, y siempre que podía me robaba unos trocitos de hilo para hacer mis juguetes.“
Otra fuente de color en la formación de Pahuamba proviene de los globos de cantoya. En Cherán y otros pueblos de la región p’hurépecha existe una tradición añeja de elaboración de estos globos, construidos con pliegos de papel de china y elevados con aire caliente emitido por preparaciones con parafina para la mecha. “Mi abuelo tiene algo que me contó, dice él que más bien… no sé si es porque se da a la par de las fechas del periodo de lluvias, de que la mata ya va creciendo, el maíz está creciendo; él lo veía pues como un agradecimiento. Porque en estas fechas tú vas y en muchas comunidades hay unos 10 o 15 globos diarios. Y cuando se hacen por ejemplo los concursos o algunas fiestas […] llenan de color el cielo como una forma de agradecer ¿no? De la alegría, pues, que es recibir el agua para que las plantas puedan crecer, para que todo se pueda desarrollar para que haya más vida. Más bien él lo veía en ese sentido. Llenar de colores el cielo en un agradecimiento de que hubiera lluvias.”
Este sentido comunitario de una “práctica cromática” se filtra en las obras de Pahuamba. El color es una forma de ser, de hacer; define el temperamento del artista como persona en la medida en que demuestra cuáles herramientas elige para trabajar, qué hay por hacer, qué hay por mostrar. Su pintura es una muestra de las posibilidades que existen para dar un tratamiento plástico contemporáneo a elementos culturales comunitarios y personales. Anteriormente su pintura incluía un fuerte trabajo de dibujo anatómico, principalmente masculino, rodeado de elementos abstractos o esquemáticos que representaban el dolor, la confusión, el vértigo y otras situaciones de un ánimo atribulado.
En la obra expuesta en Casa Diana el carácter es totalmente distinto, pero prevalece la intención de hacer convivir dos formas de representación que usualmente se piensan como separadas y mutuamente excluyentes: la figuración y la abstracción. “Ese es el mayor cuestionamiento que siempre he tenido: ¿cómo dejar una de lado si las dos pueden…? Bueno, cuando menos yo trato de fusionar o de mezclar las dos en una sola obra […] Las dos me gustan mucho; me gusta mucho el dibujo por ejemplo, la línea, pero también me gusta mucho la fuerza del color y del trazo. Mezclar algo que tenga armonía, que se vea bien o que la línea caiga muy limpia.” Las pinturas Rojo, Paseo dominical, Abstraída y Deseada, obras de 2009 y 2010, presentan desnudos femeninos en los que las cabelleras se forman de grecas, líneas curvas de color, rayas y círculos, letras y números de vinil adheridos a la tela. Si la cabeza es el receptáculo de los pensamientos, los cabellos dan continuidad a las ideas, dejando la impresión que en estos cuadros queda clara la imagen de las mujeres, pero su pensamiento permanece en el misterio que produce fascinación.
Días antes de la exhibición, terminó tres cuadros recientes. Se trata de los cuadros más abstractos de toda la muestra. Con la cara cubierta, Todos despertaron y No pasarás por esta puerta. Su temática responde al actual conflicto en Cherán por la defensa de los bosques contra talamontes clandestinos protegidos por el narcotráfico y la complicidad del gobierno -que es un secreto a voces-, defensa que ya ha cobrado varias vidas y que ha cambiado la cotidianidad de todo el pueblo. Pahuamba comenta que estas pinturas tienen que ver “con esta sensación de cuando tú estás en la barricada, cómo lo vives, cómo sí te pones en esta rutina de seguridad, de querer realmente la seguridad para contigo y para con tu pueblo, para con tu hermano o para quien esté al lado tuyo, para con tu semejante, pues. Y cómo el valor llega, cómo te descubres cuando de repente dices: ah chihuahua, sí está cabrón. Y te da miedo ¿no?, pero cuando ya estás ahí… cómo llega esta valentía, cómo se hace fuerte con todos, cómo ese valor cuando lo platicas va acrecentándose.” Aún en la abstracción se vislumbran rasgos de esta situación. Todos despertaron sugiere en sus formas inferiores los restos de árboles talados con sierra de forma horizontal, un cuerpo vertical contiene la textura inconfundible de la corteza vegetal. Estos mensajes están cifrados por la mediación que la emotividad del autor produce en la imagen, pero la referencia está ahí: la abstracción no neutraliza el mensaje, se mata al medio ambiente y hay quien todavía no entiende la urgencia de actuar por revertir esta influencia. Pero el pueblo se levantó, despertaron para defender lo propio.

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio.
Diario Cambio de Michoacán.
17 de julio 2011

domingo, 3 de julio de 2011

Tomás Montero, fotorreportero


La fotografía es una práctica pero a la vez es un objeto. Tiene ese carácter dual que le caracteriza como acción y concreción: es adjetivo y sustantivo en sus diferentes formas de existencia como elemento cultural. Sobre la fotografía se soporta la memoria –privada y/o colectiva- en la medida en que la mirada presencial de una persona se postra frente a una vista y la capta dado un interés o la oportunidad. Y es esta condición de recuerdo objetivado, de vestigio testimonial la que le da un carácter cultural cuando presenta a nuestros ojos una serie de eventos comunes a todas y todos nosotros.
Una fotografía no hace memoria, así como una golondrina no hace primavera. A cada imagen ha de relacionársele con el resto del mundo al cual pertenece; hay que interpretarle, reconstruirle con el mismo escrutinio con que fue configurada una imagen con el afán de comprender la historia que heredamos y que no volverá a suceder, aunque sus efectos tengan una continuidad en nuestro presente.
A vuelo de cámara es una exposición formada con fotografías del fotorreportero Tomás Montero Torres (Morelia 1913 – Ciudad de México 1969) a partir del rescate, conservación y estudio que de sus negativos y documentos ha llevado a cabo el Archivo Tomás Montero, proyecto impulsado por sus nietas y que han sabido llevarlo a cabo mediante mucho trabajo, programas de Coinversión y el apoyo de académicas y profesionistas de la UNAM, ciudad de México. Tomás Montero fue un moreliano que probó suerte en la capital del país, primero como dibujante, hasta comenzar en 1941 su trabajo dentro del incipiente mundo del fotorreportaje. Se mantendría activo hasta el último día de su vida en 1969. En México pasó de todo todos esos años, y el fotógrafo produjo un aproximado de 83 mil negativos de los cuales se extraen las obras expuestas en las galerías del Centro Cultural Clavijero hasta el mes de septiembre.
Las primeras imágenes en sala, después de su retrato, tienen un carácter político no precisamente por su visión de funcionarios y actos públicos, sino por dar imagen a la misma práctica del fotoperiodismo en los años cuarenta: riesgos físicos, atraso técnico, nula capacitación y bajos sueldos. Fotógrafos trepados en herrerías de balcones o a ras de suelo captando autos alegóricos, también eran amenazados o golpeados en ocasiones durante su trabajo, y los medios para los cuales trabajaban eran sometidos a censura por el gobierno mediante el control del papel para sus publicaciones. Dar imagen a las condiciones de un gremio de trabajadores en una sociedad es un acto político pues manifiesta su voluntad por hacerse escuchar dentro del gran coro de las colectividades.
Sus retratos de personalidades son todos notables por su factura. Entre ellos se encuentran Francisco Gabilondo Soler “Cri-Cri” sentado al piano, Mario Moreno “Cantinflas” al teléfono en actitud muy natural. Meditabundo, el compositor moreliano Miguel Bernal Jiménez aparece con un fondo de hojas pautadas en blanco, representando muy bien la estrategia de la fotografía construida para la caracterización de un personaje respecto a su actividad fundamental: música por crear, notaciones orquestales por escribir. Una obra particularmente especial es la vista del Volcán Paricutín con la fumarola corriendo por el cielo y el envejecido pero imponente Gerardo Murillo (Dr. Atl), antecesor de los muralistas mexicanos con su pipa y cámara al cuello en primer plano. Murillo pasaría un año en los alrededores del volcán activo para estudiarlo no sólo como pintor –realizó 56 pinturas de mediano y gran formato sobre el Paricutín en los años cuarenta, dos de ellos en el acervo del Centro Cultural Clavijero- sino como vulcanólogo. A la larga, los gases tóxicos del cráter provocarían complicaciones en una de sus piernas que consecuentemente tuvo que ser amputada.
En un apartado destinado a los Desastres, inundaciones y terremotos fueron motivo de reportajes comisionados a Montero. El Ángel de la Independencia cayó de su columna en un terremoto en 1957, hecho retratado por el fotógrafo y que incluso motivó a Chava Flores a perpetuar un chiste al respecto como preludio a su canción “No es justu”. La cabeza dañada de la escultura se conserva en exhibición en la entrada del edificio que hoy funciona como sede de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México. Respecto a las inundaciones, hay imágenes que presentan a los habitantes de la capital y Salamanca caminando sobre los arroyos de las calles pues las banquetas quedaban bajo el agua por los meteoros; satíricamente un letrero en un poste prohíbe a los ciudadanos pescar en la calle.
En las vitrinas se exhiben hojas mecanografiadas por el mismo Tomás Montero, acompañadas por el encabezado “Diario de un fotógrafo de prensa”. En una de ellas se da cuenta de una entrevista en 1952 con el mismísimo José Vasconcelos a cargo de Salvador Ferret con fotografía de Montero. El señor Tomás narra la rabieta de Vasconcelos respecto al cuestionario que Ferret le entregó como guía para la entrevista. “¡Usted que se ha imaginado […] que voy a escribirle su revista… ¡No señor! Si quiere saber cómo pienso ahí están mis libros… ¡léalos y después venga a entrevistarme y tome las fotos que guste! ¡Cómo se le ocurre presentarme un cuestionario cuya sola primera pregunta para contestársela podría llenar varios volúmenes! ¡La Filosofía en México! No hay Filosofía en México…” El mecenas de la vanguardia mexicana a principios del siglo XX, estudioso de las culturas indostánicas, el Ulises Criollo, impulsor de la cultura mexicana como una Universal, Raza Cósmica, en la agrura del mal temperamento y negando la existencia de la filosofía mexicana. En no pocas ocasiones la intimidad de las personalidades públicas se hace visible para quienes trabajan en la conversión de lo privado hacia lo público.
La sección de Política es amplia y presenta varias vertientes. En un acto museográfico oportuno, la muestra expone una imagen de urnas electorales para elecciones presidenciales en 1946 junto con la fotografía construida que su protagonista, Jesús Martínez “Palillo”, muestra como un acto deleznable: un hombre con traje y pistola apunta al elector mientras éste deposita su boleta en un recipiente con la leyenda “Hurna, Bote usted aquí”. Este tipo de sátiras le provocarían a “Palillo” su traslado a la cárcel n varias ocasiones.
Vicente Lombardo Toledano fue un político polifacético que aparece retratado en 1946. Siendo diputado federal, protestó cuando se incluyó con letras de oro el nombre de Venustiano Carranza al mismo tiempo que el de Emiliano Zapata en el muro de la Cámara Legislativa. Víctima y victimario eran elevados al unísono en el panteón mítico de la nación mexicana postrevolucionaria, dando pie a una más de las varias contradicciones de las que adolece la historia oficial de México. Su mirada es la de un hombre que vio a los movimientos políticos de medio siglo, que él mismo contribuyó a construir con la Confederación de Trabajadores de México (CTM), cayendo en la vorágine de la corrupción.

Publicado en el suplemento Letras de Cambio.
Diario Cambio de Michoacán.
3 de julio 2011