domingo, 15 de agosto de 2010

Dos árboles de Camarena y Mexiac


Detalle del mural Presencia de América Latina (1965) de Jorge González Camarena; y detalle de Las Montañas de Michoacán (2002), mural de Adolfo Mexiac.

Una planta es una criatura en la que diversos elementos se unen: el clima, la temperatura, humedad, iluminación. Dependiendo de la tierra, crecerá la planta. Y de una buena planta, crecen buenos frutos, se dice. Como objeto concreto y como metáfora, las plantas alimentan nuestros cuerpos e imaginarios. Se asemejan a las personas más que lo que parece, y como figura retórica encarnan un símil ejemplar de la historia cultural. Ello explica en parte que el mundo vegetal haya sido incluido en el complejo iconográfico del muralismo mexicano, no sólo como motivo de representación, sino como estrategia discursiva.
En el Antiguo Colegio de San Francisco Javier –hoy Centro Cultural Clavijero- de Morelia, un mural habita cubo y cúpula de las escaleras principales, obra de Adolfo Mexiac y colaboradores (como los pintores Florentino Ibarra, Marco A. López Prado y Santiago Bucio, Patricia Salas). Las Montañas de Michoacán (2002) es un título metafórico que, en palabras de su autor, “trata de sintetizar a los personajes y hombres prominentes que han dejado huella indeleble en la entidad, o que son originarios del Estado.” En el muro oriente –extremo izquierdo- Mexiac pintó “el árbol michoacano”, metáfora botánica que muestra una copa arbórea habitada por rostros con nombre y biografía. Diecisiete personas entre artistas, poetas, académicos e investigadores, filósofos. Como medio de representación, eligió la esquematización –muy cercana a la caricatura: unas pocas líneas dibujan cada imagen formada de dos o tres colores.
El tronco, distinguiéndose del fondo por contraste, envuelve en su base cuerpos geométricos e irregulares. El elemento más significativo de este subsuelo lo encarna un cadáver: un esquema de cráneo nos mira, el cuerpo horizontal, cuyo torso se halla debajo del árbol mientras sus pies yacen en el muro contiguo. Vasco de Quiroga arroja semillas a la tierra, del cual brotan plántulas, justo por encima de los pies del cuerpo. La línea argumental de esta sección consiste en asumir que Quiroga, un español, siembra en la tierra michoacana, la cual se nutre del pasado prehispánico y hace florecer la cultura moderna. En esta secuencia, la presencia española pervive, la cultura indígena es sometida y enterrada, la cual vive sólo mediante transformación.
Esta metáfora botánica, donde elementos culturales se definen de acuerdo a su posición, existe en otro referente mural, más lejano de nuestro estado. Presencia de América Latina (1965) es una pintura ubicada en la Casa del Arte de la Universidad de Concepción (Chile). Fue pintado por el jalisciense Jorge González Camarena (1908-1980) con la colaboración de los pintores mexicanos Manuel Guillén, Salvador Almaraz y Javier Arévalo, y los chilenos Albino Echeverría y Eugenio Brito; estos últimos capacitados en México durante siete meses en la técnica del acrílico por el mismo González.
El eje rector de este mural es la raza. A decir de Jorge Montoya, profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile, se trata de “un homenaje a las raíces ancestrales y al destino espiritual de América Latina, sumergida en sí misma en su terrenal abundancia. El pintor describe así la sección que nos interesa: “El muro del extremo izquierdo tuvo para mí un destino cifrado, jugando con dos símbolos botánicos igualmente genuinos: el nopal, planta representativa de México y el copihue, la flor nacional de Chile. Quise presentarlos entrelazados y aprisionando con sus raíces los esqueletos de nuestros antepasados que los nutren y los hacen florecer.” La referencia al nopal proviene del mito fundador de los aztlanes, que fundarían la ciudad de Tenochtitlán donde advirtieran un águila sobre la planta señalada. Devorados por la serpiente, los frutos del nopal eran símbolo de los corazones entregados al sacrificio para el águila solar. La historia del copihue, en cambio, proviene de un mito araucano que cuenta el asesinato del más bello e inocente hijo de los primeros padres, a manos de su hermano mayor, lleno de envidia y odio. Una mata de copihue blanco, que cubría el sueño del niño antes de morir, bebió su sangre y adquirió su color.
De acuerdo con Montoya, este relato encierra un tributo a la bondad y la inocencia. También explica: “El nopal y el copihue, preciosos símbolos botánicos en su radiante floración, entrelazados entierran sus raíces, que parecen serpientes, para abrazar los huesos de los muertos, que nos sostienen desde el origen de nuestro pasado: el de la nueva humanidad surgida desde la conquista. Ahí están los huesos del guerrero español, los de la nativa que usa la máscara de la muerte y los de su descendiente. Son ellos el llamamiento más veraz de nuestra cultura. Los que, habitando la morada de los desaparecidos […] hacen posible la luz, el cielo y la vida de esta humanidad latinoamericana.”
Esta reunión subterránea entre el hombre y la mujer de diferentes culturas, nutriendo junto con su vástago “la unión latinoamericana”, tiene su origen en una idea expresada por Camarena: “Quise mostrar la presencia de un conquistador y de una mujer indígena, como pareja originaria del nuevo mundo que habría de comenzar a partir de ellos. Propuse así, con esto, una variante latinoamericana del viejo mito de Adán y Eva.”
El alcance de las metáforas es distinto en ambos casos (Mexiac propone lo estatal, Camarena lo latinoamericano), los frutos muestran sus diferencias (el primero denota personalidades; el segundo, valores: la raza, la integración latinoamericana), el pasado se construye distintamente: en uno el pasado hispánico sobrevive al indígena y lo alimenta sobre el terreno; en otro “lo español” muere junto con lo indígena para florecer en una nueva raza, nutriendo la historia con su propio cuerpo.

Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
15 de agosto 2010

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