domingo, 10 de mayo de 2009

Mirada sobre la muerte y la tradición en Arturo Rivera


Arriba, Cristo muerto (1521) de Hans Holbein el Joven; y Ejercicio de la buena muerte (1999) de Arturo Rivera.


Al observar las reacciones del público ante las pinturas reunidas para la exposición “Sombra Mirada” presente en el Centro Cultural Clavijero, se advierte que hay tanto entusiasmo como escalofríos en la espina dorsal de quienes miran y admiran la “belleza de matices descarnados” de la obra de este pintor mexicano que, distinguiéndose de otros artistas, ha elegido el camino más álgido y abigarrado hacia la expresión de la belleza: su justo contrario, el opuesto contrastante, lo siniestro.

Mucho se ha escrito acerca de la inclinación de Rivera (que nada tiene que ver con el Diego muralista) hacia la representación de realidades sombrías, imágenes de dolor ausencia, locura y muerte. No nos detendremos en ello, salvo para resaltar que aún a pesar de lo escrito, Rivera afirma que lo que busca reivindicar en su pintura es la vida.

Centrándonos en las obras y no en lo que de confuso pueden ofrecer a la emotividad de quienes observamos, llama la atención la manera cómo Arturo Rivera asimila para sí mismo la tradición de la historia de la pintura. En los cuadros que comprenden la parte media de la sala destacan referencias hacia obras de otro tiempo que, se sabe, Rivera ha estudiado con detenimiento.

Ejercicios de la buena muerte (1999) responde a uno de esos episodios de los cuales el propio pintor refiere: “cuando la muerte viene a mi vida es para hacerme revivir.” Se trata de un homenaje a su operación de corazón abierto, en la que se le sustituyó la válvula aórtica por una mecánica. Desplegando su habilidad técnica, que no es poca en el manejo del óleo, dispone su cuerpo inerte sobre una mesa de quirófano. De un hombro emerge una hoz, cual si la muerte buscara una salida a través del corte que realiza en su pecho, iluminado por una lámpara de pantalla roja que contrasta con la pálida coloración del rostro sereno y ausente del retratado. Aparte de las tres figuras que le acompañan en la imagen, la disposición de la anatomía aquí referida guarda una correspondencia innegable con El cuerpo de Cristo muerto en la tumba (1521) de Hans Holbein el Joven, pintor alemán del siglo XVI caracterizado por pertenecer a una tendencia entre algunos pintores renacentistas de representar temas religiosos muy por fuera de la “gloria”.

Esta manera de abordar su propia vida a través de la pintura, entablando relaciones plásticas con los artistas antiguos que Rivera mismo refiere como sus “maestros”, adquiere relevancia cuando manifiesta su concepción del oficio del pintor. “Los pintores pertenecen a una raza muy especial, por eso trato de no juntarme con ellos. En primera, no puede haber un diálogo o una discrepancia en torno de la cual hablar, como sucede entre los escritores. Aquí es a madrazo limpio y a cuchilladas.” La discusión debe ser pictórica, y el interlocutor no precisa estar presente, y esto nos da la clave para la serie La muerte del conejo de Durero, presente en la muestra con las piezas Sacrificio I, Sacrificio II, El ojo y Los sagrados alimentos.

El conejo de Alberto Durero (1471-1528) es una acuarela que en su tiempo sorprendió mucho por lo verosímil de la representación del pelaje del animal. Sabemos que Durero fue conocido por lo insuperable de su capacidad técnica para el realismo. Arturo Rivera, que es reconocido de manera semejante en la actualidad, retoma el motivo del conejo y quiebra lo amable y fino de aquella acuarela desollando a la criatura e inmolándola a través de cuerdas que suspenden su delgado cuerpo frente a un fondo liso, o depositando su cabeza ensangrentada en un plato límpido de fondo blanco con decoración azulada.

Este mismo tema aparece en el cuadro de mayor formato de la muestra y que precede en tiempo a los anteriores: La última cena (1994), trilladísimo tema religioso en la historia del arte, donde Rivera se propuso realizar algo meritorio estéticamente, una pieza maestra. Divide el cuadro en dos niveles, el inferior del plano terrenal (donde la figura del Cristo es su autorretrato) y el superior para el plano divino, donde el sacrificio tiene un sentido inmediato, ya no en la figura de un cordero, sino de un conejo. Ello recuerda también al Entierro del Conde de Orgaz (1586) de El Greco, pintor de origen griego asentado en España durante el siglo XVI.

Además de los temas religiosos, es notable la recurrencia de los temas mitológicos en obras como Hefesto y Afrodita, El luto de Demeter y Hades y Perséfone (óleo en el que el pintor aparece de nuevo) donde arroja una representación contemporánea sobre los vericuetos del antiguo panteón griego. Del 2008 encontramos cuadros menos accesibles y asimilables por su carácter simbólico: Construcción, Horizonte y El atleta. Esta línea fronteriza en la muestra nos da paso a lo que se propone en la curaduría como el origen de todo lo visto en el recorrido: la serie La historia del ojo, obras de dibujo y acuarela de cuando Rivera aún no se volcaba al lenguaje plástico del óleo ni el temple. El tema principal de todo este conjunto es la mirada como instrospección, como nacimiento, como ocultamiento, como acto del corazón. Una pieza clave en este punto es El veedor, que manifiesta un concepto acuñado por Rivera y que se comprende como aquella persona que al mirar profundiza, desentraña, genera y expresa ideas, discursos reflexivos. Esta manera de ver se concibe como un don, como acto no sólo de los ojos sino también del entendimiento. El veedor no precisa explicaciones de las imágenes, genera su propia comprensión en el mismo ejercicio de la mirada. Se trata del espectador ideal, según Rivera, para sus cuadros.

Lo anterior lleva a este pintor a la afirmación de que son pocos quienes tienen dicho don (innato), y quienes no lo tienen no ven, y ya, que se dediquen a otra cosa. Idea que encierra un elitismo biológico y una pedantería discriminatoria, de la cual nos permitimos disentir, pues si mirar es una habilidad, ésta puede desarrollarse en quien se interese por entender con los ojos.


Publicado en el suplemento Letras de Cambio.

Diario Cambio de Michoacán.

10 de mayo de 2009

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