domingo, 22 de mayo de 2011

Reflejos y Caricaturas

Detalles de caricaturas exhibidas en el Centro Cultural Clavijero.
Mirar el propio reflejo y no reconocerse es una experiencia complicada. Un espejo nos ofrece la faceta más inmediata a través de la mirada: la propia imagen, que nos es generalmente exterior a sensaciones y afectos. Saber cómo se llora, ríe o siente, desde un punto de vista ajeno al propio, requiere ese algo –o alguien- que dará a nuestros sentidos una señal de nosotros mismos. Un espejo refleja ópticamente. Pero las obras y palabras de las personas lo hacen simbólicamente.
La Revolución Mexicana en el Espejo de la Caricatura Estadounidense es una exposición que nace a partir de una investigación de Juan Manuel Aurrecoechea apoyada por la beca Guggenheim; conjunta caricaturas publicadas entre 1892 y 1928 en medios impresos del país vecino para dar una visión del retrato que los dibujantes de prensa hicieron de la colectividad problemática representada por la Revolución Mexicana. Estas imágenes “no sólo pretendían describir o comentar lo que sucedía al sur de su frontera; expresaban los diversos y muy poderosos intereses norteamericanos en México afectados por la Revolución. Como toda caricatura opinaban, buscaban influir, intervenir en los acontecimientos, darles ciertas directrices”. En pocas palabras, formar opinión pública.
Normalmente la caricatura tiene dos grandes vertientes: una dramática, menos caricatura y más realista, dibujística, con grados de grises y matices; y otra esquemática, también llamada cartoon, noción más cercana a los moneros de la prensa actual, definida principalmente por la línea y el contraste del negro sobre blanco, sin matices y principalmente humorística. Pero ambas vertientes apelan siempre a la emotividad durante la lectura. Aurrecoechea comenta: “si un chiste nos hizo reír ya nos ganó. Independientemente si estás de acuerdo o no ideológicamente con lo que está comentando. Si nos parece chistoso, ya entró el mensaje; y mientras uno está más críticamente descuidado o protegido ante los mensajes de la caricatura, más se es vulnerable ante los que nos dice.”
Desde el Porfirio Díaz hasta la muerte de Álvaro Obregón, las reproducciones de prensa se van presentando cronológicamente durante todo el periodo revolucionario. México es representado como un bebé iracundo e irracional, bigotón y ensombrerado, con ropón, espada y pistola. El presidente de Taft, vestido de mucama, le entrega este infante salvaje al presidente Wilson, sucesor inmediato del primero mientras dice: “¿Me sostiene a este bebé? Vuelvo en un minuto.” Esta visión del “problema mexicano” involucra que EU lo consideraba su problema, no sólo por la contigüidad geográfica sino por su ya larga presencia en nuestro país y los intereses al interior. Durante el gobierno de Porfirio Díaz, una cuarta parte del territorio mexicano era propiedad de inversionistas norteamericanos, y para 1910 la mitad de las inversiones extranjeras de los EU estaban en México. Aquí hay que entrever motivos por los cuales la postura norteamericana fue opositora del reparto agrario que motivaba a ciertas facciones de la Revolución. Y esto se percibe igualmente en las caricaturas.
El constante batallar entre fuerzas federales y revolucionarias, al igual que la pugna constante entre caudillos, con los sucesivos asesinatos de los mismos, se proyectó en la prensa como la pelea callejera de dos sujetos empequeñecidos, primitivos e ingobernables; también como la lucha entre dos gatos monteses, como un perro ensombrerado y rabioso; como un muchacho de barrio que involucra a toda la comunidad internacional con pedradas y chipotes. Los caudillos, como Carranza, se caracterizan como trepadores de árboles que impiden anidar a la paloma de la paz por sus motivos egoístas –léase, su nacionalismo y oposición a la intervención extranjera.
La exposición tiene un carácter muy masculino en varios aspectos. El material expuesto concentra el trabajo gráfico de 36 caricaturistas varones, la historia que presentan se concentra en los caudillos, funcionarios y empresarios; los arquetipos de naciones son varones también (Tío Sam para EU, John Bull para Inglaterra, un charro insurrecto para México). Y por otra parte, el belicismo en el imaginario norteamericano se presenta usualmente como algo muy romántico y heroico, bonito; la guerra es noble, honorable, patriótica. La guerra desde esta visión norteamericana construye hombres; les educa en la guerra, se forjan en el ejército, la disciplina se construye militarmente. Forma parte de su masculinidad.
El recorrido por la muestra puede ser tanto risible como amarga. Cada imagen confronta con una secuencia cronológica de imágenes impregnadas de racismo e inclemencia, dominada por ideas políticas, intereses económicos y aires de grandeza, responsabilidad moral por exportar la civilización. Una actitud ácida y fanfarrona, que logra tocar afectividades en el público que deja un mensaje con tiza en el muro final de la sala, sobre el cual se puede escribir y dibujar. Desde vulgaridades iracundas, expresiones indignadas hasta referencias sexuales, llamados a la conciencia y mensajes alusivos al zapatismo, e incluso caricaturas de gran formato; estas son las huellas que los visitantes dejan tras su paso por la historia mexicana contada por la caricatura estadounidense.
“¿Qué huella queda de estas imágenes 100 años después de dibujadas?, ¿qué tanto las hemos incorporado a nuestra mirada sobre nosotros mismos?, ¿qué tanto nos reflejan?” Son preguntas en la introducción a la muestra que, en buena parte, confrontan la proclividad a denostar la cultura mexicana a favor de otros países. Varios de estos mensajes sí están incorporados en buena parte del sentido común en México, alterando la visión que tenemos de nuestra cultura cuando la vemos en el espejo. Hay que mirar bien nuestro reflejo, pero también podemos aprender a reconocernos más allá del mismo.

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio.
Diario Cambio de Michoacán.
22 de mayo 2011

miércoles, 18 de mayo de 2011

Pintura, facturas y pretextos de Janitzio Rangel.


Alejandría roja (2010), Homenaje a Katsushika Hokusai (2011) y Gran Ventilador (2011); obras de Janitzio Rangel en la Galería Pórtico.

Es común toparse con la noción de que el arte es un lenguaje, un medio de comunicación abierto, basado en un soporte material configurado como signo (la obra artística) que puede ser interpretado libremente por el público receptor de acuerdo a la situación en que dicho signo se presenta. Sin embargo, también es frecuente que los artistas decantan intereses y experiencias personales en las obras, las cuales no son legibles al primer contacto con éstas. La interpretación del público, por tanto, puede diferir de las intenciones primigenias del artista en cuanto que no comparten dichas experiencias individuales que dieron lugar a la imagen, situación que no demerita en momento alguno la perspectiva del productor o del receptor.
Desde el 9 de abril pasado, y hasta el próximo 20 de mayo, se exhibe en la Galería Pórtico (Aquiles Serdán #744, Centro, Morelia) una pequeña pero significativa muestra sin título de Janitzio Rangel, pintor michoacano radicado en la ciudad de México. En sus palabras, este es el primer trabajo serio, direccionado, desde que inició una mudanza en sus maneras de hacer dentro de la pintura, marcadas por una intención matérica y visceral, más allá de las representaciones figurativas o realistas de la imagen pictórica.
Habiendo encontrado una opción personal de trabajo con materiales e ideas, nada resulta sencillo “cuando intentas cambiar en este negocio, porque ya construiste nichos, encontraste lugares para vender y para tener tu trabajo montado, puede ser muy cómodo; puedes seguir la fórmula de toda la vida y a lo mejor te puede resultar. Pero no tengo ese espíritu.”
La muestra representa, en la trayectoria del autor, un punto de quiebre en la manera de proceder; de un ambiente matérico y abstracto, muda a otro más gráfico y pictórico. Dos cuadros en la galería representan el primero de estos dos momentos: Biblioteca blanca y Alejandría roja (2010), para los cuales utilizó cortes horizontales de libros viejos para colocarlos sobre el bastidor a manera de amontonamiento bibliográfico, dotándoles de color y sentido. El segundo cuadro ya ha sido exhibido en el marco de una exposición conmemorativa del Centenario y Bicentenario pasados; preparado para aquella muestra en el Centro Cultural Clavijero, Alejandría roja guardaba el sentido de la acumulación del conocimiento, el conocimiento perdido, además, manchado de sangre. El tono es trágico; la historia, de cierta forma, es el recuento documental de carnicerías y batallas.
A Rangel no le interesan los discursos en el arte, evita darle lecciones a la gente a través de sus cuadros. No pinta ideas o conceptos preestablecidos, sino los intereses que va adquiriendo con el tiempo. “A veces creo que la gente se mete en demasiados vericuetos, y es simple. El asunto con el arte visual es simple, más de lo que la gente se cree. A veces me preguntan qué leí… yo no leí a nadie. Estaba viendo una película y se me ocurrió, lo pensé y me gustó; es tan válido como si hubiera leído veinte libros para justificar una obra. A veces les decía, en mi otra etapa, lo único que yo ando buscando son pretextos para pintar. Cuando me encuentro uno me parece perfecto y ya; lo pinto.”
“Pero hay cosas innegables, irremplazables, que son las facturas: la manera en que están hechas las cosas. Puedes estar de acuerdo o no, pero yo creo que gran parte de lo que pasa para definir un artista tiene que ver con la manera en que están hechas las cosas. Porque hay una cosa que no me gusta del arte conceptual, que son la falta de rigor, la falta de factura que hace a veces una instalación un montón de basura acumulada.” Lo mismo aplica para quienes pintan sin reparar en la calidad o permanencia de los materiales que utilizan. Pasan pocos años y sus obras se desintegran.
La obra, desde esta perspectiva, no requiere de abundantes justificaciones para hacerla válida. Demasiadas explicaciones distraen del objetivo principal, que es ejercer un lenguaje pictórico, que se respalda con la forma en la que la pintura se hace. “En un esquema básico del lenguaje, justificar un lenguaje con otro me parece una tontería. Un lenguaje por sí mismo debería de sustentarse. Tratar de justificar un lenguaje pictórico, visual, con el lenguaje escrito es una tontería. Lo creo de alguien que analiza la obra, que no le pertenece, que la ve con otros ojos.”
Aun cuando no le interesa construir discursos con su trabajo, sabe reconocerlos en la historia del arte como movimientos y tendencias, con los cuales comparte ciertos rasgos. “No me gusta la obviedad. La obviedad se me hace un recurso fácil, inmediato, impactante visualmente, puede ser. A mí eso no me gusta. El art nouveau es muy sugerente, muy simbólico. De hecho comparte con el Simbolismo que también es muy sensual y muy romántico. El art nouveau comparte dos épocas, dos movimientos en la misma cosa; comparte con el Simbolismo y con el Romanticismo, en la historia del arte, y tienen más o menos los mismos fines: la vida y la muerte, la nostalgia, el amor puro, parábolas visuales… la mitología que comparten, las historias antiguas de amor y desamor.”
Estos fines aparecen en las obras últimas de Rangel, las cuales aparecen en esta exposición como adelanto de otra más grande que presentará en octubre de este año. Homenaje a Katsushika Hokusai (2011) es un cuadro basado en elementos presentes en la cultura visual de oriente a través de una bañera roja con patas labradas, una ola que sale de ésta –una cita pictórica a la estampa de Hokusai (pintor y grabador japonés, 1760-1849) sobre el mismo tema marino-, un pulpo y una gráfica erótica japonesa –conocida como shunga. Aquí intervienen historias personales y anecdóticas del pintor en cada elemento del cuadro, lo cual explica la aparición de cada uno; pero la intención erótica de la imagen es visible no sólo por la sexualidad de la gráfica adherida a la superficie, sino por el mismo concepto de la ola en la bañera por los efectos de lo que puede hacerse dentro de ésta.
Gran ventilador (2011) muestra la resistencia de un hogar frente a los vientos adversos que le exhiben como un objeto frágil pero resistente ante la voluntad de conservarlo. Mezcla de pintura, dibujo con grafito e integraciones de madera para la figurar la casa, la imagen refiere a la emoción que atraviesa al autor respecto a su propio hogar: adquirir, conservar, restaurar y disfrutar familiarmente una casa antigua es un sueño que poco a poco se construye, pero que también se enfrenta con dificultades materiales y afectivas. Aquí la pintura refleja una realidad presente en aquellas personas que yerguen su hogar y pretenden conservarlo. Por tanto, hay que reconocer que, por muy personal que sea el motivo de la pintura, se trata de una emoción socialmente compartida.

Publicado en el suplemento Letras de Cambio.
Diario Cambio de Michoacán.
15 de mayo 2011

domingo, 8 de mayo de 2011

Akhmadeeva. Patria es la migración al azar.


De izquierda a derecha, 3-5-14-23 (Híbrido) (2009), Sin título (2002) y Paisaje Lunar (2007); obras de Ioulia Akhmadeeva en la muestra Migración del alma.

Nacer en nuestro lugar de origen es circunstancial. Las personas no elegimos dónde y desde quiénes venimos, qué nos precede y en qué situación surgimos. Mucho de lo que sucede en los primeros años de infancia consiste en la continuidad de esos hechos sobre los cuales, como indefensas e inermes criaturas neonatas que todos fuimos, nunca tuvimos control o capacidad de decisión. Sin embargo, lo que sí cabe en nosotros es determinar, con mayor o menor claridad, hacia dónde nos dirigimos con el paso de los años y las experiencias. Si la “Patria es la migración al azar”, como decía el poeta brasileño Mário de Andrade, migrar lejos de la patria representa una oposición a ese azar: se trata de determinar la propia vida más allá de las circunstancias que nos introdujeron al mundo.
Pero transitando hacia el futuro, desde nuestro presente, queda siempre pendiente qué hacer con esa sustancia innegable y determinante que es el pasado en forma de memoria, recuerdo, huella, impresión.
El 7 de abril del presente año concluyó la exposición individual Migración del alma de Ioulia Akhmadeeva, la cual se encontraba en la Galería Pórtico, dentro del hotel homónimo ubicado en el centro histórico de Morelia. La introducción a la muestra, elaborada por la expositora, iniciaba así: “Familia, procedencia, migraciones con sus caminos del destino, lazos entre personas, su evidencia, memoria capturada, álbum de la familia, cartas, etc. Son los temas principales y, a su vez, puntos de partida para un paseo por los laberintos del pasado. Nada es eterno y al mismo tiempo sí lo es.”
Nada es eterno, pero las preguntas son constantes: ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Dónde estoy? Son cuestionamientos presentes tanto en el alma de Ioulia como en las obras que produce actualmente. Su llegada a México desde Rusia tuvo lugar en el año 94, pero en obras producidas en 2009 estas interrogantes conservan una vigencia visible. El grabado 3-5-14-23 (Híbrido) en que presenta cuatro retratos de sí misma en las edades marcadas en el título. La estampa tiene un formato circular, un tondo enmarcado por copias de cartas familiares elaboradas con acuarela sobre papel; la identidad marcada por los diferentes rostros de una sola vida y las letras que comunican querencias y memorias. La inquietud de sí aquí se muestra de formas diversas mediante la disciplina del grabado combinada con la pintura; a Ioulia le interesa no sólo la imagen impresa mediante las técnicas del huecograbado en lámina de cobre y litografía, sino también “sus futuras y tentativas variaciones”. Recuerdo que una de las ediciones del Encuentro Estatal de Pintura y Estampa “Efraín Vargas”, este grabado se exhibía en su forma de tondo, y tiempo después, la misma imagen se presentaba como participante de la séptima Bienal Nacional de Pintura y Grabado “Alfredo Zalce” pero en forma híbrida: el tondo había sido expandido por la memoria manifiesta en las cartas pintadas. De forma semejante sucedió con la obra Los reyes de la orquídea (representación de sus tatarabuelos) y Margaritas para Valentina (flores engalanando a su madre).
Las orquídeas son flores muy presentes en obras de Ioulia. “La orquídea me asusta. Es una flor con apariencia carnívora, pero no es frágil y al mismo tiempo es frágil; vive mucho, y sale una y dura muchísimo tiempo, y después sale otra. Pero su forma me atrae porque hay muchos detalles, hay muchas formas”. También es una flor con atribuciones muy sexuales. “Sí, y eso me choca. A lo mejor es algo que está muy adentro, es algo muy subliminal, aquí la referencia es más geográfica.” En este caso, aparece esta planta como elemento representativo de una tierra ajena a las retratadas (México), pero desde la cual Ioulia les recuerda.
En numerosas obras de esta artista aparecen madonas, adanes y evas y muchas más referencias iconográficas a la religión católica, particularmente la ortodoxa o figuras que provienen de la tradición renacentista de Leonardo da Vinci o Lucas Cranach. Ella añade además referencias a Velázquez y Rembrandt, tanto en la forma del dibujo como en la composición de la superficie. En un grabado Sin título, representa a una mujer con un amplio vestido que enmarca un teatro. Además de presentar una interpretación de una menina de Velázquez, se trata de la mujer mundo que sostiene en sus manos un malabarista, enmarcada por una mano en actitud de bendición, un personaje alado y un santo ruso (como San Nicolás). Esta imagen, en sus palabras, representa la presencia de muchas culturas dentro de una misma expresión gráfica.
Más allá de la figuración de manos, figuras, retratos, el paisaje también se hace presente en la obra de Akhmadeeva, concebido en este caso como un ser vivo: “ver el horizonte, analizar el cielo… ese dramatismo que puedes entender mirando el cielo en diferentes etapas del día, sobre todo las nubes.” Y dado que afirma que en todas las obras hay profundidad, porque eso es lo que las artes bidimensionales pueden proponer, los paisajes de Ioulia han de entenderse como representaciones de un espacio ante el cual la mirada encuentra un motivo para detenerse (de acuerdo a la definición que Cuauhtémoc Medina da sobre la noción de paisaje), pero también como manifestaciones de la interioridad que dicha mirada deposita en la imagen creada. Paisaje lunar, Paisaje con cielo iluminado y Paisaje destino caracterizan este corpus de obra que responde a la figuración simbólica del interior del alma.
Ioulia vive entre la herencia cultural de su país natal y el carácter mexicano que poco a poco va apoderándose de los aspectos que caracterizan su vida actual. “Los rusos ríen poco”, comentario que realiza sonriendo copiosamente. Respecto al destino, se debate entre las nociones de que éste se encuentra predeterminado y que, al mismo tiempo, dicho destino se construye, confecciona. Transitando entre el presente y la memoria, trazando puentes entre los vivos y quienes ya se fueron, viviendo entre lo que le es propio y ajeno, refuerza lo que ya en Migración del alma escribía como palabras finales de su propia presentación: “Soy un alma migrante…”

Publicado en el suplemento Letras de Cambio.
Diario Cambio de Michoacán.
8 de mayo 2011