domingo, 23 de agosto de 2009

Las mujeres se mueven, queman sus naves

Instalaciones Viajeras y Una sola tierra, de Elizabeth Ross

“La emigración es la combinación de la esperanza humana y el movimiento. La esperanza se realiza a través de la noción del movimiento. La gente va a seguir buscando mejorar su vida mediante el movimiento… Eso es irreversible y está en el núcleo del pensamiento humano.”
Ryszard Kapuscinski

Mientras en la planta baja del Museo de Arte Contemporáneo “Alfredo Zalce” se dedica una exposición a “la mujer”, en la planta alta se presenta una muestra sobre “las mujeres”, cambio que no sólo va de lo singular a lo plural conforme uno va subiendo las escaleras, sino que también particulariza en un asunto (bastante) general: mujeres concretas, diversas, procedentes de lejos y cerca, con diferentes rutas y experiencias, atravesando a pié los territorios de la migración.

Un medio predominante en Nómada… las mujeres se mueven es la videoinstalación: monitores con cédulas de (abundante) información, cuartos oscurecidos para proyección de entrevistas o secuencias, videos testimoniales y no, manipulación de imagen digital. Todas son sonoras, con un volumen que permite la buena apreciación de la música y palabras en cada una; ello hace que en el punto medio entre salas se capte una multitud de sonidos dispares, provienentes de los cuatro puntos de la planta, la sala no está en paz, no hay silencio ni descanso, no está vacía de gente… hay gente ahí, no sólo “obra”.

Las dos primeras videoinstalaciones son obra de Elizabeth Ross, coordinadora del proyecto; en la primera, que le da nombre a la muestra, tendederos con sábanas blancas de diferentes tamaños son soporte y escenario sobre cual se proyectan pies andando por vías variadas: nieve, asfalto, loza, alfombras, escaleras. Una voz se pronuncia: Las mujeres se mueven dejando atrás el pasado, honrando lo que han sido, agradeciendo lo que viene y lo que será. Las mujeres se mueven, queman sus naves.” La forma de las tomas, hasta 4 pares de pies vistos de arriba hacia abajo, muestra el trayecto por donde la vista se desplaza. No se ven distancias, sólo piernas que suben y bajan escalones, pendientes, pasan de una superficie a otra. La mirada viaja en forma vertical, no horizontal; cada par de pies es semejante con los otros. “La perspectiva nómada trata de la coexistencia no de la distancia” dice un texto de John Berger citado en el video. Las mujeres coexisten en el mundo, las distancias entre naciones no las separan cuando son atravesadas por un mismo fenómeno; sus pisadas, aquí y allá, cruzan caminos semejantes.

La existencia de cada mujer puede llevarle a diferentes geografías a través de los calendarios. Una sola tierra conjunta frascos que contienen este material procedente de varios puntos de nuestro país y del globo. El andar de las mujeres es diverso, pero el camino de cada una es único.

Todas y las mariposas presenta imágenes digitales realizadas por tres de las artistas colaboradoras: Cristina Fernández, Teresa Puig y Dorothea Fleiss. Algo destacable es que al final de la secuencia se incluyen los nombres de aquellas mujeres que son reconocidas en la segunda parte de la exposición: mujeres habitantes de comunidades de Michoacán, mujeres migrantes en países europeos. Aparece un nombre tras otro “grabado” sobre un bloque de piedra depositado en el suelo, marcas ígneas que prefiguran las historias que, a través de dos videoinstalaciones más, puede conocerse.

Los retratos intervenidos con cartas dirigidas a seres queridos y ausentes (padres, parejas, hijas) por causa de la necesidad de migrar y los Velices de identidad, obra de artesanas de Cucuchucho, tienen un peso testimonial dominante frente al valor artístico contemporáneo que se les ha querido imprimir por el hecho de ocupar un sitio en la galería. Quien esto escribe ha escuchado en más de una ocasión la referencia del ready-made y la descontextualización como estrategias para someter a los objetos personales identitarios a la transfiguración que les eleve a la condición de arte. En el marco de una concepción estética que privilegia el “momento de arte” por sobre “la obra”, esto parece verosímil. Pero no precisan de dicha transformación. Los velices son testimonios, objetos depositarios de experiencias concretas acerca de la conciencia propia de vivir una condición migratoria.

La misma obra expuesta puede ser, incluso, desmembrada. Los velices elaborados de chuzpata se encuentran a la venta sin los objetos que contienen, a manera de contribución a la producción de esta artesanía. El objeto deja de existir, la forma se desintegra, la obra es efímera: se convierte en acto performático (aberración lingüística de la jerga artística contemporánea) o instalación. Pero los velices bien pueden comprenderse como resultados del taller que Elizabeth Ross sostuvo con las participantes michoacanas del proyecto. En ello asientan su valor. Objetos íntimos a los ojos de tod@s.

Nosotras nos quedamos nos enfrenta más estrechamente con las vivencias de Josefina, Guadalupe, Lucía, Florinda y Herminia en torno a la migración de los varones. ¿Cómo es tu vida cuando él no está? ¿Cómo es cuando él regresa por un tiempo? Unas manifiestan gusto por la compañía de su querido, pero hablan claro sobre el sentirse más libres cuando él no está; la presencia del varón las limita, a una de ellas le lleva a vivir “a las carreras”, quedándose más tranquila cuando ella es propietaria de su tiempo. ¿Cuál es su realidad como mujeres solas? ¿Cómo subsisten y cuidan de ellas mismas, tomando la cabeza de sus familias y comunidades? Son muchas las respuestas, todas marcadas por la presencia de una “fuerza interna que hace que tantas mujeres encuentren a golpe de voluntad un lugar en el mundo. Otro.”


Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
23 de agosto 2009

domingo, 16 de agosto de 2009

Mujer/Woman, las obras y los géneros (Segunda y última)


María pensativa, de Pablo O'Higgins; Transparencia tangible, de Julia López; e Imagen picante, de Bernardo Magañón.

Mujer/Woman es una exposición presente en el Museo de Arte Contemporáneo “Alfredo Zalce” (MACAZ) cuyo objetivo es, según se lee en el texto de pared correspondiente, “mostrar parte del acervo que resguarda el Museo” al tiempo que con dicha muestra se hace un “justo reconocimiento a la mujer, como núcleo fundamental del entorno familiar y social.” Se reconoce desde un inicio la presencia de dos visiones artísticas particulares: “una percibe la imagen femenina a través de los ojos del hombre”, el artista varón. Otra muestra “la creatividad e inteligencia de la mujer en las artes visuales, exponiendo a la mujer luchadora, protectora, crítica, trabajadora, liberada y sensual, desde su propia perspectiva.”
Que en dicho discurso curatorial se hable de la mujer y no de las mujeres, manifiesta que la perspectiva de género no ha permeado del todo esta exposición, al dedicarla hacia algo tan metafísico como es la idea de “la mujer”. Las mujeres son muchas, diversas, diferentes, desiguales… todas juntas no representan a la mujer, sino que son ellas mismas, todas ellas. El plural parece dar mejor cuenta de la realidad de lo femenino en nuestras sociedades, y puede ser más adecuado para efectos de un “justo reconocimiento”, motivo de un 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, fecha para la cual esta exposición fue realizada.
La primera sala muestra particularmente visiones pictóricas masculinas: representativo de la pintura académica del siglo XIX, Manuel Ocaranza se hace presente con dos cuadros en los que se aprecian valores como el recato, la ingenuidad y la “dulzura sensual” de mujeres de perfil aristocrático. Propias de una cultura europeizante característica del periodo porfirista, resultan imágenes simbólicas de amor y deseo, teniendo como depositarias dos mujeres. En ¿Quién soy yo? (1881) una mujer descansa un libro sobre sus piernas mientras sonríe desorientadamente mientras un niño alado le cubre los ojos con sus manos; sonriendo a su vez, el ángel mira al espectador. El amor lanza una adivinanza cubriendo su identidad, dejándola para la sorpresa. Ya sin tintes juguetones, aunque sin dejar la picardía romántica y cortés, Equivocación muestra un colibrí que detiene su vuelo frente a los labios de una mujer que sostiene un ramo de flores. El ave se detiene a beber y ella sonríe tímidamente, beben de su boca como si de néctar se tratara; los labios como pétalos, la mujer como una fantasía sensual, pero moral.
Los cuadros más próximos a la entrada del museo son dos desnudos femeninos de Luis Sahagún. De trazo impresionista, la luz se pinta incidiendo en las carnes maduras y exuberantes de una mujer anónima y sin rostro. El carácter plástico de estos cuadros radica en el cuerpo de la mujer como forma “inspiradora” no tanto como persona. La identidad de dicha mujer que muestra su frente y perfil se nos escapa de no ser por el título de una de estas obras: Desnudo, retrato de mi esposa. El pintor desplegando su oficio con su pareja, hace énfasis en los anillos y pulseras que ésta porta mientras se sienta sobre un sofá; es un cuadro perfectamente realizado, pero en el contexto de esta muestra es destacable el hecho de que en ella no figuran los ojos.
Hay una litografía en la sala contigua que no puede sino marcar un fuerte contraste con estas dos últimas pinturas: María pensativa de Pablo O’Higgins. María y Pablo fueron pareja hasta la muerte de éste, y en la obra sin fecha el artista le retrata en una actitud profunda y de firme introspección. Es como si en este ejercicio de pensar, María presentara todo un acto de afirmación como persona, hecho que el artista refleja con trazo fuerte y definido. ¡Cuánta diferencia puede haber en las actitudes que dos artistas hombres muestran respecto a sus parejas! Sahagún la hace forma anónima, la convierte en un medio, no es tanto un retrato en dicho caso; O’Higgins capta una fuerza interior particular e independiente en María. ¿Cuál de los dos hace mayor reconocimiento a la persona con la que se relaciona?
Pasando a retratos realizados por artistas mujeres, que no faltan de excelente factura y expresividad, habría que destacar la obra de más grande formato de la muestra y que, de hecho, es la imagen difundida en presentación de ésta: Autorretrato de Guillermina Romero. Obra del 2007, hereda referencias de oficio de Lucian Freud al pintar la carne como si fuera paisaje; la piel de la faz como una multitud de trazos que asemejan montañas y riscos, un todo armónico que esconde el rostro de la autora con una fortísima actitud, del tamaño de todo el cuadro. Inclinada hacia el lado izquierdo y hacia atrás, los ojos parecen mirar desde arriba y directo hacia nosotr@s. Las comisuras de los labios hacia abajo, todo en una actitud de quien se exhibe pero también arroja una mirada, de quien se pregunta cuestionadoramente por lo que ve. La mejilla izquierda y otras zonas muestran manchas azules como trazos sobre la piel: la autora vestida de pintura. Sería exagerado decir que el conjunto de estos elementos puede resultar en una sensación “monumental”, pero no faltaron motivos para sentir ganas de usar esa palabra. Es un rostro muy grande.
De otra pintora, Julia López, se exhibe Transparencia tangible, un óleo de 1968. Ahí hay un desnudo femenino de perfil en la que fondo y figura forman parte de la misma variedad de explosiones de color. Al ser ésta una experiencia más vital, más propia –se trata del desnudo femenino realizado por una mirada del mismo género-, la diferencia que guarda con otros desnudos de la muestra elaborados por varones (Mujeres sedentes de Efraín Vargas, Madona Reclinada de Armando Eguiza, Imagen picante de Bernardo Magañón) no puede ser sólo de lenguaje pictórico sino de contenido. Los elementos sexuales no están resaltados de forma especial, el gesto está en la cabeza y la mano que sostiene un área blanca, le da título a la pintura, blanco que quién sabe qué será, que sólo cada mujer particular puede definir. ¿Por qué sólo unos pocos varones –pintores- contemporáneos se ocupan de su propio desnudo?
Los temas sobre mujeres predominan hoy día en el MACAZ al inaugurarse recientemente la muestra Nómada, obra de un colectivo tanto internacional como local, enteramente compuesto de mujeres, que ya es motivo de comentario para la siguiente ocasión.

Obra presente en la muestra.

Publicado en el suplemento Cambio de Letras
Diario Cambio de Michoacán
16 de agosto 2009

domingo, 2 de agosto de 2009

Autocrítica, Mayer y las mujeres en el arte (primera de II)

Mónica Mayer en imagen para Museo de Mujeres. A la derecha, "Autorretrato como cualquiera" (1997) de Mónica Castillo

El pasado domingo esta columna cumplió su décima emisión. Se ha buscado que Mir(í)ada sea un espacio escrito de crítica de arte, de invitación a visitar exposiciones y difusión de elementos disciplinarios que faciliten a la comunidad lectora el acercamiento a nociones tales como la curaduría y la gestión de los museos. Y ya que en el número anterior se realizó una crítica dura a uno de los colectivos de gestión artística activos dentro del estado de Michoacán, se vuelve necesaria una autocrítica, ya que esta mirada que se arroja a lo numeroso indefinido de las artes, y que se publica en el presente suplemento semana con semana, sí se mira a sí misma.

Atendiendo a la sensatez, hay que hacer mención de que en este espacio se han cumplido cabalmente algunas afirmaciones que Mónica Mayer (mujer, artista de performance, activista, feminista, académica, crítica y curadora) arroja en artículos titulados Aseveraciones y estadísticas en torno al tema de la mujer/arte y Clase, género y arte (disponibles con otros más en www.museodemujeres.com), a saber: 1) “Aunque el 99% de las personas que estudian Historia del Arte son mujeres, 75% de las columnas de crítica de arte en los diarios las escriben hombres”. Quien esto escribe es hombre y egresado de la carrera de Historia del Arte; y aunque son escasas –o casi inexistentes- las columnas de crítica de arte en los diarios en Michoacán, más escasas son las participaciones de las mujeres en este ramo en el momento presente.
2) “Los críticos escriben 10 veces más de los artistas que de las artistas”. En 10 emisiones que este espacio lleva de carrera, nos hemos ocupado de artistas como Arturo Rivera, Enrique Ortega y León Ferrari; de exposiciones colectivas como la de Serbia en la Acuarela Contemporánea y la 10ª Bienal de Cartel en México; de publicaciones como Creadores de Utopías. Y aunque hablándose sobre la gestión de museos y la curaduría no han faltado significativas citas de comentarios realizados por mujeres sobre temas disciplinarios o culturales, cada una con reconocida dotación de razón, las exposiciones y comentarios aquí vertidos sobre obras realizadas por mujeres se reduce a cero. Concedo que tiene toda la razón.
Este no es lugar para desplegar excusas acerca del por qué dichas aseveraciones –elaboradas desde 1999 y 2002 correspondientemente- se cumplen. Lo verdaderamente importante es asentar que el comportamiento de este espacio pretendidamente crítico que aspira a ser Mir(í)ada es sintomático de nuestro tiempo, y no existe un “porqué” razonable para que ello se mantenga así; por el contrario, existe la responsabilidad de que no sea así. Además, éstas no son las únicas aseveraciones que esta aguda persona que es Mayer apunta –poniéndonos a vari@s en apuros existenciales.
Por ejemplo, agrega: “A pesar de que desde los setentas el mismo número de mujeres que de hombres estudia arte, las artistas sólo participan en el 25% de las exposiciones individuales y colectivas […] e Inda Sáenz ha hecho estudios interesantes sobre cómo los precios de las obras de las artistas son inferiores a los de los varones.” Esto lo declara en el caso de México, y es particularmente cierto en numerosas exposiciones colectivas que hoy por hoy corren por los circuitos artísticos de nuestro estado, tanto en la escena independiente como en los grandes y pequeños museos de la institucionalidad cultural michoacana. Impresionante contraste con una realidad educativa en el ramo de la formación artística que aparentemente guarda cuotas equitativas, tanto en plantas docentes como en poblaciones estudiantiles de escuelas como la Popular de Bellas Artes (Universidad Michoacana) y el CEDART.
Muy cercana a esta realidad contrastante, hay otra que se puede constatar en términos de la historia del arte mexicano: la situación de las artistas en México es tan difícil que, “entre el machismo y las broncas de lana”, las que han podido seguir con sus carreras creativas han sido mujeres de clases medias y altas o las de descendencia extranjera. “Ser güerita implica ventajas como más acceso a la educación y al mercado de arte”. Ejemplos de ello pueden encontrarse en nombres sonados como Martha Palau, Magali Lara, Carla Rippey, Perla Krauze, la misma Mónica Mayer; y ya en categorías de nombres encumbrados, la emblemática Frida Kahlo, Olga Costa, Fanny Rabel, Helen Escobedo, Mariana Yampolsky, Graciela Iturbide y Mónica Castillo. La lista puede ensancharse tanto como se quiera y alcance la visión.
Mayer no descansa, y nosotr@s tampoco: “Hoy veo, con tristeza, que la mayoría de mis compañeras en (la Academia de) San Carlos en los setentas que venían de clases medias bajas o trabajadoras, que eran la mayoría, abandonaron la producción artística, ocupan los puestos más bajos como maestras o investigadoras o sólo exponen en casas de cultura de tercera.” Esto sin contar aquellos casos en que la deserción escolar tiene lugar, por ejemplo, por razones de maternidad, entre muchas otras.
La reflexión sobre el tema de mujeres y arte es vasta y aquí se nos va acabando el espacio. Ante un panorama tan inequitativo ente hombres y mujeres en el campo que nos ocupa hasta ahora, la perspectiva feminista ha tenido significativa actividad desde hace décadas, iniciándose en los setentas esfuerzos específicos por exponer obra artística de mujeres, ora porque la obra era de mujeres artistas, ora porque la temática era abierta o indirectamente feminista, abordando aspectos relacionados con las diferentes formas en las que el género femenino encuentra coartada su libertad para determinarse a sí mismo.
“El arte, aunque puede ser divertido, es algo serio, especialmente para las que estamos en el negocio de cambiar las relaciones de poder […] y difícilmente tendremos éxito mientras la televisión, las publicaciones y el arte nos sigan bombardeando impunemente con imágenes en las que somos el sexo débil, el atractivo visual, la madre abnegada, cenicienta y otros modelos” conocidos y por conocer por tod@s nosotr@s.
Son importantes las buenas exposiciones de mujeres porque permiten una mayor visibilidad de los temas, el analizar el estado de “esa cosa tan intangible que se llama identidad” (sobre todo la identidad de género) y que el público se acerque “a las problemáticas de la mitad de la humanidad”. Pero el simple hecho de que sea una exposición de mujeres no garantiza nada. Tampoco el hecho de que se conjunten artistas feministas. Ni siquiera si el tema de la exposición es la mujer, como es el caso de la que desde el 8 de marzo de este año ocupa la planta baja del Museo de Arte Contemporáneo “Alfredo Zalce” con motivo del Día Internacional de la Mujer.
Esta exposición se conforma de obra perteneciente al acervo de dicho museo con la pretensión de explorar “lo femenino” en el arte. Ocupa las mismas salas desde hace 5 meses y nadie desde entonces ha dicho ni ¡mú! acerca de ella, pasando sin pena ni gloria a pesar de ocupar uno de los espacios de visualidad más importantes dentro de los centros expositivos del estado. Entre la obra podemos encontrar autorretratos de pintura en gran formato realizados por artistas mujeres, desnudos femeninos realizados por hombres y una sección dedicada al homenaje de Fanny Rabel, perteneciente al Taller de Gráfica Popular que a mediados del siglo XX tuvo una amplia proyección tanto en la escena artística mexicana como en los movimientos sociales obreros e indígenas que, ni siquiera entonces, alcanzaron solución.
Este tipo de exposiciones requieren de una revisión muy acuciosa, puesto que como sucede con las muestras donde la única línea curatorial es el género de las artistas, una exhibición donde lo femenino es el tema de la obra “no garantiza calidad y ni siquiera una visión particular de la realidad” suficiente para hacer honores a un 8 de marzo.
Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
2 de agosto 2009