sábado, 13 de julio de 2013

Relatos del Asfalto. Gráfica de Carolina Ortega.

De izquierda a derecha: A la melancolía y el mar (2010); acrílico, grafito, crayón de cera, acuarela y pintura en aerosol sobre papel. De noche...sólo estas luciérnagas titubean cerca de mí (2012); aguafuerte, aguatinta al azucar, barniz blando, mezzotinta y degradado al arcoiris sobre papel. Y Sin título (2013); litografía, trasferencia electrográfica y xilografía sobre papel.

Una mirada al mar desde el malecón en la costa mexicana. Las olas van y vuelven por el efecto de las corrientes y el viento, que sopla contra la frente y ejerce sus silbidos al pasar por los oídos. Las aves vuelan en su paso detenido mientras a la distancia se traza el horizonte y, más cerca, la plataforma petrolera yergue sus trabes y férreos soportes contra el fluir de las aguas. Cuánta soledad ante la inmensidad. Qué dura y sigilosa convivencia entre la industria humana y la vastedad de la naturaleza. 
Esta es la imagen que motivó A la melancolía y el mar (2010) de Carolina Ortega, dibujo a tinta sobre papel que puede apreciarse en la exposición Relatos del Asfalto, presente en la Galería Pórtico de la ciudad de Morelia desde el 22 de junio pasado. 
Recuperar un trozo de memoria para dar razón del detonante que derivó en una obra, permite considerar una alternativa a la noción de arte como invención: la producción artística también tiene como fuente la experiencia, traducida en códigos visuales que, como en todo lenguaje, pueden descifrarse en un ejercicio de lectura. Si pensamos a la invención como motor de la producción visual, en el flujo de trabajo domina una idea que bien puede parecer suelta, autónoma, un constructo intelectual al que se le buscará forma en el proceso de conformación plástica, con todas sus herramientas, técnicas y materiales. En cambio, la experiencia como punto de partida es más que sólo una idea: la memoria (que también puede ser invención) es una estantería de huellas personales disponibles para ponderar y desplegar signos y metáforas. Hay una inversión de mente y afecto en la fuente de estas obras que se estructuran como relatos, historias que se recuperan con remembranzas. Son cosas vividas hechas grabado, no ideas sueltas que se estabilizaron sobre papel impreso. 
Varias obras fueron realizadas el año pasado, en el transcurso de una tutoría que tuvo lugar en el taller de producción gráfica del Centro de las Artes de Guanajuato, afincado en la ciudad de Salamanca. Industrial como es, la ciudad es un entramado urbano que gira en torno a la refinería de Petróleos Mexicanos, visible desde la carretera con sus grandes contenedores y las incandescentes quemas de gases emitidos por pipas verticales. Por el día es un armatoste extendido e imponente sobre las grandes planicies que caracterizan el bajío. Por las noches es un paraje de luces que compite con las estrellas, arrojando con sus chimeneas grisáceos borrones de humo y fulgores de fuego permanente. La huella que este panorama dejó en la experiencia de Ortega se refleja en De noche…sólo estas luciérnagas titubean cerca de mí (2012). 
La silueta de la ciudad se adivina por el horizonte irregular en la parte baja de la imagen, sobre la cual se levantan un depósito industrial de agua, antenas y torres que parecen arrojar líquidos negros al cielo, en medio de una atmósfera violácea y nocturna, poblada por puntos blancos y un entramado que recuerda a las mallas ciclónicas. En charla abierta al público y previa a la inauguración de la muestra, Carolina compartió que detrás de la imagen se encuentran la memoria de la zona industrial cuando se trasladaba de Morelia a Salamanca, y un texto que Aarón Valencia escribió para ella en torno a la ciudad y la noche. 
Una obra contigua –de menor tamaño, sin título y perteneciente a su producción del 2013- figura las siluetas de torres en perspectiva y conectadas entre sí por cables y bucles de alambre sobre las que se posan pájaros de colores. Una casita de entrada pequeña y a dos aguas remata la torre de mayor tamaño. Recordando aquí A la melancolía y al mar, es notable la recurrencia de Ortega a la configuración visual que relaciona la dureza industrial del suelo con la vitalidad y el movimiento en el aire, protagonizado por las aves. Cosa por demás semejante a la vida en la ciudad de Morelia, donde en su centro habitan numerosas palomas que hacen su hogar en cualquier recoveco disponible de las cornisas y fachadas de los inmuebles coloniales. En las zonas industriales y plataformas en el mar sucede lo mismo. 
Todas estas formas duras, oscuras, geométricas y determinantes se corresponden con un libro de artista, en formato de concertino, titulado Paisaje interior y trabajado con acuarela y tinta china. Su origen fue principalmente pictórico, elaborado en sus época de estudiante de la Escuela Popular de Bellas Artes (UMSNH), con el tema de la ciudad y su estructura modular por cuadras y construcciones ortogonales; abordando la organización del espacio urbano con la distribución de los colores con trazos regulares y sin mezclar. Reelaborar esa obra, superponer a los colores de juventud el orden saturado de las experiencias tramadas en el tiempo (y que se acumulan), es un ejercicio de memoria y actualización que juega con la noción de interioridad del paisaje urbano en los confines del libro, y la ejecución de una metáfora sobre la apropiación de la ciudad como un espacio subjetivo. 
La ciudad es más que un lugar que ocupa una topografía. Es también una forma de organizar los espacios, de administrar los comportamientos, de modular la vida diaria, de construir memoria y forjar símbolos. Pablo Fernández Christlieb lo dice de otra manera: “Es, en suma, la ciudad misma la que aparece como lugar: los lugares construidos y distribuidos con que se piensa están presentes como imágenes, no hechas sólo de imaginación, sino especialmente de carne y hueso, de concreto y vidrio, de color y olor y sonido y textura, rondando a las palabras. Ello no significa que el pensamiento sea una cosa material, sino algo mejor: que el espacio es totalmente simbólico.” 
Y si es simbólico se puede codificar y transmitir. Los espacios se pueden tornar palabras y con ellas contar historias. La ciudad es un universo de relatos, el asfalto una superficie estampada de huellas neumáticas y humanas. Y la autora de la exposición, una relatora de espacios urbanos que nos son comunes. 

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
13 de julio 2013