sábado, 11 de mayo de 2013

Los límites del diálogo



En la política, en las artes, en las relaciones íntimas, se privilegia (o se pretende, al menos) el diálogo. Entre las personas y las sociedades, esta palabra connota un esfuerzo de entendimiento, una estrategia de comunicación, la intención declarada de intercambio de pareceres. Es una forma reconocida de civilidad, madurez y voluntad de paz. Incluso se desea su presencia en la relación entre personas y objetos significativos, como con las obras de arte y los objetos configurados con diseño. Sin embargo, hay cosas para las cuales la mediación con palabras es inútil: la noción de diálogo, como la de “arte” y “amor” en la actualidad, es vaga. Con ello sucede que se sobrevalora en el uso que se le da en el lenguaje común, o sencillamente se le pronuncia de manera superflua al tratar de dar a entender con ello “conversar”, “acordar”, “hablar”, “intercambiar”. 
Si lo pensamos bien, la mayor de las veces se dice diálogo para hacer referencia a una forma oral o escrita en la que se comunican dos o más personas en un intercambio de información entre sí. Expandiendo las posibilidades de este intercambio, se pretende que el diálogo sea una forma de comunicación entre dos entidades que articulan un lenguaje, cifran o codifican sus mensajes, y los relacionan entre sí por contacto o proximidad. 
 Así, se dice que un edificio (por su estilo) dialoga con el espacio circundante de la ciudad, de manera semejante como dialogarían dos personas que hacen saber sus pareceres. O que la obra de arte dialoga con el espectador en la sala de exposición, al ser un lenguaje visual que cifra un mensaje que el observador puede captar, para después relacionarse con éste. 
Y sin embargo, aquí se halla una trampa que es difícil reconocer, pues una palabra guarda siempre una dimensión más precisa que lo que su uso común revela. ¿El diálogo es sencillamente un intercambio de información o es algo más? Equivocadamente, se ha toma por seguro que “dia” refiere a la noción de “dos”, y que “logo” equivale a “palabra”; por tanto, el diálogo es una pronunciación de palabras por dos personas o entidades. Pero “dia” en realidad no significa “dos” sino “a través”. Diálogo es la actividad de hacer las cosas “a través de la palabra”. Así como el diámetro de un círculo es una distancia a través de la circunferencia. Así como la diacronía describe una perspectiva a través del tiempo y la sincronía armoniza o mira la reunión de diferentes tiempos. 
Diálogo no es lo contrario a un Monólogo, no es la referencia de una conversación contra un soliloquio. Diálogo es la mediación entre la persona y el mundo a través de las palabras, no importando con quién o con qué se esté relacionando mediante el lenguaje hablado o escrito. ¿No plantea esto una dificultad para quienes dicen que una obra de arte “dialoga” con el espectador? Porque ello equivale a decir que una persona se está entendiendo con palabras con un objeto que le “habla” con un lenguaje visual, y con ello se comprende por qué esa persona puede no “entender” una obra: está tratando de entablar una relación con un lenguaje diferente. Busca entonces algo o alguien que le explique qué pasa con esa cosa que tiene enfrente: una ficha técnica con un título que revele una pista sobre el mensaje, una guía de visitas en un museo que explique de qué va esa obra, el texto que interpreta una obra reproducida en un libro que se consulta “para saber de arte”. 
Busca un diálogo. Un entendimiento a través de las palabras que su mirada –que sus sentidos- no le ofrece. Pero ello implica dejar de ver la obra y voltear al texto de la exposición para recibir una explicación. En ese momento la pretensión de “saber de arte” se convierte en “saber las explicaciones del arte”, que no es lo mismo. Se abandona el terreno de las impresiones sensoriales para acomodarse en una función meramente intelectual, asumiendo que ya por transitar los dominios del pensamiento la experiencia sensible ya está resuelta. ¿Será que por pensar la vida, podemos concluir que ya vivimos? 
La experiencia estética, esa que puede vivirse lo mismo con las artes que con la impresión de la naturaleza y sus fuerzas, con momentos humanos compartidos y también solitarios, es una mezcla de intelecto y afecto. Si nos quedamos sólo con las palabras de todas estas vivencias ¿no nos quedamos sólo con la mitad de todo lo que podríamos o deberíamos? ¿No hace falta esa parte de la memoria que se estructura, más allá de las palabras, con el recuerdo de las sensaciones del cuerpo, la temperatura, los colores; todas impresiones que son personalísimas, intransferibles e individuales? 
En el momento en que la explicación de las artes se vuelve más relevante que las obras mismas hay que sospechar que alguien está moviendo los hilos de la situación a su favor. Las cosas cambiaron drásticamente cuando se comenzó a tratar el arte no como una cuestión de visualidad y sensibilidad sino como un asunto de lenguaje. Inició el predominio de teóricos y académicos por sobre los artistas en el terreno de las artes: en su circulación, su transformación, su definición y tantos aspectos más. 
Con la noción de diálogo se pervirtió todo un proceso de recepción del mundo y los objetos significativos, se privilegió la mediación a través del lenguaje y las experiencias de las obras cayeron en desuso. Así, los límites del diálogo son el lindero de las vivencias: dejar de “hablar” y comenzar a “hacer” y “vivir”. 

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio. 
Diario Cambio de Michoacán
11 de mayo 2013

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