lunes, 4 de marzo de 2013

Esta palabra la digo yo. Fotografía de Amérika Arzate.

 Sikuamï, caja visora, y Tzirate. Estereoscopías digitales, ambas del 2013. 

En una oscurecida sala “Carlos Alvarado Lang” del Centro Cultural Ex Colegio Jesuita de Pátzcuaro, se exhibe la exposición estereográfica Jiksïni Aiankuaaka Uandantskua; expresión p’urhépecha que, de manera aproximada, se traduce al castellano como “Esta palabra la digo yo.” El proyecto original tenía por nombre Jiapkani Jarhaspti (había una vez), pero la cercanía del trabajo fotográfico con personas de diferentes comunidades obligó a refinar la voz que tenía como objetivo referirse a épocas inmemoriales y tiempos fundacionales de esta cultura viva, cuyos relatos sobreviven en la tradición oral a manera de cuentos y mitos. 
Una coincidencia que no puede pasarse por alto es el hecho de que en la planta baja del inmueble se exhibe la carpeta gráfica Tula Tolteca que Alfredo Zalce produjera en 1964 bajo la comisión del arqueólogo Alberto Ruiz Lhuillier (quien es mayormente conocido por sus trabajos en torno a la máscara funeraria de jade del señor maya Pakal) con motivo de la fundación del Museo Nacional de Antropología e Historia. La serie de 20 linóleos narra la concepción, vida, muerte y deificación de Ce-Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, rey de los toltecas, caído en desgracia por obra de su contrario Tezcatlipoca. Un ciclo intenso de vida y muerte en torno a la figura humana de esta deidad que trasciende las fronteras (actuales y antiguas) de los territorios de América y los grupos culturales que lo habitan. 
Esta consonancia que existe entre la planta principal y la alta, la aplicación de las artes para dar forma a relatos fundacionales de grupos culturales originarios de nuestro país, es un hecho que hay que resaltar. Zalce buscaba condensar en imágenes determinadas los hechos tocantes a una deidad principal de Mesoamérica. Y Arzate traduce en imágenes (gráficas también, aunque fotogénicas) variadas narraciones p’urhes que pudo recolectar investigando y conversando con personas en La Pacanda, Cherán, Charapan y otros lugares. Estos sitios, además, le sirvieron de escenario para estructurar los relatos, los cuales guardan una estrecha relación con la toponimia, la vegetación, la fauna, el origen de todas las cosas y su forma de ser –que, como se sabe, los mitos pueden entenderse como narraciones ficcionales que encierran grandes verdades y explican el orden de todo lo existente, acorde a una visión cultural particular. 
La exposición se compone de elementos y estrategias tan variadas que verdaderamente se yergue como “multidisciplinaria”: las imágenes se encuentran dentro de cajas visoras que, a través de lentillas de aumento y retroiluminación con sistema LED (todo armado por Amérika), proyectan una experiencia tridimensional al recurrir a la estereoscopía. Este recurso visual consiste en ofrecer una imagen a cada ojo, la cual es ligeramente diferente de la otra en cuanto desplazamiento lateral, adaptándose así al proceso perceptual originado por la distancia existente entre los dos ojos (siete centímetros aproximadamente). Experimentamos cotidianamente una visualidad de volúmenes a través de la estereoscopía de nuestro órgano de la vista, y al recurrir la fotografía a la emulación de estas condiciones orgánicas, permite ofrecer así una percepción tridimensional de imágenes planimétricas. 
En el transcurso de la sala oscura hay que asomarse a las cajas visoras y descubrir estas versiones iluminadas de relatos míticos asentados en la región, tratadas de manera estetizada, en ocasiones con apariencia de ilustración más que fotográfica. Uno de los primeros escenarios presentados es el de Tata Jurhiata, astro sol padre y señor del universo, a quien Curicaueri entregó a Nana Kutsi, la luna, como esposa tras crear el día y la noche. Luz de mañana, envuelta en bruma sobre el lago, protagoniza la imagen en una indeterminación formal que conforma la atmósfera, jugando con la iluminación dentro de la caja y la penumbra reinante en la sala de exposición. 
Descendiente del sol y la luna, Nana Kuarhukperi es la naturaleza, la creación toda que finalmente habitan los hombres y mujeres, poblando el mundo con todas sus criaturas y demás espíritus. Como el coyote en la caja Jiuatsï, donde se narra que los coyotes acordaron dar las gracias –aullando a coro- a Nana Kutsi cada vez que reluciera “grandotota y reluciente” en el cielo. 
Hay historias particulares que dan cuenta de los hechos sucedidos en el mundo, a veces con un tono fatídico, como el guerrero Yunuén quien, perseguido por sus enemigos y herido de muerte, intenta cruzar el lago hasta su isla muriendo en el trayecto. Al día siguiente, emergió de las aguas un islote en forma de codo, recibiendo esta formación el nombre del guerrero. Tzirate da cuenta del sueño perpetuo de otro señor p’urhépecha herido por la pena. “De nada servía haber encontrado la flor, el príncipe ya no despertaría jamás, pues la fatiga y la soledad habían paralizado su corazón para siempre.” Es la imagen de un hombre descalzo y apenas cubierto por una manta, mostrando su pierna y el costado desnudos. Mirando fijamente una flor, permanece en cuclillas mientras el paisaje muestra la majestuosidad del lago y sus montañas circundantes. 
Dos piezas dedicadas a Eréndira condensan la historia de la formación del lago Zirahuén por causa de las lágrimas derramadas por el desconsuelo. Y más allá, seres misteriosos se relacionan con la vida y padecimientos de la gente, como Mirinkua, una mujer hermosa que se aparece a hombres malos o borrachos, llevándoselos sin remedio salvo algunos casos excepcionales: hombres sobrevivientes con el cuerpo arañado. Y Sikuamï, un ser con forma de tecolote que surge ante el lecho de enfermos y moribundos para llevarse sus vidas. 
La ambientación de cada escena es cuidadosamente elaborada, y la modificación digital de las imágenes hace convivir rasgos monocromos con zonas de color impresas sobre papel traslúcido, aportando a la apariencia mítica y antigua del relato. Como resultado se obtiene un recorrido de la espiritualidad y cosmogonía p’urhépecha, prescindiendo sin embargo de un ánimo p’urhépechizante (con perdones por el desafortunado neologismo). Jiksïni Aiankuaaka Uandantskua es una serie fotográfica que propone la visión estética contemporánea a una cultura local con abundante vitalidad y en pleno proceso de consolidación comunitaria, como lo demuestran los hechos que marcan la actualidad de los pueblos indígenas de la región. 

Publicado en el suplemento Letras de Cambio. 
Diario Cambio de Michoacán. 
3 de marzo 2013