jueves, 28 de febrero de 2013

Abstracción y revelación. Pintura de José Ángel Robles.


“La obra de arte cuenta su historia a aquél que decide vivir en ella y que 
suspendiéndose pasa a ser un pequeño fragmento de ella.” 
Sofía Cortez.

El Museo de Arte Contemporáneo ‘Alfredo Zalce’ (MACAZ) se vistió de abstracción. Cosa poco frecuente, en sus dos plantas habitan sendas exposiciones que clausurarán el año de actividades en el recinto, previo a un periodo de restauración a realizarse en el mes de enero próximo.
El artista invitado para esta ocasión en José Ángel Robles, quien presenta una serie de pinturas de generoso formato bajo el título Oasis. Presenta una geografía indeterminada, sus títulos son ubicuos pero evoca paisajes cuya característica principal es el color. Rojo, Blanco, Paraje verde, Paisaje plata, Estanque naranja; incluso juega con la referencia al nombre propio de los pigmentos en el aceite, como al siena en Sierra tostada, o el Blanco de zinc. En las pinturas arroja atmósferas de espacios abiertos claramente relacionados con el paisajismo, integrando referencias artísticas del género de muy variadas tradiciones y épocas.
En la charla sostenida al día siguiente de la apertura de las muestras con Robles y su colega Enrique Ortega, también expositor actual en el MACAZ, ocasión en que tuve oportunidad de compartir como moderador, aparecieron las referencias pictóricas con las cuales esta propuesta se entrelaza, inscribiéndose en una tradición paisajista nutrida por nombres tanto mexicanos como de otras latitudes: José María Velasco, David A. Siqueiros, Luis Nishizawa; y por otra parte, Caspar David Friedrich, William Turner y Claude Monet. Todas estas referencias aparecerán en la memoria visual de quien consulte obras de estos artistas previamente a su visita al Museo. Pero es injusto, y por demás mañoso, abordar la obra de un pintor particular con el ánimo de encontrar “a quién se parece” en sus obras. Las pinturas de José Ángel Robles no surgen de una estrategia combinatoria de filones y referentes pictóricos de antaño.


Comentaba Robles durante la conversación en el museo, existe una percepción entre algunos colegas suyos y otros críticos de que la pintura que él hace “ya pasó”, que ya sucedió antes esa forma de pintar de manera “clásica” y que, por lo tanto, hay poco de interesante o novedoso en su propuesta. Enrique Ortega esgrimió un argumento inquebrantable: “la poesía no debe pasar.” Hay en la pintura de José Ángel un concepto muy preciso del arte, de la sensibilidad creadora, de la percepción de lo sutil y de la profundidad posible a partir de la sencillez.
En su momento me permití sugerir a los artistas que esta manera de pintar se asemeja a la perspectiva que desde hace ya varios años ocurre en los departamentos de educación de los museos: la consideración de la obra de arte como un proceso de autoconocimiento y no tanto una estrategia didáctica para el conocimiento anecdótico y enciclopédico del artista y sus creaciones. Centrar la mirada en el público, en cómo y en qué una obra de arte puede aportar a la vida que lleva fuera de los muros del museo.
Es en esa concepción en la que la pintura de Robles adquiere su carácter y la dificultad para aprehenderla de primera instancia. Lo que inicialmente aparece como simple conjunción de capas de color sobre medianos bastidores, se convierte en un paraje lleno de espacios sugerentes y cualidades materiales que, pictóricamente, arrojan calidades de calma y tempestad, apertura y estreches, claridad y tensión. La sensibilidad tendrá que detenerse más que sólo 10 segundos (tiempo que generalmente una persona permanece frente a una obra en los museos) para descubrir el carácter de oasis en esta exposición.


En un territorio inhóspito y arduo de atravesar, un desierto, un pedregal, un malpaís, aparece un lugar abundante y verde, con agua y frescura. A la mitad de la nada, el todo aparece condensado ofreciendo sus bondades. No es extraño que al oasis se le haya relacionado con la iluminación y la revelación de una verdad. Tras el viaje difícil y exigente, la prueba despliega su recompensa rescatando al viajero y posibilitándole la vida, ahora con la experiencia de haber llegado al límite y habiendo adquirido un conocimiento secreto y oculto.
Aparecen los oasis en las pinturas de la exposición. Extraviada en la lisura del bastidor hecha con colores blancos, grises y ocres, una pequeña pincelada naranja y voluminosa ocurre ante los ojos. El título de la obra queda aquí reservado para que el lector la descubra en las salas del museo. Un viaje visual, un hallazgo, y después interrogante y una respuesta sin palabras. No es la razón a la cual se interpela en esta manera de pintar, sino a la sensibilidad, a la experiencia sensorial y a la riqueza de sus consecuencias.
Finalmente fue así que pintores abstractos en diversas latitudes, como Tàpies o Mark Rothko quisieron operar en contacto con su público: alterar la vida del espectador a través de las sensaciones, filtrarse por los ojos, los poros, la impresión orgánica de colores intensos sobre otros. Cambiar, finalmente, al sujeto por sus sentidos para que éste, a su vez, pueda cambiar al mundo.

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio.
Diario Cambio de Michoacán.
17 de febrero 2013

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