lunes, 7 de enero de 2013

Erotismo de primera mano. Suckaer, las artes y el sexo.

De izquierda a derecha: Obra de Julio Ruelas, Martirio de San Sebastián (1911) de Ángel Zárraga, retrato de Tina Modotti y retrato de Carmen Mondragón (Nahui Olin).

El erotismo es la cultura del sexo. Y esta cultura no es a-histórica. No importa cuan asexuados sean los macro-relatos de la historia (cuyos ejes predominantes han sido la economía, la política, la geografía), el cuerpo y la estructuración del mundo en función de éste es la constante que provoca la omnipresencia de la dimensión sexual en todo acto humano. Esta dimensión siempre es rastreable mediante interpretación, y en numerosos casos revela los contenidos de la ideología que niega o dificulta la emergencia de la erótica en sociedades que ejercen un control sostenido en los individuos que la componen. 
La creatividad, el deseo y la manera en que la consciencia se relaciona con todo lo que rodea a una persona surgen del erotismo, mecanismo sofisticado de la psique en donde la identificación con el cuerpo y su caracterización son determinantes. En este sentido, Ingrid Suckaer sostiene que los artistas y sus obras pueden considerarse como detonantes que evidencian las prácticas de censura instrumentadas desde instituciones (de gobierno o privadas). 
En no pocas veces las vidas privadas de artistas son tomadas como modelos ejemplares de espíritus que subvierten los valores morales de una época; pero sucede que mucha gente toma por conocimiento artístico las cuitas de la sexualidad de las y los autores, ignorando la gran mayoría aspectos cualesquiera de las obras que produjeron. O en su defecto, la vida sexual del artista se constituye en el fundamento de la obra, reduciendo en importancia los signos que la componen como lenguaje autónomo de la biografía amorosa de quien la ejecutó. 
Ingrid Suckaer, en su libro Erotismo de primera mano. Artes plásticas y visuales en México (siglos XX-XXI) de editorial Praxis, hace lectura del erotismo en la cultura artística mexicana a través de la topografía generacional ya conocida para las artes en nuestro país: simbolismo y modernismo seguidos por el periodo nacionalista y sus disidentes. Más adelante, la influencia del surrealismo y otras corrientes internacionales por las inmigraciones europeas de la década de 1940. La consiguiente emergencia del movimiento de La Ruptura y su alternativa, Nueva Presencia, hacia mediados de siglo. Los grupos artísticos en la década de los 70, para rematar con aquella recomposición de la cultura mexicana vía Neomexicanismo y el arte conceptual de finales de siglo XX. De manera que su ensayo aporta una lectura de la erótica en la mayoría de los estadios que conforman “oficialmente” la historia del arte mexicano. 
Al iniciar el siglo XX, hubo artistas que trabajaron como contraparte a quienes indagaban en la identidad nacional. Identificados con el pensamiento moderno de raíz simbolista y europea, exploraron la intimidad alterada entre ser humano y cosmos. En la época final del Porfiriato se vivía una intensa autocensura en las manifestaciones culturales, y sin embargo en esta época se acrecienta el culto a la mujer adúltera y a la prostituta, naciendo el mito moderno de la “mujer fatal” (femme fatale). El sexo concebido como vicio resulta de la estrecha relación entre erotismo y muerte, cuyo agente depravado fue caracterizado en la mujer, que a su vez era medio de redención. 
Obras gráficas de Julio Ruelas que ilustraban La Revista Moderna (1898-1903) mostraban súcubos atormentando varones desesperados, mujeres semidesnudas y altivas fumando un cigarrillo, amantes hundiendo cuchillos entre dos senos carnosos. Su célebre pintura La domadora (1897) tal parece aludir a la diosa griega Circe, hechicera que transformaba en animales a sus enemigos, implacable además con sus amantes malagradecidos. Esta obra que presenta una mujer desnuda en el campo y un cerdo corriendo en círculos alrededor de un árbol es el extremo erótico de lo realizado por Ángel Zárraga en su Martirio de San Sebastián de 1911, cuyo delicado santo semidesnudo muere por causa de una flecha en su pecho. La herida se produce en el pezón izquierdo, como si el arquero hubiera tomado como diana la aureola del joven, quien además es una figura muy alejada del guerrero romano original del santoral: éste es dulce, voluptuoso, indefenso y de piel suave. A sus pies una mujer de rodillas junta sus manos en actitud de rezo solemne; su boca a la altura de la cadera de él, tal vez detrás del paño que lo cubre se encuentra la ostia que ella ansía. 
Los años pasaron y la cultura porfiriana, profundamente mustia y basada en una apología política y religiosa, fue confrontada con la ideología resultante de las corrientes revolucionarias y la reformulación del país como estado moderno. La erótica fue secularizada, salió del ámbito sugerente y sacro para tomar su puesto en la cultura pública fuera de todo credo. Pero la cultura revolucionaria era mustia e intolerante también: las manifestaciones eróticas heterosexuales eran bien recibidas, pero la homosexualidad, el lesbianismo, la bisexualidad y el travestismo fueron fustigadas constantemente. Incluso el empoderamiento de las mujeres a través de su comportamiento sexual produjo críticas y rechazo. 
Baste citar al menos tres nombres al respecto: Carmen Mondragón (Nahui Olin), Tina Modotti y Frida Kahlo. Tres mujeres librepensadores que subvirtieron los valores morales de una sociedad constreñida por el pudor del cuerpo como norma colectiva y las tradiciones centenarias del matrimonio y el amor puro. Los innumerables retratos y desnudos que de las tres se conservan delatan la apertura con la que vivieron sus cuerpos y sexualidad. Olin (como ella misma lo escribía y no “Ollin”) y Modotti practicaban el nudismo en reuniones que se realizaban los viernes en la azotea de la casa del Dr. Atl. La primera deseaba ser vista por todos y gustaba de que su encanto letal destacara, de ello hay nota en los poemas que publicó y los testimonios de sus variados amantes y amigos. 
Modotti por su parte fue criticada incluso por José Vasconcelos que en el libro El desastre juzga la disipada conducta moral de la fotógrafa. Y sin embargo, el júbilo militante de Modotti la condujo por variadas luchas de izquierda y “superó con devoción artística la aridez creativa que muchas veces imponen las doctrinas revolucionarias”, en palabras de Suckaer. Nada más lejano al concurso de belleza “India Bonita” que el periódico El Universal promoviera a nivel nacional en 1921, para la conmemoración del centenario del fin de la Independencia de México. Concurso que ganó una joven mestiza de 16 años, María Bibiana Uribe, que fue paseada por las principales calles de la capital con carros alegóricos. 
Desde entonces todo ha sido ruptura, desencuentros Estado-Iglesia-Sociedad y triunfos de la ciudadanía a la fuerza, respecto a la pujante fuerza libidinal que exige su reconocimiento y consideración política en términos de salud, seguridad, libertad y tolerancia. Cuán importante resulta lo que guardamos entre las piernas. 

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán. 
6 de enero 2013