domingo, 16 de octubre de 2011

Michoacán en el Festival Revueltas, Durango.


De la serie Reconstrucciones (2008) de Carolina Ortega; aspecto del montaje en el Museo de Arte Moderno "Guillermo Ceniceros"; y Un corazon para dos (2010) de Alfonso Mata.

La semana anterior se llevó a cabo la presentación de una serie de eventos en el Festival Revueltas, en el Estado de Durango, edición para la cual Michoacán es el estado invitado de este año. Entre las participaciones que se programaron para el 8 y 9 de octubre se cuentan el montaje de la exposición-investigación PhytoFractal del fotógrafo Iván Holguín –reproducida en lona y exhibida en el Paseo de las Alamedas, exposición que ya hemos comentado en este espacio editorial-, la llamada “Fiesta Grande” de Michoacán (Kuinchekua, que en semanas anteriores se llevó para su presentación en el Palacio de Bellas Artes) y la exposición colectiva “Creaciones Recientes” organizada por el departamento de Artes Visuales de la Secretaría de Cultura de Michoacán. Reproduzco a continuación el texto que serví escribir para introducir a la exposición ubicada en el Museo de Arte Moderno “Guillermo Ceniceros”.
“Probablemente el crisol sea la metáfora que, sin ser la única, manifiesta el carácter del arte actual en Michoacán. Sitio donde diferentes metales se funden para abrir paso a un material de nueva existencia -sólo posible mediante ingenio, intuición y trabajo-, el crisol representa una imagen de la unidad que parte de la diversidad. Involucra, también, una dimensión fabril; la metalistería se encuentra en el vértice que une oficio, artesanía y arte. Este último, para el caso de la presente exposición, corresponde a una dimensión humana que aún se transporta mediante un objeto hecho, construido. El dominio artístico que presenciamos responde a los tres componentes del arte en palabras de Octavio Paz: tradición, imaginación poética y representación sensible.
“En las artes michoacanas conviven presente, pasado y futuro en complicada armonía que delata simultáneamente diversidad y disparidad. Los Grandes Maestros, cuyo trabajo perfila el costumbrismo y la herencia de la Escuela Mexicana de Pintura, comparten este espacio con artistas consolidados de propuesta cosmopolita, que entrelazan individualidad sensible e intelectualidad cifrada. Incompleto quedaría este panorama sin artistas emergentes que trascienden los límites explorados por sus predecesores, aportando nuevos soportes materiales y codificando lenguajes inesperados, plataformas contemporáneas para el pensamiento y los afectos que anuncian el arribo del futuro.
“El ambiente natural se figura con el ambiente cultural, tanto en pintura como en fotografía. La abstracción, aunque escasa, manifiesta su vigencia contundente. La talla en madera se ejerce tanto para la escultura como para la xilografía coloreada a mano, que ofrece una remarcable impronta de reproducción técnica e intervención unitaria. Las metáforas accesibles alternan con los lenguajes cifrados y conceptuales, los mensajes intelectualizados no condenan los deleites sencillos. Los soportes tradicionales abren paso a los ensamblajes y nuevas matrices, hay miradas a la sociedad conversando con la interioridad externada. En este panorama se dan cita las interminables dicotomías que desembocan en la vigencia del pensamiento dual, milenariamente instalado en tierras mexicanas, adoptado por quien llega de otras latitudes para encontrar aquí su hogar y residencia.
“No hay que obviar que las contemporáneas prácticas artísticas aún no se encuentran representadas en el presente panorama. Pero con una mirada cuidadosa podremos advertir la paulatina desintegración de la forma, la también llamada “aparición de lo invisible en las artes”, de la que hablaba Juan García Ponce. Creaciones Recientes abre paso al tiempo por venir.”
Un texto como este tiene como objetivo ser un objeto más para la lectura de las y los visitantes del museo Guillermo Ceniceros, que aporte a la construcción de sentido del material exhibido sin contaminar con juicios o valores concretos la experiencia de las obras. Es una lectura panorámica sin detalles, pues éstos habrán de ser explorados por quien asista a la galería. Vale la aclaración pues es una muestra diversa y, como dice el texto, dispar.
En el perfil de la exposición se nota la traza generacional que en Michoacán se instituye como genealogía artística. La carta básica de la Secretaría de Cultura para presentar a Michoacán ante el mundo de las artes es, casi sin excepción, Alfredo Zalce. De su autoría se exhiben dos obras: la pintura Paricutín (1943) y Danza (1978), escultura en bronce. Le siguen la generación de los llamados Grandes Maestros: Felipe Castañeda, escultor; José Luis Soto, pintor, escultor y muralista; Francisco Ramírez Oñate, grabador; y Juan Torres Calderón, pintor. En ellos se deposita la asimilación de las herencias nacionalistas, la figuración de los héroes –casi al grado de la metafísica, en el caso de la obra de Soto- y la simbología de lo mexicano, sus formas y costumbres.
A dicha generación le sigue otra donde las influencias internacionales se hacen sentir tanto en el ejercicio de la abstracción como en la desintegración de la forma moderna de las artes en sus soportes tradicionales. Así también, artistas que migran a México desde otras geografías se introducen en las comunidades culturales de Michoacán y desde ahí participan, confrontan con sus “haceres” artísticos y académicos la formación y práctica de artistas locales. En esta generación encontramos a Ioulia Akhmadeeva con sus grabados tocantes sobre la memoria, la reconfiguración de los signos del pasado que transportan las fotografías familiares y la figuración de la añoranza. También Ana Pellicer con Ulama: la pelota que rebota (1993); Enrique Ortega, el pintor abstracto en Michoacán con mayor constancia y consistencia en el uso matérico de la pintura y las sugerencias atmosféricas de espacios con abierta intepretación. El escultor Alfonso Mata, que exhibe dos tallas formalistas en madera con tema del cuerpo: Un corazón para dos (2010) y Entorzo (2005).
Para la representación de la generación contemporánea se exhiben dos obras de retrato de Irasema Parra, recientemente galardonada con el primer premio del Encuentro Estatal de Pintura y Grabado “Efraín Vargas”. Carolina Ortega muestra dos litografías de la serie Reconstrucciones (2008), donde la noción de “edificación” es el tema de varios aspectos que ha trabajado: edificación de la ciudad, lo urbano, de la memoria, de los libros; la construcción del conocimiento, las huellas como recuerdos gráficos, los trazos como territorios. Junto con las fotografías de Cristóbal Tavera, las esculturas en piedra de Prisciliano Jiménez y los grabados de Artemio Rodríguez, esta generación está marcada por el conceptualismo aún unido al material, la reconfiguración de los códigos de las disciplinas artísticas, la representación de aspectos de la sociedad global.
Este panorama responde totalmente a la genealogía que se ha trazado para el arte mexicano del siglo XX, el cual puede resumirse en el siguiente esquema: Nacionalismo-Postrevolución-Generación de la Ruptura-Neomexicanismos-Conceptualismos. Este esquema es materia de análisis, su aplicación para las artes en Michoacán también; será motivo de un texto próximo.

Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
16 de octubre 2011

domingo, 9 de octubre de 2011

Aquéldama. Rito de sangre para un 40 aniversario.

De izquierda a derecha: detalle de 'Mujer en Calzones' (2011); aspecto del montaje de Estampas Digitales; y detalle de la videoinstalación 'Casino Royale' (2011)

El Museo de Arte Contemporáneo “Alfredo Zalce” (MACAZ) cumplió 40 años de existencia. Para su celebración, en semanas pasadas se llevaron a cabo diferentes eventos para conmemorar cuatro décadas de vocación cultural, en las que se erigió como una de las principales sedes del arte contemporáneo del estado. Sin embargo, en 40 años el rumbo puede diluirse, transformarse, puede mutar o deformarse. A la distancia de las cosas, diferentes personas hemos llegado a coincidir en que el acervo del MACAZ, formado por más de cuatro mil piezas, encarna un carácter moderno más que contemporáneo. Detenerse en este punto es motivo de otro texto; baste mencionarlo dado que la exhibición conmemorativa de los 40 años del MACAZ está marcada por una práctica artística plenamente contemporánea, entendiendo por ello una producción que condensa su razón de ser no tanto en la producción técnica de un objeto sino en la codificación de una experiencia (del autor) y en la generación de otra experiencia (del público). Lo que llena de vida, nuevamente, la vocación original del museo.
La exposición “Aquéldama” de Felipe Ehrenberg, artista mexicano radicado en Brasil, ocupa la planta baja del edificio. Se trata de un retrato de sangre en las sociedades contemporáneas; las obras exhibidas son, en palabras del autor, “consecuencia de mi asco ante la violencia que nos acosa. Crearlas me ha causado dolor (por lo que sucede sin que pueda yo hacer nada). Sin embargo, y aunque parezca paradójico, me brindan la sensación de estar haciendo algo útil (pues aún creo que el arte puede incidir en la vida de mi prójimo)." Aquéldama es vocablo antiguo caído en desuso y recuperado para dotar de sentido el conjunto visual de su obra reciente: “del aramáico pasó al griego y de ahí a nuestro idioma, significa el lugar del derramamiento de sangre […] lo seleccioné por añejo, por… confiable.”
La exposición oscila entre lo local y lo global, lo tradicional y lo conceptual, entre la materia y la idea. No es vana la estrategia de presentar obra elaborada tanto en acuarela como en impresión digital sobre vinil. Nacionales y cosmopolitas, pinturas enmarcadas y pendones muestran la diversificada visión de Ehrenberg en torno a la violencia, los sistemas de control, el exterminio, la opresión y las relaciones de desigualdad entre las personas y las naciones.
La serie Bajo la Lupa II (Brasil) se compone de pinturas a la acuarela sobre papel que figuran circunstancias humanas y representaciones vegetales y animales provenientes del imaginario de los Ñah’ñú, también conocidos como Otomíes, del estado de Hidalgo. 'El túnel' muestra la escena de trajes y corbatas danzando entre los árboles mientras dos sujetos transportan cargamentos a través de un pasadizo subterráneo. En la mente retumba una imagen recurrente: los narcotúneles, tráfico transfronterizo de alta ingeniería para complicados traslados. 'Las rejas' exhibe cuerpos masculinos encerrados mientras una criatura oblonga y colorida vuela sobre sus cabezas. Las posibilidades de interpretación son varias, pero atendiendo a la temática fronteriza que caracteriza la mayoría de estos trabajos no es errado pensar que se trata de migrantes detenidos y tratados como animales fugitivos a los que se pretende regresar a su corral originario. En 'La fosa', un árbol hunde sus raíces en una cámara rojiza donde habitan cuerpos humanos que por sus tonalidades armonizan con los pájaros multicolores que revolotean sobre la copa arbórea.
En la misma sala y con semejante formato, la serie Bajo la lupa I ilustra variaciones del tema de la violencia y violación a la privacidad que representa el cuerpo. Mezcla de imaginario tradicional e imaginería tecnológica, la pintura muestra bichos, calaveras, toritos y otros alebrijes en combinación con figuras humanas representadas a manera de lecturas térmicas corporales. Así sucede con 'Los bichos de Sofía', enfrentamiento de insectos ñah’ñú contra un perro bajo lectura de calor; el 'Torito cuzco' se lanza contra los senos de un torso femenino figurado con tonos verdes y rojos. 'Mujer en calzones' es una fiesta de vida y muerte alrededor de una mujer en ropa interior, donde zonas calientes y frías dan visión de su termodinámica personal. Aquí la piel no aparece sino los rastros de calor propios del cuerpo captados por un aparato, como si se tratara de una forma contemporánea del Xipe Totec: Nuestro Señor el Desollado de las culturas originarias de México en pleno siglo XXI. El sentido sanguinario de todas estas situaciones es completado con una franja roja que recorre los muros de la galería con escurrimientos selectivos, accidentes controlados de pintura fuera de cuadro. El trabajo cuidadoso en la técnica se guarda dentro de las obras; la gestualidad pictórica se manifiesta en el montaje y acondicionamiento de las paredes que reciben los marcos.
En la entrada principal y el ala oriente del museo se ubican las impresiones digitales que no modifican la tónica visual. El manejo técnico de estas imágenes echa mano de un aspecto digital que preponderantemente se toma como defecto: el pixelaje. Una imagen digital está formada por millones de puntos, llamados pixeles, la unidad mínima de contenido informático en un archivo digital. Si una imagen es ampliada por computadora sin modificar la cantidad de pixeles que la compone, los puntos no solo comienzan a notarse sino que tienden a deformar la imagen, a eliminar la nitidez de las figuras y la calidad del color. Ehrenberg, llevando al extremo la ampliación de una imagen digital –como si estirase un textil para develar los hilos que componen el tejido- busca exhibir esos puntos mínimos a su máxima expresión, obligando a que la computadora muestre la separación que hay entre pixeles. Estos espacios en blanco, estas deformaciones de lo digital, las rayas y cuadrantes resultantes de una ampliación que la computadora no resiste, son los puntos informáticos más pequeños, ahí donde el procesador electrónico ya no alcanza a pensar. Esta es la gestualidad que consigue Ehrenberg en sus imágenes, haciendo convivir dichas deformaciones con la figuración electrónica de lo que antes pintó con acuarela: el imaginario de los bordados ñah’ñús producidos en Tenango, estado de Hidalgo.
Las Estampas Digitales abordan temas como la virgen de los matones a sueldo en 'María de los Sicarios': dos hombres muertos bajo la mirada de una Madonna renacentista de pechos al aire; 'Calacarmadillo y Tucán' son figuras que alrededor de la televisión asisten al asalto de dos manos ante un hombre armado; 'Manos vacías' muestra de nuevo la lectura térmica de dos palmas rodeadas de calaveras y gallitos de colores. El cuerpo sin piel, el calor como imagen. Cada impresión sobre vinil es motivo de palabras agolpadas para describir e interpretar que no caben aquí por abundantes. Basten las palabras del autor para dar una idea general: “Henos aquí todos juntos, envueltos en la complicada trama de violencias y confrontaciones que es México, salpicados por cada vez más sangre, atrapados en una escalofriante telaraña, fascinante en su complejidad, que de tantos nombres que le damos no tiene nombre.”
Una obra más, realizada específicamente para esta exposición: una videoinstalación con tema del recientemente incendiado Casino Royale en Monterrey, síntoma de la violencia de grupos organizados, impunidad empresarial, manipulación mediática, incapacidad gubernamental y tragedia ciudadana.
La contundencia en una obra de arte habita en la capacidad de mostrar que un artista tiene puestos los ojos en lo que sucede en el cotidiano para devolvernos, al gran público espectador de este mundo, imágenes que nos son comunes –por desgarradoras, terribles- para sacarnos de la neutralidad indiferente, habituada.

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
9 de octubre 2011

El XV Salón de la Acuarela 2011 a debate.

Aspecto del XV Salón de la Acuarela 2011 en la sala Efraín Vargas, Casa de Cultura de Morelia.

“El color es el esfuerzo de las cosas para convertirse en luz.”
Gabriele d’Anunnzio

Se llevó a cabo la edición número 15 del Salón Estatal de la Acuarela, ubicada en la Arcada y sala Efraín Vargas de la Casa de Cultura de Morelia. Desde el 23 de septiembre pueden apreciarse las obras de diferentes calibres provenientes de diversas comunidades del Michoacán, tanto de artistas de comprobada trayectoria como de pintores y pintoras recientemente iniciadas en las diferentes técnicas de la pintura.
Desde la perspectiva de la política de estado respecto a la promoción de las artes, un certamen como este busca impulsar de manera incluyente el quehacer de las personas que vuelcan en una superficie blanca sus intereses y habilidades, sea que tengan una formación artística (académica, informal, autodidacta) o no. El currículum no es un criterio para la participación. La calidad de las propuestas no se mide tanto en el momento en que una persona inscribe una obra al concurso. Ésta es una tarea encomendada al jurado calificador, el cual sopesa los valores propios de cada propuesta en comparación con las demás para, finalmente, emitir un veredicto acerca de cuáles obras son destacables por su manejo técnico y carácter propositivo, que no necesariamente involucra el elemento de la novedad (sea temática, matérica o discursiva) sino de la inventiva e idoneidad en el manejo de la pintura con acuarela. En otras palabras, la contundencia de la forma y el mensaje.
Aquí cabe hacer énfasis en un punto particular: el certamen, originalmente impulsado por el pintor Nicolás de la Torre Calderón hace quince años, sienta base en el ejercicio de un medio pictórico particular: la acuarela. A partir de ahí, el carácter artístico, no solo de cada obra sino de la exposición en general, se establece de acuerdo a lo que cada participante proyecta en su propuesta. Ello nos permite comprender que si bien el Salón de la Acuarela generalmente es considerado como un concurso artístico, esto no es estrictamente así; lo que las obras delatan es el uso predominante de la técnica como un medio para la sensibilidad estética, y esto no es equiparable al ejercicio de un despliegue artístico: son dos cosas muy distintas aunque se encuentren relacionadas. El Salón está dedicado a una técnica que funge como común denominador de todas las propuestas; las diferencias se establecen en el uso que cada persona le da a la acuarela. Las obras seleccionadas para integrar la exposición son todas destacables por diferentes razones. El objetivo del jurado, contrario a lo que muchas personas pueden pensar, no se acerca siquiera a realizar un termómetro de la pintura en el estado; sino determinar, dentro de un universo concreto de obras propuestas, aquellas que se encuentran mejor consolidadas.
Desde la apertura de la exposición y premiación de obras ganadoras he recabado muchas opiniones que coinciden en que la mayoría de las pinturas en el Salón no tienen ningún mérito o sencillamente manifiestan un vacío de ideas. Incluso supe de viva voz que hubo quien opinó que lo mejor de toda la exposición era el texto introductorio a la muestra. No estoy de acuerdo. Comprendo que dichas opiniones puedan emitirse desde criterios de calidad muy altos o exigencias discursivas o simbólicas demasiado contemporáneas o conceptuales. Comprendo también que un público, tanto lego como docto, generalmente más entusiasmado por los medios electrónicos o a las artes de nuevas tecnologías, verán con desdén un concurso que involucra pinturas elaboradas con agua. Es necesario adquirir conciencia de que la dinámica que establece el Salón de la Acuarela, desde las características de su convocatoria, produce una exhibición que manifiesta valores culturales de la sociedad michoacana, no tanto una competencia artística intensa y de choque entre prácticas discursivas. Hay en el XV Salón de la Acuarela una convivencia entre artistas de trayectoria, estudiantes de arte y aficionados a la pintura. Insisto: es en las diferencias que cada persona da a los usos de su quehacer pictórico donde se establecen los criterios para que una obra sea premiada con una mención honorífica o un premio de adquisición. La lectura de la exposición en general tiene un valor cultural; los valores artísticos han de buscarse, en cambio, en la lectura individualizada de cada obra. Esto es especialmente importante al momento de valorar las obras que fueron premiadas. Si alguien reclama que el Salón no tenga un nivel artístico alto, entonces habría que discutir sobre cambiar los estatutos por los cuales se lleva a cabo el concurso, su vocación y gestión en general.
'Estipite', de Jorge Santiago Herrera

En la Arcada de la Casa de Cultura de Morelia se encuentran la mayoría de las acuarelas que componen la muestra. Predominan las escenas de paisaje, flores, frutas y animales, también ambientes del patrimonio colonial edificado y plazas públicas. Permanecen, como una constante en el ejercicio pictórico michoacano, las escenas costumbristas de mujeres indígenas, visiones de los espacios rurales. A todas estas obras me refiero cuando hablo de la pintura como un medio para la sensibilidad estética: personas que, fascinadas con el encanto de un ambiente o un momento, pintan aves en los árboles o volando alrededor de una de las cúpulas del Antiguo Convento del Carmen. Admiradas por la belleza de una ciudad colonial, figuran un rincón interior del claustro del Conservatorio de las Rosas (incluyendo la vegetación del jardín) o el estilo constructivo del estípite en la fachada de un templo moreliano. Imágenes en las que el realismo se yergue como el reto a conquistar, pintar la realidad de la forma más verosímil que la habilidad técnica permita.
'Tsunami' de Dionicio Pascoe

A este nivel, tal vez las obras que más delaten una intención simbólica que trasciende la mera figuración de un momento concreto –elemento clave para el surgimiento del carácter artístico- son los cuadros de Dionicio Pascoe ‘Tsunami’ y del promotor del certamen Nicolás de la Torre ‘Homenaje a Morelos’. El primero, acentuando la gestualidad de la pincelada (es decir, sacrificando el realismo de la representación) convierte el arroyo de una calle en un caudal acuoso que arrastra automóviles, casas y cuerpos desnudos: es la figuración paradójica con colores alegres y vivos de una tragedia ambiental que cobra vidas humanas, circunstancia que vemos aparecer en nuestro mundo con cada vez mayor frecuencia. El segundo, siguiendo el antecedente de sus predecesores que dedicaban sus obras a la figuración de los héroes nacionales, baña la escultura ecuestre de José María Morelos con flores que caen del cielo a manera de un prodigio de realismo mágico repleto de dulzura. Si los héroes nacionales no son una estirpe que siga reproduciéndose en nuestros tiempos, la lógica patriótica indica que resta seguir dando imagen a los próceres, que forman parte del pasado, a través de sus monumentos.
'Homenaje a Morelos' de Nicolás de la Torre Calderón

'Voló' de Luis Zarate
Premio de adquisición. 

En la Arcada se exhiben dos obras premiadas: con mención honorífica encontramos ‘Voló’ de Luis Zarate –imaginería de una mujer soltando una paloma blanca en pleno vuelo y un San Antonio de cabeza, visión elocuente de la soltería que se acaba con la libertad- y ‘Nataly’ de Raquel Medina con premio de adquisición. Esta última es un retrato frontal de una joven que sonríe sin tapujos, mostrándonos sus dientes alineados en ambas mandíbulas pero con un detalle que produce desconcierto –sensación de la que se auxilian frecuentemente algunos artistas para producir en el público un anclaje con la obra: una línea de frenillos colocados únicamente en los dientes superiores de la boca. Esta horizontalidad de los brackets acentúa la forma en que se elaboró la pintura: pinceladas horizontales a manera de bloques delimitados que en su gama tonal generan un efecto perceptual bien logrado: la totalidad de la imagen es diferente a la suma de sus partes, de la misma forma en que una sonrisa es mayor a la suma de sus dientes, máxime si estos se encuentran bien alineados.
'Nataly' de Raquel Medina
Premio de Adquisición.

'En este mundo... ¿aún existe la esperanza?' de Nadia Nucico

La sala Efraín Vargas concentra lo que podríamos llamar un núcleo de obras menos ingenuas. Pintores y pintoras con una presencia de mayor constancia en exposiciones y certámenes en el estado se dan cita para poner a la vista sus imágenes evocadoras. Si se busca en la exposición un reflejo del estado de inseguridad en nuestra sociedad, es en esta sala donde ha de mirarse. Rafael Nava presenta un cuerno de chivo con calaveras, marquesina y sangre en ‘AK-vron’. Nadia Nucico, con su particular técnica de composición saturada y figuración de coloridos complementarios, pregunta ‘En este mundo… ¿aún existe la Esperanza?’ Carlos Fernando Araiza, en ‘¿Te acuerdas de Haití?’ obliga a cuatro brazos soportar el encierro carcelario mientras intentan asir con sus manos un astro suspendido sobre una tierra abstracta. Finalmente, Juan Vázquez es premiado con una de sus obras abstractas. ‘Estructura para un sueño’ es una composición excéntrica de trazos tenues y cálidos con los que representa un contenido intransferible y abstracto como un episodio fuera de vigilia. Junto a éste, ‘Croquis de agua’ presenta la distribución de las aguas alrededor de formaciones de tierra o la filtración de un líquido entre cuerpos rígidos. La abstracción pictórica abre el rango de interpretación de la imagen, pero algo que queda claro es la consonancia que existe entre el título, la noción de fluido acuoso en la imagen y la técnica de la acuarela. Tres aspectos de la obra entrelazados que manifiestan una propuesta consolidada e idónea. Tal vez esta haya sido la razón por la cual se le otorgó el premio de adquisición.
'Estrutura para un sueño' de Juan Vázquez Salazar
Premio de Adquisición.

Es así que una lectura de la exposición en general y de las obras en particular denota valores culturales y dimensiones artísticas por separado. Juzgar el resultado del certamen como ‘pobre’ es una ingenuidad que no nos podemos permitir, de la misma forma en que celebrar la gran artisticidad de la exposición sería un ejercicio desmedido.

Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
9 de octubre 2011