lunes, 6 de junio de 2011

Leonora Carington. Soñada fantasía.


“Armada de locura para un largo viaje”, Leonora Carrington dio el espíritu el 25 de mayo de 2011. Murió la última de los surrealistas, se dijo en abundantes encabezados de prensa escrita y televisión; se fue la novia del viento, dijeron otros en tertulias y referencias inspiradas para despedirle como figura prominente de la cultura en México y el mundo. Pero el evento de su fallecimiento fue realizado con privacidad y discreción. Sus restos no fueron exhibidos en un palacio como el de Bellas Artes de la ciudad de México, tal como ha sucedido con otras personalidades culturales como Carlos Monsiváis más recientemente, o como con Frida Kahlo hace ya varias décadas, con un contingente de occisos intermedio que ha hecho de Bellas Artes la sede consagrada para el sepelio cultural de mayor rango en el país. No. El destino de los restos de Leonora Carrington se decidió en el seno familiar, dejando el homenaje luctuoso para los sitios públicos.
La muerte es y no es parte de la vida. No lo es porque consiste en la no-vida, en el tránsito de un estado a otro: de estar a no estar. Pero sí lo es porque forma parte de la vida de los vivos que sobrevivimos a nuestros muertos. ¿Qué queda en nosotros de quienes ya no están? Palabras, recuerdos, valores, ideas y nuevas lecturas de su paso por la vida y la obra humana.
Octavio Paz, el poeta que presenció –con horror y desconcierto- el acto de sangre fundador del Surrealismo en la literatura, la llamó “hechicera hechizada”, insensible a la moral social, la estética y el precio. La galerista Inés Amor, anfitriona de las exposiciones surrealistas y de vanguardia nacional e internacional en la Galería de Arte Mexicano, la pronunciaba como “pescadora de sueños o de estrellas”, que entretejió su realidad fuera de su verdad de mágica percepción. Lourdes Andrade, investigadora de arte y autora de una publicación sobre la pintora, acentuaba la “ausencia de toda soberbia intelectualista” en su obra. Luis Carlos Emerich, también investigador y crítico de arte, compartía que Leonora era “una fantasía en pié, con la rebeldía como sello. Una mujer culta e inteligente que parece tenebrosa pero en el fondo es un chistorete cotidiano.” Finalmente, André Breton, mítico fundador del movimiento artístico con el que tanto se ha caracterizado la obra de Carrington –el Surrealismo-, se expresaba de ella en cuanto que “contempló el mundo real con los ojos de la locura y a la locura del mundo con un cerebro lúcido”. Debo el compendio de opiniones de estas personas a la periodista Angélica Abelleyra en su texto “La rebeldía como sello” (suplemento Laberinto, Milenio, 28/05/2011).
A menudo, inscribir la obra particular de artistas en tendencias y corrientes artísticas generales se vuelve salida fácil y lugar común. Como decir que el imaginario de Carrington se parece a al de Remedios Varo y Alice Rahon y que las tres eran surrealistas, pintoras del sueño y sus creaciones inconscientes. Pero hay que atender las palabras de la autora a este respecto: “Nunca me consideré una “femme-enfant” como André Breton quería ver a las mujeres. Ni siquiera que me tuvieran por una, ni traté de cambiar al resto, sencillamente aterricé en el Surrealismo; nunca pregunté si tenía derecho a entrar.” Leonora se oponía al machismo al interior del movimiento de artistas varones que preferían a las mujeres como musas o fuentes de inspiración que como compañeras de vanguardia. “Enfrentábamos nuestra situación de mujeres con mucho cabrón trabajo […] sobre todo el trabajo de no mentirse a una misma para tener un poco de más paz”.
El Surrealismo es mucho más que sólo la noción general de concretarse en la producción de imágenes basadas en sueños e imágenes delirantes. Como manera artística, como postura vital, la virtud de esta corriente consistió en intentar revelar un mundo más real que la realidad visible, la realidad que hay bajo las apariencias, mostrar el “funcionamiento verdadero del pensamiento” sin el velo de la lógica racional y los significados habituales de las cosas, por efecto de los mecanismos represores del psiquismo. No es un arte de comunicación deliberada, sino un viaje de descubrimiento; no es una exposición planeada ni una construcción argumental, sino un impulso instintivo. No es propaganda ideológica, sino manifestación simbólica. Para trabajar en el autodescubrimiento, para pintar las imágenes oníricas y escenas de magia y leyenda, para experimentar en la fantasía la realidad de la existencia en este mundo nadie necesita permiso. Y ciertamente Leonora no pidió a Breton ser aceptada en el movimiento; ella hizo sus maneras y su pertenencia se dio por consecuencia.

The burning of Bruno (1964)

Pero su pintura y escultura no son privativas de las geografías del ensueño y la vida nocturna. Su estudio de la alquimia y tradiciones herméticas le llevaron, por ejemplo, a pintar The burning of Bruno (1964) acerca de Giordano Bruno, quemado en la hoguera por hereje en 1600. Pero Leonora no presenta la quema de Bruno a su muerte, sino su cuerpo invertido y envuelto en las flamas de iluminación que abrazan símbolos de cosmología, física, magia y el arte de la memoria, animales míticos y esferas celestes. El fuego de Giordano en la escena no es el aquél que le dio muerte, sino el que trasmutó su alma.

Song of Gomorrah (1963)

La recreación de lugares originarios y de la antigüedad se nota en pinturas como La canción de Gomorra (1963), un jardín donde hombre y mujer pájaro tocan el arpa con sus patas, cantando las delicias de las criaturas cubiertas por un cielo rojo. El arca de Noé (1967) es una embarcación fantasmal y traslúcida que contiene al mar mientras se rodea de un jardín y siervos carmín. Azurbánipal (1955) es un personaje que intercambia palabras-pájaro con una mujer arbórea al otro lado de una isla mientras el mar rojo se revuelca bajo sus pies y en el cielo giran seres y flores alrededor de un sol empequeñecido.

Crookhey Hall (1947)

Su vida aparece en los jardines y antiguos caseríos flanqueados por lagos y bosques en Crookhey Hall (1947) donde una mujer blanca corre ante el espasmo de tres espíritus masculinos y una mujer gato. El título coincide con la residencia en la que Leonora y sus hermanos, después de la mudanza de su lugar natal inglés, quedaron al cuidado de una institutriz francesa, un tutor religioso y una nana irlandesa, de la cual habría de aprender cuentos fantasmales y de tradición celta. También su amor de antaño, Max Ernst, aparece en un retrato de 1940. Ese año Max había sido aprisionado por los nazis y enviado a un campo de concentración. Ella, como caballo congelado rodeado de témpanos mira el horizonte. Habiendo adquirido con él la fortaleza de la libertad creativa y el amor trascendente que diluye la diferencia entre lo real y lo ficticio, cae en el delirio ante el aprisionamiento de Ernst, y sufre un colapso nervioso. Desde aquí, la locura –que no era psiquiátrica en su caso- no le abandonaría. Y como mujer adulta fue reconocida como una persona que casi no hablaba con nadie que no le diera respuestas a sus preguntas, según Elena Poniatowska. Tras su muerte las preguntas acabaron para ella. Nos quedan los rastros de la soñada fantasía que en vida confeccionó en papel, lienzo, bronce y letras.
Portrait of Max Ernst (1940)

Publicado en el suplemento cultural Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
5 de junio 2011

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