domingo, 1 de agosto de 2010

La "evolución" de las artes, un equívoco.


De Georges de La Tour, La lectora de la fortuna; y El rapto de Tamara, de Eustache Le Sueur.

Recientemente, la mirada que aquí escribe fue entrevistada por una compañera periodista que se encuentra en las últimas semanas de sus estudios académicos de licenciatura. El ejercicio, un reportaje para televisión sobre las artes en Morelia, no será transmitido por ningún medio de comunicación, sino que su finalidad es un trabajo final que revele las habilidades de los estudiantes al término de la materia correspondiente.

Comparto lo anterior dado que una de las preguntas que se me hizo es muy reveladora de una cuestión que bien vale la pena explorar, por un lado porque es una situación equívoca y engañosa que dificulta la comprensión e interpretación de las obras de arte en todos sus periodos y, por otro, se trata de una noción ampliamente difundida entre la opinión pública, tanto general como especializada.
“¿A ti qué te parece la evolución del arte en el momento actual?” Más allá de comentar que la pregunta ofrece poca claridad por lo que pretende saber, al tiempo que requiere una respuesta complicada, la primera reacción ante tal cuestionamiento fue expresar una desconfianza razonable ante la idea de una evolución dentro de las artes. Este término, “evolución”, con una fuerte carga biologicista y antropológica, tiene como centro la noción de “cambio progresivo” en un proceso de adaptación que responde a cuestiones externas (como adaptación al ambiente) o internas (la conformación de la personalidad). El paradigma más claro para entender el concepto de evolución es el de la biología, el cual considera el conjunto de transformaciones o cambios a través del tiempo que ha originado la diversidad de formas de vida que existen sobre la tierra a partir de un antepasado común. La palabra evolución fue utilizada por primera vez en el siglo XVIII por el suizo Charles Bonnet para describir tales cambios. Existieron antecedentes de pensadores en la antigua Grecia, como Anaximandro, que formularon las bases de estas ideas que para la ciencia se discutieron con más precisión en el siglo XIX. Pero fue Charles Darwin quien sintetizó todas estas tendencias hasta construir una teoría científica y consistente sobre la evolución biológica.
La existencia de una evolución como propiedad inherente de los seres vivos ya no es materia de debate entre los científicos. Sin embargo, sí lo debería ser para estudiosos y opinantes del arte, para el caso de asumir que esta propiedad es inherente a las obras de arte y las ideas que manifiestan. Aquí habría que reconocer que el paso de la palabra “evolución” de un campo científico a otro artístico, presenta dificultades al momento de equiparar el desarrollo de los organismos y las especies con las manifestaciones artísticas. A manera de símil con la evolución biológica, se considera la existencia de un arte primitivo, abismalmente separado del contemporáneo, con innumerables manifestaciones intermedias, todas unidas (prescindiendo de la región de origen, temporalidad e incluso su simultaneidad) por un hilo –que coincide con la Historia- que llevan desde un inicio hasta un final. De esta manera, se presumiría que no sólo han evolucionado los medios por los cuales las artes se producen (innovación técnica) y distribuyen, sino también sus contenidos, el sustrato inmaterial que transportan, sea intelectual, afectivo, político, o de otro orden.
Se presumiría también que las artes actuales, por evolucionadas, son más civilizadas y mejor logradas que cualquier arte del pasado; el arte contemporáneo como punta de lanza donde las corrientes y estilos pasados encuentran su lugar en el mango. Pero en realidad no existe una certeza de que las obras que se producen y circulan en la actualidad sean de alguna forma “mejores” o más evolucionadas que las del pasado. Una experiencia narrada por Avelina Lésper, en su artículo “Artistas emergentes” (avelinalesper.blogspot.com), puede dar luz ante esta circunstancia.
En Nueva York, visitando la Reich Gallerie de Chelsea, visitó una exposición de Christian Holstad, que a sus 37 años tiene fama de “joven valor”. Una muestra que pretendía ser una crítica al colapso económico; “su visión del desastre que dejó en la miseria a millones de personas son instalaciones-collage con una barra de jabón usada, un tubo de papel de baño vacío, bolsas de Costco, Target y WalMart, etc. Es lo que para el arte contemporáneo significa “crítica social”, algo light que no moleste a nadie, que sea servil, sin denunciar a los responsables de esta catástrofe o sus consecuencias reales”, cuenta Lésper.
Así que se fue al Metropolitan Museum a ver obras de “artistas emergentes” en el ala de pintura europea. De Georges de La Tour encuentra La lectora de la fortuna, que éste elaboró a sus 27 años. “[…] una gitana lee la mano a un ingenuo y elegante joven mientras las cómplices de la estafa lo roban delicadamente. Perdemos el presente pensando en el futuro. […] La composición con un alto grado de observación y la puesta en escena nos permite ver los caracteres de los personajes que enriquecen la anécdota.” En El rapto de Tamara de Eustache Le Sueur, realizado a los 24 años del pintor, “las telas que cubren los cuerpos desnudos de los personajes, se mueven con la violencia de esta historia de incesto, infidelidades y crimen.” Así continúa con Marie-Denis Villiers, alumna de Jacques Louis David, con Autorretrato (27 años), Hugo Van der Goes y su Retrato de un hombre (23 años) y la pintura del altar del monasterio franciscano de Perugia por Rafael a los 21, ya reconocido a esa edad como un “genio desconcertante de carácter caprichoso.”
Esta comparación entre “artistas emergentes” responde en gran medida a la crítica que Lésper sostiene frente a la rama conceptual y procesual de las artes contemporáneas. Pero ello permite ilustrar, de forma parcial, que las obras contemporáneas no necesariamente son mejores y más completas por encontrarse en un (supuesto) “punto de evolución más avanzado” que aquellas que les preceden, incluso por siglos. Si “ser genial no es un regalo divino, sino resultado de educación y trabajo” como afirma Lésper, el argumento de la evolución artística se desintegra; los resultados de las obras para cada época dependen del trabajo y esfuerzo de los artistas y no tanto de su ubicación en la línea histórica de la cultura –aunque reconocer las diferencias de contexto y producción sea fundamental para la comprensión de las obras en cada caso.
Se podría hablar, en dado caso, de evolución al interior de la producción de cada artista, donde la comparación entre las obras tempranas y obras maduras ofrece un panorama que ilustra la progresión en el devenir del ejercicio de un oficio. Pero la “evolución” en términos artísticos (en un plano general) suele llevar a equívocos y prejuicios que generan, si no ideas erróneas, “estéticas espurias”.

Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
1 de agosto 2010

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