lunes, 22 de febrero de 2010

Informe y neblinoso


Según Justino Fernández, ocuparse en la historia contemporánea siempre es una aventura, pues requiere caminar entre la neblina de lo coetáneo e históricamente informe. “El tiempo es el gran decantador, según se dice, pero lo importante son las actitudes, las opiniones, los sentimientos, ideas e imaginaciones que se producen en determinada circunstancia.” Esto lo escribió para su libro Arte moderno y contemporáneo de México (1972). Es uno de los primeros párrafos de su apartado para “lo contemporáneo”, donde en realidad centra su atención en la obra y figura de José Clemente Orozco.
Es difícil conciliar el término contemporáneo con “actitudes, opiniones, sentimientos, ideas e imaginaciones” producidas hace ya casi medio siglo. De la contemporaneidad a la que aludió Justino Fernández a la nuestra ya pasaron, al menos, 38 años; tiempo suficiente (y con demasiados acontecimientos de por medio) para afirmar que los nuestros son tiempos muy ‘otros’. Centenaria es la tradición que dio pie a la Escuela Mexicana de Pintura, sobre la cual Fernández se puso a disertar. Pero centenarios también son los ready-made, los índex, el objeto encontrado y otras formas de anti-arte (o más precisamente an-arte, es decir no-arte; término preferido por Duchamp) que en el imaginario colectivo actuales representan “lo Contemporáneo”.
El arte conceptual está relacionado históricamente con la noción de la “muerte del arte”. Ya en un periodo muy tardío, valga decir, pues si bien las artes procesuales se desarrollan e institucionalizan a lo largo del siglo XX, “la muerte de la pintura” fue argumentada por la filosofía alemana de mediados del siglo XVIII (particularmente por Friedrich Hegel). No nos detendremos a contar la historia y diatribas de las actas de defunción del arte pues aquí no cabe. Para investigadoras como Norma Medero Hernández, de la Universidad de las Artes de Cuba, el problema actual del arte no consiste en su muerte sino en su definición.
Coexisten a un tiempo, el nuestro, diferentes producciones culturales con las cuales la noción de “arte” tiene que negociar. Las obras del pasado antiguo; las que formaron tradición y fueron adjetivadas como “Bellas”: pintura, escultura, arquitectura y más; las técnicas, como fotografía y cinematografía; y las conceptuales. Nuestra actualidad está habitada de objetos de arte que lo son, pero por razones diferentes. Ante tal diversidad, pareciera no haber una forma definida en el panorama. Justino Fernández nos recordaría sobre lo informe y neblinoso de lo actual.
Artistas, instituciones culturales, museos, críticos y públicos toman sus posiciones dentro de la dinámica de oposiciones que representa la convivencia actual de artes tan diversas. Vale recordar que para el año 2000, en dos de los recintos artísticos más relevantes (del centro del país) fincaban su presencia dos tradiciones artísticas opuestas: Gabriel Orozco regresaba a México con su retrospectiva en el Museo Rufino Tamayo, y Arturo Rivera se consagraba como pintor en la Sala Nacional del Palacio de Bellas Artes.
La presión y pugna entre estas dos vertientes llegó a tal grado que la presentación del catálogo El rostro de los vivos de Rivera, a realizarse en el Museo Rufino Tamayo –después de una fallida convocatoria para esa presentación en Bellas Artes-, resultó en la renuncia de Oswaldo Sánchez, director de ese museo, con el cual Rivera sostuvo una breve guerra de periodicazos porque el pintor defendía la tesis de que personalidades como Sánchez “querían matar la pintura” a favor de los medios conceptuales. Éste último, en realidad dimitió protestando que no podía admitir que otras jerarquías le impusieran por fuerza la obligación de realizar la presentación de un catálogo sin considerar “el criterio curatorial del museo y la especificidad de su propuesta”; ello venía en detrimento de su ética profesional. A diez años de estos eventos, Sánchez dirige el Museo de Arte Moderno, donde organiza exposiciones conmemorativas del ready-made como la reciente Hecho en casa.
Este episodio ya lo hemos contado en alguna ocasión, pero valga traerlo a la mente para resaltar que a este grado se elevan las diferencias entre personalidades, contrapuestas por los criterios disímbolos de dos tradiciones artísticas. Una pugna donde los profesionalismos están en juego, las trayectorias se consolidan o tropiezan, donde los dimes y diretes se basan en la acusación de que unos siguen perdidos en la recapitulación del pasado y otros se han extraviado en los excesos del presente.
Los esfuerzos por legitimar la actividad pictórica dentro de lo contemporáneo no han faltado. A través de instituciones académicas, como lo es la Universidad Claustro de Sor Juana, se han propuesto visiones sobre la vigencia de la pintura con exposiciones como Metrópolis. El mito de la gran ciudad. Pintura 1980-2000. En este marco se realizó una mesa de discusión titulada “La Pintura también es arte contemporáneo”. La serie documental Arte en construcción que produjo canal 22, dedica uno de sus programas a la persistencia de la pintura. Recientemente la sala Nacional del Palacio de Bellas Artes estaba ocupada por un pintor: Manuel Felguérez. Uno de los proyectos de mecenazgo no estatal más ambiciosos actualmente lo dirige Sergio Autrey. Consta de aproximadamente 26 pinturas tamaño mural de artistas (de la pintura) posteriores a la llamada “generación de La Ruptura”. Proyecto pictórico de gran formato que tiene un eco en la historia de las artes de México: los murales de Osaka (porque ahí fueron exhibidos) de 1969, que pueden verse en el Museo de Arte Abstracto “Manuel Felguérez”, en Zacatecas. Pueden encontrarse imágenes en Internet, es escasa la bibliografía donde puedan hallarse. Con todo y la pretendida “muerte” de la pintura, ésta ha sido promovida y gestionada por instancias culturales de estado desde que en México existió una Academia de Bellas Artes, y hasta nuestros días.
La lista sigue, la lectura puede ser aún más amplia, y para contrastar también queda pendiente trazar el mapa de las artes conceptuales en los circuitos artísticos, entre cuyos eventos podemos registrar la fundación del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) y el hecho de que en ese lugar, al igual que en las discusiones del Simposio Internacional de Teoría sobre Arte Contemporáneo (SITAC), la pintura no goza de una presencia que se destaque. En cambio, en este simposio se discutió durante los primeros días de febrero sobre el despliegue artístico de prácticas relacionadas con el feminismo, principalmente mediante el video, el performance y la instalación. Ahí se puso en la mesa que el activismo y la práctica artística se vinculan íntimamente con la vida cotidiana; las “obras” –sean collage, fotografía, video, performance- ya no tienen sólo que ver con “arte” sino también con la “vida”. La preocupación no centra atención en las reglas de “oficio” sino en la capacidad de generar experiencias que puedan transformarnos como personas, trascender las relaciones culturales de poder, de dominación, violencia, machismo que cotidianamente vivimos.
Y la discusión inicial se ha transformado en este punto en otra cosa. Introducir el tema del feminismo en la discusión sobre las artes, necesariamente implica hablar de esferas sociales, antropológicas, educativas, sexuales, culturales; es decir, de cosas que ya no pertenecen estrictamente a los dominios del arte. Al parecer, hay a quienes ese cambio de tema les viene mal; no les gusta hablar de nada más que no sea de arte. Ese fue un aire que pudo respirarse en el Simposio, Internacional, de Teoría.
Ocuparse de la historia contemporánea es siempre una aventura. Implica caminar entre la neblina de lo coetáneo para descubrir las actitudes, las opiniones, los sentimientos, ideas e imaginaciones que se producen en determinada circunstancia: la nuestra.

Versión final del artículo del 21 de febrero de 2010 que, por un error de quien esto escribe, fue publicado en un texto más reducido.
Suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán

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