martes, 1 de diciembre de 2009

Pintura novohispana de tamaño mural

Traslado de las monjas dominicas a su nuevo convento (1738), de autor anónimo. Museo Regional Michoacano. Fotografía: Juan Carlos Jiménez

Se encuentra próxima la reapertura de las instalaciones del Museo Regional Michoacano, el cual está sometido hoy día a trabajos de restauración y reorganización de sus contenidos. Entre mamparas de triplay que dibujan el perímetro del edificio, la puerta luce como un recibidor de madera reluciente que dibuja a medias un pasillo polvoso. Al fondo, el patio parece cubierto por un talco expansivo que vuela por los aires y se respira, se oye crujir de maderas al pisar las maderas que sustituyen provisionalmente las canterías del suelo. Pasos van, pasos vienen, cubetas, carretillas, algunas palabras y después manos a las palas. Los trabajadores de la obra corresponden el saludo, “buenos días”.
A las escaleras se accede por el costado de una cortina de plástico que protege totalmente el cubo que resguarda el mural de Alfredo Zalce, donde pintó su emblemática figura de Hidalgo, tan reproducida en libros de texto y portadas de estudios históricos.
Dejando atrás el mural, se pasa a la planta superior, donde hay más espacios que están siendo acondicionados. En la sala oriente, cubierto y sellado para su conservación, se encuentra un enorme cuadro de 4 metros de alto por 8 y medio de ancho. Sus dimensiones son impresionantes, acentuadas por cierto, dada la estrechez de la sala. Pocos centímetros le separan del suelo y el techo, se compara y supera en dimensiones a varias obras que ya hemos comentado aquí y que están en espacios públicos (Frente de lava en movimiento de Murillo y Luz vertiginosa de Susana Wald, por ejemplo). Es de buena factura y está bien conservado, aunque presenta problemas en el tensado del lienzo. La pintura es del siglo XVIII.
Su título es El traslado de las monjas dominicas a su nuevo convento y el autor permanece anónimo. Como corrobora Armando Félix, historiador de arte y colega, el cuadro como lo conocemos es sólo una parte de la obra original. Anteriormente se encontraba en la sacristía del Templo de las Monjas, y se reubicó en el museo en 1961. La disputa legal por el cuadro duró 17 años y ahora se encuentra bajo el resguardo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), aunque el edificio es patrimonio de la Universidad Michoacana.
Una nota hecha a mano y firmada por Diego Rivera se exhibía frente al Traslado… antes de la renovación museográfica. “El cuadro es de gran interés en la historia de la pintura mexicana, pues en su época, es un caso raro de pintura realista, relacionada con un hecho social concreto, expresando con veracidad plástica la época y el lugar en que ocurre […] etnográficamente, es una colección que subraya con fuerte carácter las diferencias raciales de los personajes, e históricamente constituye un documento importante respecto a la indumentaria, costumbres y estilo arquitectónico del lugar…”
El tema del traslado de las monjas es un hecho que se relata incluso en libros como Historia breve de Michoacán, lo cual señala su importancia como evento social en la Valladolid del siglo XVIII. Pero la información del medallón que da noticia del hecho parece referente suficiente: “Trasladáronse a este convento nuevo las religiosas y dejaron el antiguo el día 3 de mayo de 1738 sobre tarde (después de 148 años de su fundación en esta ciudad)”. Se nombran después a personajes como el Papa, el Arzobispo de México, la priora del convento Sor Teresa de Santa Inés y el Vicario General Miguel Romero López de Arbizu “a cuya devoción y expensas se colocó esta memoria, en 1 de noviembre de 1738, Ave María”. Es decir, el donante del cuadro.
De manera general podemos notar el contingente que da cuerpo a la composición de la pintura. Flanqueando la entrada del nuevo convento hay figuras de Santos Patrones. Entre ellas, destaca la presencia de Santa Catalina de Siena, patrona de las religiosas dominicas. Las novicias de la orden encabezan la columna, les siguen las monjas profesas custodiadas por sacerdotes. Debajo de un paleo caminan serenos autoridades del cabildo de Catedral, quienes formalmente patrocinan no sólo el cuadro en cuestión sino el mismo convento al que las monjas se trasladaron. Por tanto, se hacen retratar en un espacio protagónico de la imagen, al tiempo que al donante le corresponde una representación de “dignidad”, al acompañarse de la custodia de la ostia consagrada. Éstos cierran la columna de personalidades religiosas para abrir paso a las autoridades civiles; se muestra al cabildo del ayuntamiento y la guardia real en la retaguardia.
Un dosel en el fondo que detenta un Cristo crucificado es sostenido por jóvenes. Rodeándolos a ellos y la procesión, se dejan ver decenas de rostros y actitudes diferentes, dando una viva imagen de una ciudad habitada por personajes de lo más variados. Se vuelve motivo para una suerte de pintura de castas, dejando entrever la presencia de mestizos, indigentes, vendedores ambulantes, damas de sociedad y curiosos encima de edificios y balcones. Músicos, mojigangas, guardias dilapidando mendigos, enterados y desentendidos, todos son motivo de la pintura que, por sus dimensiones, sorprende por el grado de detalle en cada elemento y rostro. Cuatro indígenas michoacanos custodian el cuadro desde el primer plano. Tres se muestran de espaldas y uno de frente, mirando fuera del cuadro en nuestra dirección, igual que el retrato del mecenas. Sostienen arcos y flechas que se alcanzan entre sí, su presencia es sospechosa por las actitudes que guardan, aunque uno de ellos junta las manos de manera piadosa. Se separan claramente de todo el conjunto, tienen presencia en la ciudad pero están segregados totalmente de ella.
Ir paso a paso por la imagen es tarea ardua por lo profuso de su hechura. No es sitio para realizarlo, pero lo que llama la atención es lo que el cuadro presenta hoy para nosotros como síntoma. El traslado de las monjas se realizó el 3 de mayo, día de fiesta de la Santa Cruz. En medio de este barullo general en Valladolid, se realizó el traslado, confluyendo dos celebraciones en un solo día. La presencia de autoridades civiles y religiosas en la pintura delata que, como hasta nuestros días, las efemérides católicas impregnan de forma importante el ámbito de lo público, lo civil. Esto es algo que se comprende considerando el tiempo de la Colonia, pero para nuestro presente se trata de algo distinto.
En plenos tiempos preparatorios para las celebraciones de fin de año, las plazas públicas, fachadas de edificios, interiores de edificios oficiales y el acueducto de Morelia están siendo decorados con motivos navideños, frases alusivas y un árbol monumental en la plaza Valladolid. Su promotor es el ayuntamiento de Morelia y ello sucede de forma semejante en otras poblaciones del estado. De nuevo, el ámbito de lo religioso inunda los espacios de lo civil por vía de la función pública; mientras, l@s ciudadan@s podemos preguntarnos acerca de lo real y lo ficticio en la separación entre Estado e Iglesia. Algunas claves para insertarse en esta problemática se encuentran en la historia de esta comunidad, el Traslado… da testimonio de ésta. Pero otras claves las ofrece el rostro de la política de adecuación de espacios por parte de nuestros ayuntamientos. ¿Debe seguir sucediendo?
Yo todavía no sé qué sentir cuando el acueducto me desea “Feliz Navidad” con su encabezado brillante.

Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Periódico Cambio de Michoacán
29 de noviembre 2009

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