domingo, 22 de noviembre de 2009

Abrazar el vacío: Piedras Sagradas

Aspecto de la exposición Piedras Sagradas, de Jorge Yázpik.

La noción tradicional de escultura, especialmente la talla directa (la otra variable es el modelado), indica que se parte de un material “en bruto” para desgastarle y obtener una forma resultante. Por los derroteros de la Historia del Arte puede escucharse que el renacentista Miguel Ángel concebía su labor de escultor, no como aquél que da a la materia una forma que ésta no tenía previamente, sino como el acto que retira a la piedra lo que le sobra para descubrir la forma ya preexistente en el material. La escultura ya existe, dentro de la piedra, sólo que hay que descubrirla.
En este sentido, el trabajo escultórico se entiende como uno que trabaja desde la superficie hacia el interior, moviéndose siempre alrededor de los límites exteriores de los volúmenes. Jorge Yázpik de cierta manera se opone a este proceder, invirtiendo los factores: trabajar desde el centro de la roca y dirigirse hacia la superficie, crear una escultura de espacios interiores geométricos y lumínicos en lugar de darle forma exterior a las figuras. Hay que crear un vacío y abrazarlo en un manto de piedra. Socavar más que sólo desgastar el material.
La exposición Piedras Sagradas: El México Precolombino y la Mirada de Jorge Yázpik combina un conjunto de esculturas contemporáneas con una selecta muestra de piezas prehispánicas. El móvil principal de la exhibición centra la atención en que Yázpik utiliza para sus esculturas rocas de mediano y gran formato de basalto, riolita, granito, obsidiana, jade y cristales de cuarzo, igual que hacían los habitantes del México antiguo.
Una característica fundamental de la obra de este escultor es que “respeta la forma natural de las rocas, cristales y vidrios que, mediante cortes geométricos y diferentes grados de pulido, muestran las estructuras y aspectos de la materia pétrea original…”; al tiempo que “articula su producción con bienes patrimoniales de primera magnitud […]: la de los antiguos mexicanos en materiales tan diversos como el basalto, la serpentina, la calcita, la obsidiana y el alabastro…”, en palabras de Alejandro Pastrana, co-curador de la muestra y autor incluido en el catálogo de la exposición.
“La intención consiste en motivar un acercamiento transgeneracional para el que la aportación del creador contemporáneo hace las veces de testigo de un pasado que en el contacto se vivifica y renueva.” La idea de los curadores –Pastrana y Felipe Solís, fallecido el 23 de abril de este año mientras fungía como director del Museo Nacional de Antropología- se dirige a que el público nos acerquemos a la mirada de Yázpik sobre la escultura prehispánica y a su propia escultura como artista contemporáneo; es decir, una experiencia derivada: miremos la mirada del artista, la cual se pone de relevancia en todo el recorrido.
El montaje privilegia las características plásticas de la obra, tiene un carácter más estético que pedagógico o didáctico; el recorrido se trazó en función de lo que como experiencia puede ofrecer el conjunto de obras exhibidas y no tanto en la divulgación de algún contenido arqueológico o histórico específico. Se ofrece un acercamiento a los objetos con base en los sentidos en lugar de mediar la recepción de la obra por medio de “lo que se puede saber de ellos”.
En contraposición a generalidad de muestras que monta el INAH, en Piedras Sagradas se prescindió tanto de fichas de identificación de las piezas como cédulas de información sobre su contexto arqueológico y antropológico. Esto ha consternado a un sector del público que espontáneamente expresa la importancia de la información de las piezas para “facilitar el conocimiento”. Las piezas de Yázpik no tienen título, en algunos casos la piedra de que se forman no está identificada.
Una constante manifiesta en cada obra es la presencia de la geometría. En los objetos antiguos, ésta proviene de una tradición escultórica que tiene que ver directamente con el desarrollo de las formas en civilizaciones prehispánicas. Ello se expresa variadamente: desde la confección del objeto como un volumen cilíndrico, cúbico, rectangular, hasta la decoración superficial de la piedra ya tallada en su configuración final. La piel de una serpiente se forma de rombos consecutivos, los altares mexicas de roca volcánica tienen base cúbica, los instrumentos para la construcción como plomadas y alizadores se basan en planchas y cilíndros, y más.
La geometría en la escultura de Yázpik tiene origen en la herencia recibida de artistas que en la década de 1970 dieron un giro hacia la abstracción, insertando las artes visuales de México en las tendencias estéticas que desarrollan su producción por fuera de la figuración y el ícono reconocible. Fernando González Cortázar, Manuel Felguérez, Gilberto Aceves Navarro, Francisco Castro Leñero, Vicente Rojo son algunos de los nombres que preceden la abstracción geométrica de Yázpik, tendencia a la que éste se inclina sin vacilaciones.
Sin fichas técnicas y con mucha geometría evidente, es común encontrar durante el recorrido ciertas dudas acerca de la procedencia de algunas piedras: piezas contemporáneas pasan por antiguas y viceversa. Los ocho espejos rectangulares ubicados en la parte media de la muestra provienen del periodo colonial temprano aunque parezcan actuales, la talla cuadrangular de color claro al inicio de la sala proviene de Chihuahua y es un altar tallado en roca volcánica riolítica; aún la monumental cabeza de serpiente proveniente del Templo Mayor en México ha sido señalada por una parte del público como escultura contemporánea. Los valores que se les atribuyen a las piedras prehispánicas llegan a tal grado que una asidua y matutina visitante del Centro Cultural Clavijero asiste a la exposición para frotarse las manos y acercarlas a las esculturas antiguas “para cargarse de energía”.
La atmósfera de la galería tiene la estabilidad de la piedra. Todo está en su lugar, extrañamente sostenido por un invisible equilibrio, sobre todo en las esculturas verticales de bases agudas apoyadas en otras piedras que les sirven de nivel. El trabajo de iluminación es delicado, los halos de luz se planearon especialmente para que cada pieza iluminada se rodeara de una diáfana penumbra que les resaltara. El silencio puede ser tan reconfortante como vacuo. Los espacios al interior de las piedras son el objeto de la escultura y su consistencia pétrea el marco que les contiene. La coexistencia de opuestos permea toda la muestra y la recepción de la obra no está exenta de ello: el recorrido puede ofrecer una experiencia rica en elementos sensibles y estéticos lo mismo que un paseo breve entre esculturas sin demasiado contenido e interés, salvo por la “curiosidad” de su consistencia y forma.
Piedras Sagradas reúne dos conjuntos de objetos sacros en una misma galería: esculturas rituales, místicas y funerarias del pasado prehispánico y objetos de arte actual “sacralizados” en un ritual que se llama “recepción de la obra de arte”, dentro del templo denominado “galería”. La forma de participación usual respecto al arte es la “contemplación”, actitud pasiva y estática que conecta espectador y obra en un mismo momento “detenido”. La obra de Yázpik rompe, en algunos casos, con este ritual contemplador al ubicar las áreas de mayor trabajo escultórico fuera del punto de vista usual frente a la obra. En ocasiones hay que agacharse, rodear o asomarse al interior de las hendiduras para notar la noción de espacio que el escultor pretende mostrar en sus tallas directas. Así, quienes asistimos a la sala vemos modificado nuestro estable comportamiento observador. Hay que rodear los espacios, mirar a los interiores, abrazar el vacío.

Publicado en el suplemento Letras de Cambio
Diario Cambio de Michoacán
22 de noviembre 2009

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